Por Héctor Alejandro Serrano Ortiz

“¡Que Suene La Banda!” es un cortometraje de 23 minutos dirigido por Jorge Parra Jr., un talentoso director mexicano-americano de El Monte, California, que acaba de graduarse del MFA en Dirección de UCLA. Es su tesis de posgrado y ya ha ganado premios como el UCLA Class Artist Award 2025 y una nominación a los College Television Awards 2026, además del Jury Award en el New York International Children’s Film Festival. Anthony González, la voz de Miguel en Coco, interpreta a Javier, el protagonista, lo que le da un eco interesante: el chico que cantaba entre el mundo de vivos y muertos nuevamente toca —sólo que esta vez el trombón— entre dos culturas que parecen mundos distintos: la estadounidense y la mexicana.

El filme llega en un momento cargado de expectativa: mientras el gobierno estadounidense sigue tensando la cuerda con la comunidad latina, Parra Jr. elige contar una historia íntima sobre orgullo cultural, mostrando simplemente lo que duele y lo que sana. Yo, que soy mexicano y vivo a través de mis conocidos entre las realidades que se filtran hasta acá, sentí cada escena como una herida incómoda, pero hasta cierto punto, necesaria.

Javier es un trombonista clásico, serio y muy disciplinado, que se prepara como loco para una audición universitaria que puede cambiarle la vida. Viene de una familia mexicana unida, ruidosa y orgullosa, pero en su escuela privada ha aprendido a bajar la cabeza y hablar sólo inglés, como si pudiera borrar con un chasquido de dónde viene.

El cortometraje abre con Javier y Emily —una gran amiga de él, que es pianista— ensayando música clásica. El sonido es limpio, controlado, casi aséptico. Luego cortamos a la casa familiar: español salpicado de inglés, una chaqueta azul con lentejuelas que Javier odia, y Eladio, su papá, radiante de orgullo porque su hijo tocará banda junto a él en una fiesta de XV años —producto del trombonista titular quebrándose el brazo—. La cámara se mueve con naturalidad, nunca pretende ser virtuosa. Prefiere capturar miradas, silencios y gestos pequeños, gestos importantes.

La cinematografía de Marcus Patterson hace de las escenas de banda un festín luminoso y vibrante, pero en la escuela privada todo es más frío, más neutro, como si el entorno mismo pidiera que Javier se borrara, se diluyera y mezclara con él. Eladio, conserje del colegio de su hijo, camina por los pasillos con su radio reproduciendo música de banda a un volumen sensato. Nada intrusivo, en mi opinión. Ese radio es casi un personaje: alegre, ruidoso, imposible de ignorar. Esta escena, aunque breve, duele más de lo que parece: es un contraste puro entre un padre que lleva su cultura con la frente en alto y el hijo que se muere de vergüenza cada vez que alguien asocia su apellido con esa música y ese oficio.

La edición, a cargo del propio Parra Jr., fluye con calma y mezcla entre sí las realidades de Javier. La secuencia de la fiesta de quinceañera respira: gente bailando, niños corriendo, familias enteras disfrutando. Cuando suena “Te Presumo” de Banda El Recodo — un rolón, si me permiten decirlo—, la cámara se deja llevar por los cuerpos. Javier ve entrar a Emily y por fin se suelta y baila —aunque lo haga mal— con una inocencia que enternece. Fuera de la fiesta, el beso con Emily es tierno, torpe y auténtico.

El diseño de sonido es brillante. La música clásica suena pulida, académica. La banda, en cambio, entra con fuerza, con tubas y trombones que retumban en el pecho. El silencio después de la pelea entre Javier y Eladio duele físicamente: el papá apaga la radio, se oye sólo la emotiva banda sonora de Michael Bryan Stein. Luego, en la audición universitaria —en la que no ahondaré porque quiero ahorrarme spoilers—, la melodía llena el auditorio y se filtra hasta afuera, donde Eladio escucha. Ese cruce sonoro es uno de los momentos más emotivos del corto. Es el momento que me arrancó un suspiro y varias lágrimas, sin exagerar.

El cortometraje no trata sólo de un chico que toca trombón, sino de la vergüenza que muchos mexicanos sentimos —sin razón alguna más que la del juicio cruel— cuando nuestra cultura se vuelve “demasiado” para los espacios de poder. Javier asimila en la escuela elite: habla inglés hasta en casa, se avergüenza del uniforme de banda, le dice a su papá que la banda es tonta y que él no es un músico “real”. Esa frase duele porque muchos la hemos pensado o escuchado cuando se juzga al músico de corazón, no tanto de formación académica. En México mismo, la banda sigue cargando el estigma de ser música “de pueblo”, no refinada, “corriente”. ¡Qué gran error!

Parra Jr. muestra la grieta generacional sin demonizar a nadie. Eladio no es un hombre perfecto: es terco —bien lo dice Josefina, su esposa—, presume demasiado e invade el espacio de ensayo. Pero su orgullo es genuino y viene del amor. Javier tampoco es un villano; es un adolescente asustado que ve cómo su futuro pende de un hilo y teme que su herencia lo hunda. La reconciliación no llega por un discurso grandioso, sino por un gesto musical, en el que Javier no elige un mundo sobre otro; los une.

