Por Lorena Loeza 

Mucho antes de que el “remake” fuera una moda y prácticamente un estilo de hacer cine, en México, la industria permitía revisiones  de trabajos destacados a la luz de los nuevos tiempos y de las exigencias de un público que en los setentas, empezaba a sentir nostalgia por la pasada y brillante época de oro.  

Pero a diferencia de lo que hace la industria norteamericana actual tratando de modernizar los clásicos ochenteros con mejores efectos especiales y modificando un poco la imagen y la historia original;  el remake mexicano de aquella época trataba de actualizar la historia, sin alterar lo que el público recordaba y le gustaba de la versión original: el intenso drama de pasiones derivado de complejas historias humanas, llevadas al extremo de la sofisticación.  

Las tres perfectas casadas es un excelente ejemplo de lo anterior. Originalmente escrita como pieza teatral por Alejandro Casona ( Alejandro Rodríguez Álvarez) en 1941, la historia está construida en tres actos, alrededor de tres matrimonios considerados como ejemplares, cuando los maridos descubren a propósito de una macabra broma, la infidelidad de sus esposas con el mismo hombre, un amigo íntimo de las tres parejas.  

La trama tiene la enorme virtud de ir sorprendiendo al espectador a cada momento, revelando c detalles  cada vez más complejos de las aventuras amorosas de este hombre con las tres mujeres. La historia avanza para que se intuya un fin trágico de primera intención, pero ello no impide que la enorme carga dramática te mantenga interesado hasta el final.  

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La historia empieza en el festejo de los 18 años de matrimonio de tres parejas que se casan al mismo tiempo, apadrinadas por un antiguo amigo, un soltero empedernido. Gustavo Ferrán, – el personaje en cuestión- no llega al festejo preocupando con ello a los anfitriones. Terminada la cena, los maridos pasan al estudio a hablar “cosas de hombres,” cuando el mayordomo de Ferrán aparece en la casa diciendo que el avión donde venía su patrón se ha desplomado. Los tres amigos entonces cumplen lo que parece ser una última confesión en una carta, donde les revela haber tenido aventuras con las tres esposas de sus amigos.  

La reacción de los maridos no se hace esperar, se escenifican entonces los tres modos en que reacciona un marido herido: el que decide fingir que no sabe nada, el que siente su orgullo afrentado y el que desconfía de su felicidad y la de su familia.  Las mujeres afuera desconocen lo que pasa, aunque sienten el cambio en la actitud de sus maridos apenas se abre la puerta. Los invitados se marchan y los dueños de la casa se quedan en una seria y solemne conversación. 

Sin embargo, al poco rato llama a la puerta el mismísimo Ferrán, que ha tomado otro vuelo y aparece en la casa como si nada. De las reacciones de todos los involucrados y el drama por conocer la verdad a fondo, es que se construye todo el desarrollo de la trama.  

De esta puesta en escena se realizaron dos versiones cinematográficas. La primera en 1952, dirigida por Roberto Gavaldón y estelarizada por Arturo de Córdova, Laura Hidalgo, Miroslava Stern, José María Linares y Rivas, René Cardona y José Elías Moreno.  

La cinta se presentó incluso en el Festival de Cannes de 1953. Hay que decir que constituye una impecable muestra del melodrama que se hacía en la época: actuaciones sobrias, diálogos solemnes cargados de frases épicas, la exhibición de la doble moral de la época y la sofisticación de una clase alta que viste de gala incluso para personificar los momentos más desgarradores de su existencia.  

Un drama de hombres y mujeres maduras, en donde la infidelidad femenina es cuestionada y condenada desde las primeras líneas. Un galán maduro encarnado en De Córdova que no siente remordimiento por ninguna de sus anteriores aventuras, exceptuando por el hecho de que nunca pudo ser suya la mujer que en realidad amaba. Una historia de deslices y amores imposibles, en medio de la necesidad de parecer gente bien y guardar las apariencias.  

La segunda versión es una coproducción entre España y México dirigida por Benito Alazraki en 1972. El elenco está encabezado por Mauricio Garcés, Saby Kamalich, Irán Eory, Teresa Gimpera,  Luis Dávila, Manuel Alexandre y Rafael Alonso. La historia resulta bastante fiel a la original, aunque actuaciones más relajadas le restan solemnidad. Además de que la pretendida modernización acaba por no entender del todo, que el drama funcionaba cuando las estructuras sociales y familiares eran rígidas y sólidas, pero en los setentas los argumentos parecen carecer de validez.  

Mauricio Garcés, además está lejos de parecer el atormentado hombre de mundo que no puede olvidar al único y verdadero amor de su vida. La comparación con Arturo de Córdova puede parecer injusta, pero es absolutamente inevitable. Y parece que Garcés no sale muy bien librado de ella que digamos.  

Entre los aciertos de esta nueva versión, está la musicalización de Waldo de los Ríos, que logra una composición con aire melancólico y trágico que se queda en la memoria del espectador por un buen rato.  

Pero ambas producciones no superan el prejuicio de considerar la infidelidad femenina mucho más  degradante que la masculina. Los diálogos entre los maridos son un interesante muestrario de los prejuicios y el machismo de la época, mismos que se mantienen en la versión setentera, incluso  después de la llamada revolución sexual. Es así que los argumentos que resultan aceptados en la primera versión para detonar todo el drama posterior, para la segunda no logran convencer al público de que la trama se sostiene.  

Un mundo de apariencias en una clase acomodada, en donde las mujeres sin embargo, solo son adornos de una acomodada posición parece completamente fuera de lugar en el mundo actual. Y sin embargo, por lo menos en lo que a la versión del 53 se refiere, nadie puede dudar que estamos  ante un elegante ejemplo de cómo contar bien una historia, con base en un guión bien construido y con diálogos intensos y provocadores. 

Mujeres liberadas e independientes ahora encontrarán seguramente ridículo el argumento y la esencia del melodrama que la historia narra. Los más románticos defenderán el hecho de que una buena historia de amor siempre encierra la tragedia de un amor imposible. 

Y para los cinéfilos, ambas películas son sin duda una evocación de la nostalgia por ese cine mexicano de las grandes producciones, los galanes y las divas, que nos gusta tanto recordar.

EN LA FOTO DEL INICIO: Miroslava Stern

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Por Lorena Loeza

Es Maestra en Estudios Latinoamericanos y Licenciada en Sociología por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Es Profesora en Educación Preescolar por la Escuela Nacional de Maestras de Jardines de Niños. En el año 2000 recibió la Medalla Alfonso Caso al Mérito Universitario, por parte de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Fue Votante Internacional de los Globos de Oro en su edición 2025. Ha participado como ponente en congresos nacionales e internacionales de análisis cinematográfico como el Coloquio Nacional de Cine Regional, organizado por la UNAM y la Universidad de Guadalajara; el Coloquio sobre Cine Mexicano, organizado por el FestivaL Internacional de Cine de Morelia; también impartió la Conferencia “La idea del mal en El Exorcista” en la Facultad de Filosofía de la Universidad Autónoma de Morelos. Participó en la publicación conjunta “Femmes Fatales. 12 escritoras hablan de cine de terror” editado por el Festival Macabro y Editorial Samsara y en “Año Covid. Notas sobre el cine y la cultura en el año de la pandemia” publicación conjunta de Corre Cámara y Alphaville Cinema. Actualmente es consultora en temas de género y derechos humanos. Es colaboradora en Corre Cámara y otras publicaciones electrónicas de análisis cinematográfico; y en la Silla Rota en temas de género y derechos humanos.