Por Hugo Lara
Ya se está volviendo tradición que cada año llega a las pantallas una nueva biopic de algún rockstar: Elton, Elvis, Freddy, Bob, Bruce et al. Con esa inercia, era inevitable que le tocara el turno a Michael Jackson, una de las figuras imprescindibles del pop de las últimas décadas del siglo pasado, con una trayectoria espectacular que arrancó desde su infancia gracias a The Jackson Five, la banda que integró al lado de cuatro de sus hermanos, y que en su juventud dejaría para seguir su carrera en solitario hasta su prematura muerte, en 2009.
Para tan ambicioso proyecto —que de antemano se sabía sería una mina de oro— se integró una corporación de familiares, productores (Graham King, al frente), talento y creativos. Los mismos hermanos y hermanas (salvo Janet) de Michael llevan crédito de productores ejecutivos, y es que no podía ser de otra manera, pues el tema de los derechos era algo vital para que esta película pudiera existir. Desgraciadamente, al contar con el visto bueno de la familia, era obvio que también servirían como censores, para aprobar o desaprobar subtramas, todo aquello que pudiera ser incómodo o irritante para la familia y para la imagen del llamado Rey del Pop. Y por si hiciera falta, hasta el abogado John Branca aparece como productor y como personaje encarnado por Miles Teller.
Con este armado detrás del proyecto, se encomendó el guion a John Logan, prestigiado escritor que ha firmado títulos como La invención de Hugo Cabret (2012), El aviador (2005) o Gladiador (2001), y como director se eligió a Antoine Fuqua, director eficaz sin ser sobresaliente para el cine de acción, con títulos como Revancha (2015) o El justiciero (2014).
La trama de Michael no se extiende a lo largo de toda la vida del cantante (nacido en 1958), sino que comprende un periodo de dos décadas que va de su infancia en los años sesenta hasta mediados de los ochenta. Y para establecer un conflicto principal se decidió centrarlo en la espinosa relación con su padre, Joe Jackson (interpretado por Colman Domingo), quien era también el mánager y creador de The Jackson Five, su proyecto para sacar a su familia de la pobreza desde su pueblito obrero de Indiana. Así que lo que la película narra es el duelo y el miedo constante que tiene Michael (interpretado con solvencia por su sobrino Jaafar Jackson) por conseguir su independencia y separarse del proyecto de su autoritario padre. Pero incluso este conflicto es de mediana intensidad.
Michael es entretenida pero demasiado respetuosa, demasiado timorata, sin que arroje luz sobre lo que es públicamente conocido acerca de la vida del cantante. Así que solo se juega muy superficialmente con su infantilismo, que pervive a lo largo de su vida y que está marcado por su obsesión con Peter Pan; su amor por los niños a los que visita recurrentemente en hospitales; su cercanía con su madre defensora, su hermana La Toya y su fiel guardaespaldas Bill (KeiLyn Durrel Jones), quien asume el rol de observador ajeno a la familia. Y de sus tratamientos para blanquear su piel, simplemente se menciona muy al paso que sufre de vitíligo. Así que las fuertes controversias de su existencia son evadidas. Lo más grave es que el mismo Michael es un personaje al que le falta profundidad y claridad sobre sus auténticas motivaciones, más allá de querer ser el cantante más exitoso de la historia.
Por otra parte, el vínculo con sus hermanos y compañeros de The Jackson Five, que es el sostén de la película, está totalmente desdibujado. El personaje apenas interactúa con sus hermanos al margen de los escenarios, y estos resultan objetos de utilería al servicio de la trama, más que personajes de carne y hueso. Y ante tal esterilidad, el relato va dando bandazos, tratando de sembrar personajes y subtramas que aporten más emoción, como los ya mencionados Bill, Branca o Walter Yetnikoff (Mike Myers), un directivo de CBS, que entran y salen sin pena ni gloria.
Lo mejor de la película son los momentos musicales: la energía de su música, desde su etapa de niño en The Jackson Five hasta sus primeros éxitos como solista, dedicando secuencias al proceso en que se concibieron temas legendarios como “Billie Jean”, “Beat It” o “Thriller”, que es lo que más disfruta el público y sus fans. La película tiene una producción impecable en cuanto a los departamentos técnicos, así como el trabajo muy bien logrado en la reconstrucción de épocas, vestuario, peinados y demás elementos. Pero al final, uno se queda con la sensación de que la película no está terminada, lo cual es algo frustrante.

