Por Pedro Paunero

Era el tiempo de la 83ª Olimpiada (en el año 448 a. C., para nosotros), en Grecia, cuando Damageto, hijo del gran atleta Diágoras de Rodas, ganara en la competición del pancracio y Acusilao, su hermano mayor, en el pugilato, el mismo día. Los hermanos, triunfantes, se dirigen entonces hacia las gradas, ante su viejo padre que llora conmovido y, a la vez, se quitan las coronas y ciñen las sienes de Diágoras, legendario campeón invicto en los juegos olímpicos, nemeos, ístmicos y píticos, luego lo levantan ambos sobre sus hombros y lo llevan por todo el estadio que llueve en flores y alabanzas.

Un hombre se acerca a los tres vencedores, se inclina ante ellos y les arroja flores a manos llenas.

-¡Ya puedes morir, Diágoras –le dice al anciano-, pues no esperes subir al Olimpo!

Y Diágoras, según se dice, exhaló su último aliento sostenido por sus hijos victoriosos.

Cuando un periodista, en Japón, le preguntó al luchador Mark Kerr (Dwayne Johnson) qué sentiría si alguna vez llegara a perder una lucha, Kerr le respondió que ni siquiera había pensado en eso. Kerr, ante la insistencia del periodista, sin titubear y muy amablemente, le contestó no una, sino dos veces, que jamás había perdido, que aquello no había pasado nunca por su cabeza, por lo cual le era inconcebible tal posibilidad. Poco después, en su pelea contra Igor Vovchanchyn (Oleksandr Usyk), se declaraba a su oponente como ganador. Kerr, campeón invicto hasta entonces, no puede creerlo, y alega ante las autoridades que los golpes que Igor le ha propinado en la cabeza son ilegales. La pelea se declara anulada, aunque Kerr hubiera preferido que se reanudara, una vez más, para continuar así con su intachable carrera.

Pero Kerr no es, sin embargo, el único con problemas, Mark Coleman (Ryan Bader), el mejor amigo de Kerr comienza, igualmente, a caer en una racha de derrotas, pero su preparación lo coloca, de nuevo, en el sitio que siempre ha mantenido, lo que lleva a Kerr a disculparse y prometer, antes sus aficionados asiáticos, que se entregará del todo para posicionarse en el lugar donde le corresponde.

Johnson representa a Kerr con una convicción surgida de la identificación más profunda para con su personaje, como él mismo, un profesional de la lucha. En el caso de Kerr, uno de los pioneros en las Artes Marciales Mixtas, que por aquellos tiempos -como queda patente en la película- no tenían, apenas, restricciones, en el caso de Johnson, luchador profesional para la WWE. Por él nos enteramos que Kerr no sólo es un hombre musculoso, sino un ser sensible, con gusto por los cactus saguaros como forma de vida extraordinaria, y que mantiene un ejemplar al lado de su alberca, sino también de su gusto por las piezas exquisitas, como cuando compra un bol de porcelana al cual se ha aplicado el fino -y carísimo- arte del Kintsugi, misma que su esposa Dawn Staples (Emily Blunt), romperá en un arrebato de furia, como símbolo obvio de una posible ruptura, debido a que Kerr se ha vuelto adicto a los opiáceos, como una forma de disminuir el dolor que un cuerpo como el suyo tiene que soportar diariamente.

