Por Pedro Paunero
“Sueños de trenes” (Train Dreams, 2025), cuenta la historia de Robert Grainer (Joel Edgerton), un leñador sencillo, cuya vida transcurre entre la tala de grandes árboles y el nomadismo en busca de trabajo, al margen de las relaciones humanas más allá del contacto laboral, en los Estados Unidos de principios del XX. Clint Bentley, su director, adapta la prosa poética de una novela de Denis Johnson del mismo título, con el guionista Greg Kwedar (director y guionista de “Sing Sing”, en 2024), en una película de rara belleza. En esta, las obras del tren aparecen como el fondo y el motivo que impulsa la vida de unos personajes dóciles, silenciosos y austeros, apenas motivados por las circunstancias cambiantes y adversas. El tren simboliza un progreso que, como sucediera con Moloch, la máquina dios de “Metrópolis” (Fritz Lang, 1927), devora a sus creadores y mantenedores. Es un elemento que otorga significado a sus vidas como obreros, al mismo tiempo que les obliga a reflexionar sobre su destructora intervención en un mundo natural que se nos antoja ajeno, pero no distante, en tanto sean conscientes de su grandeza. El solipsismo al que nos vemos enfrentados, con un personaje hermético como Grainer, es solventado mediante la narración en Off de Will Patton, que nos sitúa, a la vez, en una perspectiva tan omnisciente como elíptica. Muchas de las actitudes de Grainer son explicadas por Patton como si leyéramos la voz del mismo autor de la novela, pero sus motivaciones finales nos son siempre ocultadas, sin embargo, su narrativa es tan lograda que transmite una empatía inmediata, cercana.
Entre los personajes que entran y salen de la vida de Grainer se cuentan Arn Peeples, el viejo experto en explosivos, interpretado con un convencimiento conmovedor por William H. Macy, recordado por su papel de asesino en “Fargo. Secuestro voluntario” (Fargo, 1997), de los hermanos Cohen, y la guardabosques Claire Thompson (Kerry Condon), que le enseña a ver la naturaleza con un enfoque ecológico, es decir, en su conjunto total e interconectado. La relación que se da entre Grainer, que se ha comprado una carreta tirada por caballos que le sirve para llevar pasajeros, y una mujer estudiada y voluntariosa como ella es, empero, de respeto mutuo. Para Claire, Grainer es una figura casi legendaria y “diferente” al resto (del cual la gente habla) pero que ignora el gran drama de su vida, esa que lo mantiene en un ensimismamiento estoico, que acentúa su inclinación a la melancolía, a saber, la pérdida de su alegre como comprensiva esposa Gladys (Felicity Jones), y de su hija de brazos, en un devastador incendio del bosque.
Entendemos que, un hombre como Grainer, jamás se hubiera acercado a una mujer, a menos que hubiera sido alguien como su amada Gladys, que toma la iniciativa y se le presenta llenando un vacío existencial que, acaso, ignorara que padecía. Aunque las continuas separaciones por su trabajo como leñador les mantienen sostenidos por un hilo vital, que se trasluce en el dolor por la lejanía, la pareja logra afrontar las vicisitudes cotidianas, en un amor tan real como enternecedor, antes de la pérdida. El autor del libro, Denis Johnson, y el tándem Bentley-Kwedar, pintan un paisaje emocional por instantes bastante amargo, pero no carente de esperanza, por muy endeble que esta sea.
La obra de Denis Johnson (fallecido en 2017), autor estadounidense nacido en Alemania y becado con la Guggenheim Fellowship, se caracteriza por un lirismo profundo y empático para sus personajes marginados. Ganador de premios prestigiados como el National Book Award y el National Poetry Series, quedó finalista del Pulitzer en un par de ocasiones obteniendo, de manera póstuma, el Library of Congress Prize for American Fiction. Train Dreams (2011), fue una de sus obras nominadas al Pulitzer. Aparte de este libro, el cine se ocupó de la novelística de Johnson en dos anteriores ocasiones, la depresiva Stars at Noon (1986), que fue adaptada en una película dirigida por Claire Denis en 2022, actualizada para ser ambientada en la Nicaragua que padece los estragos de la pandemia del Covid-19, y que narra el romance entre una periodista estadounidense desencantada, que trabaja como prostituta, y un consultor británico, en medio de la inestabilidad política del país, pero su libro más celebrado, la colección de relatos, Jesus’ Son (1992), ya había sido llevado a la pantalla por Alison Maclean, en una película del mismo título, en 1999.
La película difiere en algunos aspectos de la obra, en la cual, por ejemplo, Grainer participa del asesinato de un obrero chino, al que acusan de un delito. En la película, su horrible muerte -arrojado desde el altísimo puente de madera del tren-, se sugiere que ha ocurrido en un arrebato acuciado por el racismo. La culpa por su acción (en la novela) e inacción (en la película), acompañará a Grainer bajo la forma de un espectro, que se le hará visible en momentos clave de su existencia a la manera del doppelgänger de William Wilson, en el cuento moralista de Poe. Este eje ético, que recorre tanto la novela de Johnson como su traslación cinematográfica, opera como el resorte que otorga sentido a la aparente dispersión del relato, véanse, para esto, las imágenes oníricas, los recuerdos o las meras especulaciones que atosigan las noches de Grainer. En él, la culpa no es solo la huella moral de un acto cometido o evitado, sino una forma de conciencia que lo vincula con el mundo que ayuda a transformar y destruir. Su vida, marcada por la pérdida y el desarraigo, se convierte en metáfora de la América en construcción y de su American Dream, es decir, un país que avanza sobre los restos de su pasado, sobre bosques talados, tierra quemada, y los hombres olvidados por el camino, todos desechables en la consecución del American Way of Life. Así, Grainer y los fantasmas que lo siguen (los de su esposa e hija, el del chino asesinado, el de una niña que, de pronto, aparece y desaparece de su vida) se nos ofrecen como las víctimas propiciatorias del progreso.
Panteísta a su manera, como el cine de Terrence Malik (“La delgada línea roja” (Thin Red Line, 1998)), que incluye una mirada deísta, pero sin juicio, sobre los males humanos, y esa lectura poética, y neo pagana, de la más reciente “Hamnet” (Chloé Zhao, 2025), “Sueños de trenes”, como la prosa de Johnson, es un testimonio de ternura y comprensión hacia los marginados de la historia, hacia quienes sostienen el peso del mundo sin esperar recompensa y que han sido arrollados, de paso, por la máquina. La película no ofrece redención -sus criaturas se añaden, sumisas e impregnadas por aquella bilis negra hipocrática, en el continuum (un hecho físico, natural) y las fuerzas superiores (artificiales y humanas) que funcionan como sus titiriteros-, pero sí comprensión para un hombre que, después de todo, sigue soñando con trenes porque es lo único que le permite seguir existiendo.

