Por Hugo Lara Chávez
Cuando la revolución está en sus inicios, Luis (Eduardo Toussaint) y un amigo suyo escapan del internado para espiar en el bosque a la gavilla de bandoleros que liderea el Tuco (Daniel Jiménez Cacho), pero son sorprendidos y perseguidos por estos. Luis lograr escapar con apuros, mientras su acompañante es capturado por uno de los villanos, el “Orejas” (Eduardo Yañez), sobrenombre ganado por su salvaje afición de cortarle los oídos a sus víctimas. Una vez de regreso al internado, se encuentra con que éste es destruido y saqueado por los bandidos. Terminado el festín de los maleantes, Luis, el único sobreviviente, se queda entre los escombros del inmueble mientras aguarda a ser rescatado por sus padres, pero quienes llegan son una tercia de niños fugados del orfelinato con aspiraciones bandálicas, que merodean por entre los destrozos causados por el Tuco y sus secuaces. Tras este encuentro, Luis inicia un viaje con ellos, en primera instancia, para retornar a su hogar, pero después renuncia a ello y se integra a la rutina delictiva de sus nuevos amigos. Entonces el recorrido cobra un nuevo sentido para Luis: una especie de viaje iniciático en el que se tropiezan con un falso sacerdote, tienen su primera relación sexual con una prostituta, enfrentan al Tuco, y son perseguidos por el ejército una vez que sus tropelías han alcanzado fama y sus cabezas tienen un alto precio.
Tras una grata revelación con Camino largo a Tijuana en 1989, el director Luis Estrada realiza su segundo largometraje, Bandidos, de la cual es coautor del guión junto con Jaime Sampietro. Con una influencia hollywoodense que salta a la vista desde su primera cinta, Estrada consiguió sobre todo un notable trabajo en la factura de ambas películas. En este rubro, la destacada labor fotográfica de Emmanuel Lubezki logra sacar provecho de la atinada selección de locaciones y del buen nivel de producción. Para los fines del argumento, Estrada y su equipo técnico resuelven con pericia los asuntos de emplazamientos de cámara, encuadres e iluminación, complementando el trabajo con la funcional musicalización de Santiago Ojeda y el montaje de Estrada y Carlos Martín.
En la estructura dramática de Bandidos, Estrada demuestra tener una consigna muy nítida: relatar una historia de aventuras con el propósito de divertir. Bajo esta premisa, el director adopta los patrones que pueden servirle para conformar su película, modelos con la rúbrica de Hollywood que tienen como resultado un curioso híbrido y un homenaje al género de vaqueros y a algunos célebres cineastas.
En Bandidos, aunque no está velada la ubicación cronológica en la que se fermentan las acciones, cierto es que la gesta revolucionaria parece un evento lejano de los personajes. El maquillaje que los guionistas aplicaron al contexto histórico es debido al afán de centrarse exprofesamente en un relato que se aproxima mucho más al concepto del western de Leone o a la anécdota de Butch Cassidy and The Sundance Kid que a alguna probable referencia del cine mexicano.
Arropada con tales influencias, no es extraño entonces que Bandidos siga también el esquema esperado: de acuerdo al cauce natural de la trama, en la que Luis ya integrado a la banda de los pequeños asaltantes y tras algunas vicisitudes que incluyen la muerte de uno de sus compañeros y la fuga de otro de ellos, la relación entre los dos restantes sirve para que aflore uno de los lugares comunes del western: la amistad entrañable. Este tópico es la mitad del cimiento que sostiene al film, la otra mitad es el viaje de aprendizaje, el recorrido en que los niños viven imitando a los bandidos adultos, sus rivales, hasta que los vencen y los remplazan.
Dentro de la linealidad de la historia, Estrada no abandona los estereotipos que dominan la atmósfera de Bandidos, como el vestuario e incluso el trazo de los personajes: los niños que experimentan aventuras o los villanos que se regodean atormentando a las presas de sus fechorías, están bosquejados conforme a ciertos parámetros del cine infantil de Spielberg. Determinado por este marco, el casting es muy demostrativo de lo señalado, empezando por los pequeños bandoleros, que aunque destacan sus buenas actuaciones están lejos de parecer campiranos desarraigados de aquella época.
Sin embargo, el director desde un principio establece por dónde habrá de navegar fielmente. En Bandidos se desarrolla una aventura infantil de acuerdo a la consecución de experiencias de los protagonistas, y es a partir de este mecanismo que se imprime un ritmo narrativo, dinámico y probablemente un poco previsible, pero ante todo justificable por su evolución lógica dentro de su propio planteamiento.
Ante una innegable familiaridad con el cine de Hollywood, sobre todo para una generación que creció bajo su absoluto amparo, no es sorprendente que de una u otra forma y con distintos resultados, se hayan incorporado sus elementos al cine mexicano. Los resultados de dichas aplicaciones son un arma de doble filo: no se puede imitar, sino reconocerlas y rescatar lo que valga la pena para canalizarlas en ideas propositivas. La óptica de Estrada en Bandidos, que está muy comprometida con el relato de aventuras y las evocaciones hollywoodenses y donde su talento y virtudes se hacen patentes, producen un resultado interesante. Quizá salvo algún recoveco dejado por el autor que sirviera para apreciar a la cinta como un producto neutro en cuanto a identidad, es rescatable sobre todo por su esmerado trabajo formal.

