Por Lorena Loeza

No hay nada más complicado para un director que intentar superarse a sí mismo, especialmente cuando se trata de recuperarse tras un tropiezo en su trayectoria. Este es el caso de Paolo Sorrentino, quien, aunque puede considerarse uno de los cineastas italianos más relevantes de la actualidad, también carga con el peso de su anterior película, “Parthenope” (2024), la cual no fue bien recibida por la crítica, que la calificó más como un experimento estético extraño y pretencioso que como una obra cinematográfica sólida o interesante.

Más allá de la polémica, es claro que todo autor atraviesa por altas y bajas. Quizás por ello, su más reciente cinta tenía el difícil reto de dar vuelta a la página con un trabajo relevante.

Y, si me permiten decirlo, parece que el objetivo se cumple. “La grazia” es una película concebida como una profunda reflexión, una declaración personal que aborda temas tan universales como la vejez, la pérdida, la muerte y la soledad, todo desde una posición privilegiada como lo es el ejercicio del poder.

Se trata de un drama político y contemplativo que sigue los últimos meses en el poder de Mariano De Santis, presidente saliente de Italia, interpretado por Tony Servillo. A punto de dejar el cargo, enfrenta dos decisiones que ponen en crisis su identidad, sus creencias y su legado: la primera, firmar o no una iniciativa de ley que despenalizaría la eutanasia; la segunda, conceder o negar el indulto a dos hombres acusados de asesinato.

Sorrentino además, elige ciertas dosis de surrealismo que convierten el ambiente de la cinta en algo evocador, filosófico y casi místico. Los recuerdos de la esposa fallecida, los deberes diplomáticos y las conversaciones con una hija implacable en sus juicios hacen de la película un viaje, no sobre lo bueno o malo de nuestras decisiones, sino sobre cómo los dilemas en asuntos tan profundos llegan a un punto irresoluble en términos éticos o morales.

Sorrentino acertadamente evita en todo momento caer en la trampa del discurso moralizante: no hay buenos ni malos, sólo seres humanos enfrentados a la pregunta más antigua del derecho, la religión y la filosofía política: ¿quién decide cuándo termina una vida?

Pero esta compleja reflexión no se queda sólo en la profundidad del guion. Sorrentino logra imágenes al mejor estilo de la fotografía onírica, surrealista y fantástica: colores y formas que parecen sueños materializados, imágenes extrañas que se confunden con la realidad. Esto se agradece, porque no sólo intentamos comprender las decisiones del personaje desde la razón, sino también desde la subjetividad.

Así, el presidente en este relato se siente atrapado entre la ley, la compasión y su propio duelo, encarnando la tensión entre la norma que exige distancia y objetividad, la política que demanda cálculo para congeniar intereses opuestos y la empatía que reclama cercanía. Al final, la película muestra que ninguna de estas dimensiones puede absorber a las otras sin provocar dolor: siempre alguien resulta lastimado

Finalmente, “La grazia” se erige como un testimonio poderoso sobre la fragilidad humana y el peso de las decisiones, dejando al público con más preguntas que respuestas. Es una invitación a mirarnos en el espejo de nuestras propias e inevitables contradicciones y a aceptar que, quizá, la verdadera gracia reside en aprender a vivir con la duda. Así, la película y su personaje principal, nos recuerda que la vida, nunca ofrece certezas absolutas, pero sí la posibilidad de hallar belleza incluso en habitar la incertidumbre.