Por Héctor Alejandro Serrano Ortiz
En medio del ruido ensordecedor de las guerras —esas guerras que nunca comienzan en las calles donde juegan los niños, sino en las mesas donde los poderosos discuten—, la vida sigue su curso. Los mercados abren, los relojes marcan las horas, la gente se levanta temprano para ir a trabajar, aunque el aire esté cargado de miedo y las noticias repitan el horror. Pero incluso en ese mundo agrietado por la violencia, todavía existen pequeñas luces que se niegan a apagarse. Son gestos, miradas, filmes. Y uno de ellos se llama “Butcher’s Stain”, dirigido por Meyer Levinson-Blount: un cortometraje que no busca hablar del conflicto, sino del dolor que queda cuando todo lo demás calla.
Porque en realidad —aunque muchos lo olviden— las guerras no las pelean los líderes, sino los que no tienen poder: los niños que no entienden por qué su casa ya no está, los padres que no pueden explicar lo inexplicable, las madres que sólo quieren ver a sus hijos regresar. Las guerras, todas, son siempre las mismas tragedias repetidas con otros nombres. En ese territorio gris donde la vida se hace rutina y la desconfianza se vuelve costumbre, “Butcher’s Stain” emerge como un canto silencioso por la paz.
Ganador de la Medalla de Plata en los Premios Oscar Estudiantiles 2025, el filme se instala con delicadeza en un escenario tan simple como doloroso: un supermercado. Allí, entre carnes, anaqueles y pasillos anónimos, late el eco de una sociedad fragmentada, donde el miedo se infiltra en los gestos más pequeños y la sospecha se convierte en un idioma nuevo. Levinson-Blount no filma la guerra visible, sino la que se libra en las miradas, en el pensamiento, en la respiración contenida del que teme ser malinterpretado por existir.
Su protagonista, Omar Sameer, encarna a un trabajador que carga sobre sus hombros un peso que no se ve: la desconfianza de los demás. No hay bombas ni persecuciones, pero sí una tensión que puede olerse. Basta una mirada esquiva, una palabra dicha en voz baja, un silencio demasiado largo para que el alma empiece a resquebrajarse. Omar Sameer interpreta a un hombre que intenta seguir su vida en medio de un ambiente que lo observa con recelo, y lo hace con una autenticidad que no necesita gritos: cada gesto suyo parece contener un mundo entero. Hay algo profundamente humano en su manera de resistir, en cómo baja la mirada sin rendirse del todo, en cómo continúa cortando carne mientras el mundo a su alrededor se encoge. Su actuación no busca el dramatismo, sino la verdad. Y esa verdad duele porque es reconocible: todos hemos sentido, alguna vez, lo que significa ser observados sin ser vistos, juzgados antes de ser escuchados.
“Butcher’s Stain” no trata de héroes ni villanos. Habla de personas comunes: las que siguen trabajando mientras la sociedad se derrumba lentamente; las que todavía creen que la bondad puede sobrevivir al miedo. Levinson-Blount convierte lo cotidiano en metáfora, y lo hace con una sensibilidad que evita el sermón para abrazar la empatía. El supermercado —ese lugar que simboliza lo rutinario, lo neutro— se vuelve aquí una arena donde las grietas del alma se vuelven visibles. Cada estante, cada pasillo, es una frontera invisible entre la confianza y el prejuicio. El filme retrata la discriminación invisible, la que no deja marcas en la piel, pero sí en la conciencia. Es ese tipo de exclusión que no se grita, pero se respira: en la manera en que alguien cambia de tono, se aleja un poco, o duda antes de saludar. Es el veneno lento de la sospecha. Y ese veneno, el más común de todos, es también el más devastador, porque no mata de golpe: desgasta.