Marabina Jaimes, la maravillosa actriz que interpreta a Josefina, tiene una escena clave en la habitación, que no sería igual de efectiva si no viniera de su tierna actuación: le recuerda a Javier que su talento viene de Eladio, que vio felicidad en el video de la fiesta, que la gente es cruel con lo que no entiende. Esa conversación, sencilla y llena de cariño, evita el melodrama barato. Es real. Bien podría ser mi madre consolándome porque en la escuela sufrí las críticas crueles de gente ignorante.

Hay ecos claros de Coco, y no sólo por Anthony González. Ambos filmes celebran la herencia mexicana a través de la música y el perdón familiar. Pero mientras Coco mira hacia el pasado y la muerte, ¡Que Suene La Banda! se ancla en el presente cotidiano de California: quinceañeras, conserjes, audiciones universitarias, videos virales que humillan… También dialoga con películas como Real Women Have Curves o incluso con cortos más recientes sobre identidad latina en Estados Unidos. La banda como símbolo cultural recuerda a cómo el cine mexicano de los 50s y 60s usaba el mariachi o el norteño para afirmar identidad. Aquí la banda es contemporánea, viva, con “Te Presumo” como himno romántico que une generaciones, porque ¿qué hay más culturalmente significativo para nosotros los mexicanos, que la Banda El Recodo, que lleva representándonos desde 1938?

Jorge Parra Jr. escribió esto desde su propia vida: creció entre música clásica en la escuela y banda en la comunidad, la productora Meghan Truax, maestra de química, y la co-escritora Ling Li aportaron miradas diferentes pero complementarias: ambas decidas a llevar a la pantalla historias de comunidad, de amor, de pasión por el arte… El director dice explícitamente que quería mostrar la alegría de las familias mexicanas-americanas a pesar de los ataques del gobierno, y claro que lo logra. Los mexicanos sabemos que no nos quebramos, que seguimos de pie, que hacemos chiste incluso cuando la cosa está fea porque rendirnos nunca ha sido una opción.

El gobierno actual estadounidense no es el primero ni será el último que querrá hacernos menos con sus leyes, discursos y miradas y, aun así, seguiremos trabajando, seguiremos amando la vida y riéndonos hasta de nuestras propias desgracias, aunque a algunos les incomode.

Las actuaciones son de otro nivel. Ya alabé a Marabina Jaimes, pero Martín Morales como Eladio transmite orgullo y dolor con sólo una mirada o el gesto de apagar la radio, como pocos son capaces de hacerlo. Es perfecto: nunca cae en la caricatura del papá mexicano ruidoso, sino que transmite una dignidad y un amor que se sienten reales. Anthony González hace un Javier creíble, lleno de matices. Probablemente habrá muchos que lo amen por Coco, pero la verdad es que yo ya lo amaba desde Icebox —y ni siquiera hablo de la película, sino del cortometraje de 2016—. Celina Fang, como Emily aporta luz y comprensión sin volverse cliché y, por último, gracias a todo lo antes mencionado, la química entre Javier y Emily es tierna, creíble… nunca cursi.

Lo que más admiro es que “¡Que Suene la Banda!” emociona sin manipular. Algunos podrían decir que es “predecible”, pero yo creo que su fuerza está en lo cotidiano: no hay giros locos, sólo vida real elevada por buena dirección y actuaciones más que honestas. Jorge Parra Jr. filma su cortometraje con un cariño evidente en los detalles de nuestra cultura: la forma de hablar, nuestra idiosincrasia, la manera en que la música nos une en la pista.

Académicamente, el corto invita a hablar de hibridez cultural, de cómo los jóvenes de color navegan códigos distintos según el espacio. También de clase: el conserje versus la escuela privada, la beca como salvavidas y como presión. Como mexicano que ha vivido esa tensión entre querer “progresar” y no querer renegar de lo propio, el cortometraje me pegó muy fuerte. He sentido esa vergüenza sin fundamentos por gustarme algo que en ciertos círculos se considera “de poca categoría”. He visto a muchos papás como Eladio siendo minimizados por trabajos humildes mientras cargan con un orgullo que muchos no entienden. Pero también he sentido esa alegría liberadora cuando por fin dejas de esconderte.

Todos los elementos convergen en esa audición final. Javier toca con el alma, Emily lo acompaña, Eladio llora afuera y luego adentro. La música clásica y la banda se encuentran sin que una borre a la otra. El corto no dice que todo se resuelve para siempre, pero muestra que la reconciliación empieza cuando dejas de intentar escapar de lo que eres.

Me dejó con un nudo en la garganta y una sonrisa. Como mexicano, reconocí la vergüenza, la presión y la alegría ruidosa de las fiestas familiares; sin embargo, también reconocí lo orgulloso que me siento de mi cultura única y de mi gente hermosa. Como cinéfilo, aprecié cómo Parra Jr. cuenta algo profundo con recursos sencillos y corazón enorme. “¡Que Suene La Banda!” no es sólo un buen cortometraje, es una declaración cariñosa y valiente sobre seguir siendo mexicano en un mundo que a veces pide que dejes de serlo. Dura 23 minutos y logra lo que muchos largometrajes no consiguen en 2 horas: hacerte reír, enojar y llorar. Nos enseña que nuestras raíces jamás serán un lastre que debamos soltar para avanzar, sino la plataforma desde la cual podremos llegar más lejos, y sonar más fuerte.