Por Raúl Miranda
Las representaciones fílmicas de la Muerte en el cine mexicano conllevan personificaciones que la hacen aparecer de distintas formas: se puede presentar como una bella mujer enigmática con vestido negro entallado y el rostro cubierto por un velo. También puede ser la figura del esqueleto humano con guadaña o el omnipresente ser siniestro con hábitos de monje.
El grabador e impresor José Guadalupe Posada creó la Catrina (y catrines) esqueletos ataviados con elegantes ropas de los adinerados de la época del porfiriato. Luego, los cráneos y esqueletos elaborados por este artista con cartón e incluso como alfeñiques, dulces adornados, se volvieron parte de la tradición, cuyo origen se remontan a la era mesoamericana, con el tzompantli, el mítico Mictlán y deidades propias.
Esta festividad, el Día de Muertos, la recreará el cineasta vanguardista soviético Serguéi Eisenstein, en su filme inconcluso “Que viva México”. Eisenstein será captado, sosteniendo un cráneo azucarado, por la cámara fotográfica de Agustín Jiménez.
El cine nacional diversificará sus representaciones como en las películas: “El ahijado de la muerte” (Norman Foster, 1946), donde se cuenta que un vaquero buscaba padrino para su hijo, se le apareció la Muerte y le ofreció ser la madrina. En “La dama del alba” (Emilio Gómez Muriel, 1950), en una hacienda del siglo XIX, una misteriosa mujer pide alberge, es la Muerte. En “La muerte enamorada” (Ernesto Cortázar, 1950), un torpe agente de seguros al que nada sale bien es visitado por la Muerte, pretende cobrarle una deuda asumida tiempo atrás. En “Macario” (Roberto Gavaldón, 1959), un miserable leñador muerto de hambre sueña con comerse un guajolote para el sólo; su mujer roba uno para él. En el bosque, cuando se lo va a comer, se le aparecen dios y el diablo, pidiéndole les comparta un bocado del suculento manjar, pero se los niega. En cambio, cuando se le aparece la Muerte, le convida; lo que le permite adquirir poderes curativos y enterarse de que cada uno de los humanos tiene una vela en las grutas de Cacahumilpa, algunas a punto de consumirse, otras por apagarse un poco más tarde, como representación simbólica de nuestras efímeras existencias.

Otras representaciones sobre estos rituales nuestros son las películas: “Janitzio” (Carlos Navarro, 1934), en cuyo lago e islote se efectúa una célebre fiesta de día de muertos, “La viuda” (Benito Alazraki, 1965), en la que una viuda joven pasa las horas junto a la tumba de su marido; en tanto, en la entrada del cementerio un soldado joven custodia, para que no se lo roben, el cadáver de un revolucionario colgado. En la noche ambos jóvenes comparten una cena frugal y hacen el amor sobre la tumba del difunto, pero el colgado desaparece, entonces los amantes deciden exhumar el cuerpo del difunto para sustituirlo por el ahorcado. “Que viva la muerte” (Adolfo Garnica, 1965), es un sorprendente cortometraje animado por medio de figurines y muñecos, con la técnica de stop motion, sobre el festejo de día de muertos en un pueblito. En “Pedro Páramo” (Velo, 1966; Bolaños, 1976; Prieto, 2024), un viajero va en busca de su padre desconocido al pueblo de Comala, descubrirá que es un lugar desolado donde todos los habitantes aparecidos fantasmales están muertos. En “Mictlán o la casa de los que ya no son” (Raúl Kamffer, 1969), un joven soldado aristócrata del siglo XIX conocerá el inframundo mexica. En “Bajo el volcán” (John Huston, 1983), un exconsul, dipsómano, inglés, recorre compulsivamente embriagado y con pulsión de muerte, las inmediaciones de Cuernavaca en un día de difuntos de la década de los años treinta. “Calacán” (Luis Kelly, 1985), en donde un niño advierte que unos comerciantes pretenden introducir calabazas de plástico en la víspera de día de muertos, por lo que advertirá a los calaquenses para tomar medidas contra el desvío de la tradición. “Día de difuntos” (Luis Alcoriza, 1987), en un panteón en donde un microcosmos de personajes celebra a sus seres queridos fallecidos, mientras beben, discuten, se enemistan y se reconcilian.
Sin embargo, con la festividad de Halloween, noche de brujas (con influencias celtas) en Estados Unidos, el 31 de octubre, que es una manifestación de miedos y terrores provocados por disfraces y paradas de zombis, se empezó a contaminar la celebración mexicana, resultando un hibrido, como en la película de James Bond “Spectre” (Sam Mendes, 2015), filmada en la Ciudad de México. Punto y aparte, fue la película de animación estadounidense “Coco” (Lee Unkrich, Adrián Molina, 2017), en donde un niño de doce años es transportado accidentalmente al mundo de los muertos.
Así, el cine mexicano ha incursionado, aunque consideramos no lo suficiente, en el submundo de “quinto para mi calaverita”.

