Felipe Cazals

PorRedacción

Mar 13, 2024

Director. Su
personalidad corresponde plenamente con lo que ha distinguido a su
cine, enérgico, provocador e inconformista. Estas cualidades han puesto
a Felipe Cazals como uno de los cineastas más destacados y prolíficos
de su generación.

Comenzó a filmar en los años sesenta, cuando ya el cine mexicano
entraba en declive y las clases medias se alejaban de él. Pero este
cineasta, nacido en Francia en 1937 y criado desde niño en México, ha
hecho siempre las cosas a contracorriente, tal vez como fruto de la
formación que recibió de sus padres, ambos franceses que emigraron a
México para dejar atrás el horror de la Segunda Guerra Mundial.

Cazals fue educado en colegios religiosos y militarizados, y eso le
dejó, como ha hecho saber, una huella indeleble que incluso ha
traspasado a sus películas y a sus personajes. 

Fue la cinefilia lo que lo animó a estudiar cine en el Institut
d’Hautes Etudes Cinematographiques de París, que abandonó antes de
terminar, pero ya con toda su vocación echada a andar. A ésta también
contribuyó su vínculo con el auge cineclubero de los años sesentas en
México, que aportaría una influencia determinante a su carrera mediante
el descubrimiento de las corrientes fílmicas de vanguardia, como la
nueva ola francesa.

Su nombre suele asociarse al grupo de Cine Independiente de México,
junto a sus colegas Arturo Ripstein, Rafael Castanedo y Pedro F. Miret,
cuyo objetivo era realizar un cine alternativo frente a la estancada
cinematografía mexicana de la época.

Bajo este esquema, dirigió sus dos primeros largometrajes, La manzana
de la discordia (1968) y Familiaridades (1969), si bien anteriormente
ya había filmado unos cortometrajes para el programa televisivo La hora
de bellas artes.

Su paso al cine industrial ocurrió en condiciones favorables, gracias
al filme Emiliano Zapata (1970), producida y protagonizada por Antonio
Aguilar con grandes recursos, que lo puso en contacto por primera vez
con el cine histórico -biográfico.

Fue también en ese periodo que los cineastas de su camada recibieron un
apoyo decidido por parte de las autoridades fílmicas oficiales, en
buena medida gracias a la política impulsada por Rodolfo Echeverría,
director del Banco de Cinematografía y hermano del presidente en turno.

Así se abrió una momento propicio para que Cazals desarrollara y
experimentara un cine de búsqueda personal, como se evidencia en El
jardín de la tía Isabel (1971), y Aquellos años (1972), dos filmes de
época situados, respectivamente, en el siglo XVI y en la época de la
intervención francesa. Además, hizo lo propio en el género documental,
en Los que viven donde sopla el viento suave (1973), acerca de las
condiciones de vida de la etnia seri, en Sonora.

Esta etapa le permitió asentar sus definiciones temáticas y su estilo
sobrio y descarnado, que ya se vislumbraban desde sus primeros filmes.
Armado con más experiencia, realizó su célebre trilogía de la
violencia: Canoa (1975); El Apando (1975) y Las Poquianchis (1976),
donde se asoma con toda su crudeza al universo de los personajes que
transitan entre la crueldad y el dolor, en ambientes sórdidos y
opresivos que revelan una de las realidades escondidas tradicionalmente
en México.

No obstante la carga de violencia que marca esta trilogía y una buena
parte de su obra, Cazals es un hábil narrador que le gusta apelar a la
inteligencia del espectador, “A mí me acusan de cruel y de violento
muchas veces –ha comentado el cineasta—, pero el acto de violencia no
está en la pantalla; está en lo que precede o en la conclusión, pero no
se ve. Es el espectador, su imaginación y su sentimiento lo que
complementa esa secuencia “.

Algunos de sus filmes posteriores, tienen claros vínculos con esta
propuesta. Así por ejemplo, en Bajo la metralla (1982), revisa el tema
de las guerrillas urbanas y muestra una vez más el cariz politico de su
cine, preocupado por la descomposición social del México contemporáneo.
En Los motivos de Luz (1985) trata el caso de una mujer acusada de
asesinar a sus hijos, pero con el transfondo de la miseria y la
marginalidad. En Digna… hasta el ultimo aliento (2004), recrea la
vida, la lucha y la misteriosa muerte de la defensora de derechos
humanos Digna Ochoa.

Pero además, su interés por experimentar con distintos géneros y
ambientes, le han hecho regresar al cine histórico, como en La güera
Rodríguez (1977), sobre una famosa cortesana del siglo XIX; Kino: la
leyenda del padre negro (1993), acerca de la vida de este misionero
jesuita en el norte de México, y Su alteza serenísima (2000), sobre
Antonio López de Santa Ana.

Ha recibido decenas de reconocimientos importantes en los Festivales de
Mar del Plata, Berlín, Moscú y Guadalajara, y ha sido galardonado con
varios Arieles e incluso la medalla Salvador Toscano. Por eso es
llamativo que en su filmografía existen algunas filmes de poco interés,
de las llamadas películas alimentarias, hechas al servicio de fines
netamente comerciales, como Rigo es amor (1980), con el cantante Rigo
Tovar, o Desvestidas y alborotadas (1991), con Lorena Herrera y Lina
Santos.
 
No obstante las crestas y valles de sus 26 largometrajes hasta la fecha
—imposibles de reseñar en su totalidad en un espacio como éste—, Cazals
se distingue como un cineasta que prefiere alejarse del comfort y la
mediocridad. En aquellas películas donde vierte sus definiciones
personales —la mayoría de ellas— se distingue su punto de vista
crítico, incondescendiente, que incomoda y confronta y que se
clava  punzante en la conciencia de aquel que se expone a sus
disertaciones que viajan encapsuladas en las imágenes. (Hugo Lara Chávez)