El guion —sutil, preciso, casi poético— deja que las emociones se filtren entre los silencios. A veces, lo que no se dice es más elocuente que cualquier línea de diálogo. Las pausas son hondas, y los sonidos del supermercado se vuelven una sinfonía involuntaria de ansiedad: el zumbido de los refrigeradores, el murmullo lejano de conversaciones, el sonido de los cuchillos sobre la tabla. Todo suena a vida normal, pero debajo late un nervio expuesto.
Levinson-Blount demuestra que no hace falta mostrar sangre para hablar de violencia. La verdadera herida está en el alma de quien intenta ser bueno en un mundo que lo teme. Su cámara es cercana, contenida, cómplice. Observa sin juzgar, y en esa observación hay ternura. La fotografía de Sefi Elisha Nahmani utiliza una luz fría, cotidiana, que no embellece nada: revela. Las sombras no dramatizan, sino que acompañan. El montaje respira despacio, permitiendo que los silencios se conviertan en palabras. La música, en cambio, aparece como una caricia: la canción “Flesh and Blood”, interpretada por Shani Shavit y Sagiv Cohen, se eleva en el momento justo, uniendo los hilos invisibles del miedo y la esperanza.
El reparto secundario, con Rona Toledano y Sara Raed, aporta equilibrio: rostros que reflejan la contradicción de una sociedad dividida entre el deber y la compasión. Ninguno de los personajes es completamente inocente, pero todos son víctimas. Todos intentan sobrevivir dentro de un sistema que enseña a desconfiar antes de comprender.
A través de su aparente sencillez, el cortometraje habla del peso emocional de la precariedad. El trabajo —ese espacio donde muchos buscan seguridad y dignidad— se vuelve aquí un terreno resbaladizo. Perderlo no significa sólo quedarse sin dinero: significa perder el último refugio de identidad. Levinson-Blount y su productor Oron Caspi retratan con compasión esa lucha silenciosa por mantener la estabilidad en un mundo que se tambalea. Esa lectura económica amplía el sentido del título: la mancha no es sólo la sangre literal, sino el rastro invisible de la desigualdad, de los juicios, de las heridas que la sociedad prefiere no mirar. Cada corte de carne parece una metáfora del alma dividida.
Pero el mensaje del film no es oscuro. Todo lo contrario: en el fondo, “Butcher’s Stain” es una plegaria —por pequeña que sea— hacia la reconciliación. Un recordatorio de que la paz empieza en los lugares donde nadie la busca: en el trabajo, en una conversación, en la forma de mirar al otro sin miedo. En tiempos donde las redes y los titulares convierten a las personas en banderas, el filme propone un regreso a lo esencial: la mirada directa, el gesto simple, el reconocimiento mutuo.
Hay algo profundamente poético en su última mitad, cuando los personajes, agotados por la tensión, se quedan en silencio. No hay redención grandilocuente, ni justicia inmediata. Sólo un respiro. Y en ese respiro hay verdad. Levinson-Blount parece decirnos que la paz no se firma, se construye a pulso, con pequeños actos de bondad que apenas se notan. El cortometraje deja una sensación que perdura mucho después de su último plano: una mezcla de tristeza, compasión y esperanza. No hay respuestas, pero sí una certeza: que la desconfianza nos roba lo mejor de nosotros, y que el único camino para recuperar lo humano es volver a mirar sin miedo.
“Butcher’s Stain” es, al final, una meditación sobre la vulnerabilidad compartida. Sobre cómo las heridas del mundo se reflejan en la piel de los trabajadores, en los silencios de los padres, en la mirada de los niños. Es cine hecho con humildad y con alma, que no busca convencer, sino acompañar. Su belleza está en lo que sugiere: que todavía hay tiempo de detener la maquinaria del odio, aunque sea por un instante, para recordarnos que debajo de todas las etiquetas seguimos siendo lo mismo: carne, sangre y deseo de amar en paz.
Quizá esa sea la lección más poderosa del filme: que el enemigo no es el otro, sino el miedo que nos enseñaron a tenerle. Y que, a pesar de todo, la humanidad —esa frágil chispa que resiste en medio del caos— sigue viva, esperando ser reconocida.