Cuando pierde una pelea ante Igor, y su esposa lo descubre en el suelo, inconsciente, comprende que es hora de rehabilitarse y entrenar durísimo, de nuevo. Acude a su amigo y entrenador, Bas (Bas Rutten), que durante el entrenamiento sufre una tendinitis que lo postra en el suelo, mientras explica que, por esa razón, hubo de retirarse de su carrera. Hemos conocido, de esta forma, la parte más humana de unas figuras que, para muchos, resultan unos héroes impasibles y, para otros, unos seres inalcanzables y poderosos. Habiendo caracterizado al Rey escorpión, en la película “La momia regresa” (The Mummy Returns, Stephen Sommers, 2001), a Mathayus en “El rey escorpión” (The Scorpion King, Chuck Russell, 2002) y a Luke Hobbs, en la franquicia interminable de “Rápidos y furiosos” (Fast & Furious, 2001-2027), Johnson regresa para esta película, dirigida por Benny Safdie, en un papel de carácter del cual logra apropiarse, para sorpresa de todos. Si bien la historia que narra no es sino un drama casero, en parte, y un repaso a las victorias, caídas, regresos y finalmente, el retiro de un luchador legendario, rodeado de figuras tan célebres como él, la técnica que ha elegido Safdie, por momentos cercana al documental (rodado en 16 mm por parte de Maceo Bishop, director de fotografía, lo que aporta una tesitura plástica específica, retro y de colorida belleza), en otros como un mero melodrama telenovelesco, cuando Dawn discute con Mark y amenaza suicidarse cuando la echa de casa, la película resulta entrañable, incluso para aquellos que no gusten especialmente ni de las luchas, ni de este tipo de cine.     

La historia de los hombres fuertes en el cine es curiosa. Giovanni Pastrone, director italiano, buscaba un actor para su película histórica “Cabiria” (1914), situada en los tiempos de las Guerras púnicas. Hizo casting a cientos de hombres que se presentaron, pero no encontró quien tuviera el físico que buscaba. Un día, andando por los muelles de Roma, le llamó la atención un hombre corpulento y alto, que estibaba bultos de los barcos. Lo contrató de inmediato. Su nombre fue Bartolomé Pagano, y no sólo actuó como Maciste, el buen esclavo que salva a la pequeña patricia Cabiria del título de morir sacrificada al dios Moloch, tras ser raptada por piratas fenicios, sino que protagonizó una de las primeras películas metaficticias de la historia del cine, “Maciste” (1914), en la cual se interpreta a sí mismo como el actor famoso (y rico) que era. En “Maciste”, unas mujeres que acuden al cine, a verlo actuar en “Cabiria” en la gran pantalla, confunden al actor con su personaje, metiéndolo de lleno en una serie de aventuras (escapar de calabozos, eludir a sus perseguidores) tan sólo para satisfacer a sus fans. Pagano no sólo fue el primer hombre fuerte de la pantalla, sino también uno de los primeros actores mejor pagados durante la etapa muda, al protagonizar once películas exitosas.

Por su parte, como herederos de aquel subgénero que “Cabiria” ayudara a fundar, el péplum (o, por usar la frase de una canción de Joaquín Sabina, esas “películas de romanos”), fueron muchos los actores que continuaron la tradición comenzada por Pagano de hombres musculosos, absolutamente incorruptibles y de intachable conducta en la pantalla, surgidos del físico culturismo, como el gran héroe civilizador de la antigüedad, encarnado por Steve Reeves en su película más célebre “Hércules” (Le fatiche di Ercole, Pietro Francisci,  1958), la primera de lo que se convertiría en una franquicia millonaria y, más recientemente Lou Ferrigno, el Hulk original, antecedente televisivo de Arnold Schwarzenegger y cuyo camino allanó. Es sabido que Schwarzenegger, en el papel de su vida en “Conan el Bárbaro” (Conan the Barbarian, John Millius, 1982), nunca quiso ser actor, sino una estrella, y lo consiguió con creces.

Con Dwayne Johnson, alias “The Rock”, tenemos el caso de la estrella que, gracias a un guion balanceado entre melodrama, drama y tragedia, se convierte en actor, abordando el papel de Kerr desde una identificación profunda, basada en la coincidencia biográfica, que le permite articular una interpretación que trasciende el simple mimetismo físico para adentrarse en la dimensión emocional del personaje, es decir, en su mímesis cinematográfica. En su representación, Johnson construye un puente entre la figura mediática de “The Rock” y el individuo que se halla detrás del ícono, valiéndose, para ello, de la identificación y caracterización del Otro, que tanto se le parece. Y, en esto, es que radica el arte -muchas veces esquizoide- de la actuación.

Por Pedro Paunero

Pedro Paunero. Tuxpan, Veracruz, 1973. Cuentista, novelista, ensayista y crítico de cine. Pionero del Steampunk y Weird West. Colabora con diversos medios nacionales e internacionales. Votante extranjero de los Golden Globe Awards desde 2022.