Por Pedro Paunero
Todo comenzó cuando el realizador surcoreano Jang Joon-Hwan vio “Misery” (1990), la adaptación que hiciera Rob Reiner de la novela de Stephen King. La idea de un personaje loco que secuestra a otro le pareció lo más genial del mundo, y no lo abandonó hasta topar con una web, igualmente loca, que consideraba a Leonardo DiCaprio como a un extraterrestre con la misión de seducir a todas las mujeres de la Tierra, como medio de conquista. Es decir, una gran acción de conquista para…. ¡La Conquista! Entendamos que, para cualquier conspiranoico que se precie, el hecho de que, para alguien como Mr. DiCaprio, la inversión de dinero y energía para tal cosa no debe ser impedimento, por mucho tiempo que se lleve, así como el rodaje de unos cientos de películas más, durante el proceso. La fusión de ambas ideas en la psicotrónica cabeza de Jang dio como resultado la película “Save the Green Planet! (Jigureul Jikyeora! 2003), en la cual dos chalados secuestran al director de una farmacéutica a quien suponen un extraterrestre infiltrado que, durante un eclipse, permitirá la llegada del príncipe de Andrómeda en su incursión a la Tierra. Así, con la costumbre que tiene el cine de Hollywood de adaptar a su propia idiosincrasia cualquier película extranjera exitosa, o de culto, como es el caso, se llamó a Yorgos Lanthimos (cuyo cine transcurre en mundos cerrados, con personajes que se mueven entre la tomadura de pelo al espectador, el extrañamiento conceptual y el aburrimiento más atroz), para rodar un remake titulado “Bugonia”, que tiene que ver con la muerte de las abejas en el mundo (ese sí, un hecho bastante inquietante, que parece no importarle a nadie, salvo a los apicultores), una mujer llamada Michelle Fuller (interpretada por la “pobre criatura” Emma Stone), que dirige otra compañía farmacéutica a través de la cual desea cargarse el mundo, y otro par de chalados, Teddy (Jesse Plemons) de profesión apicultor, y torpe secuestrador en sus ratos libres, y su primo Don (Aidan Delbis), que carece de sesera, que logran someterla (a pesar de que ella sabe defensa personal), y a quien mantienen atada en el sótano.
Para ello, estos dos, que no pasarían de ser unos pobres payasos si no recociéramos que el mundo abunda de gente así de trastornada realmente, se han castrado químicamente, desnudan y rapan a Michelle (el cabello le sirve para comunicación con los de su especie, se supone, como le sirviera a Sansón para llevarse por delante a los filisteos, porque era la fuente de su poder), y la someten a tortura “psicológica”, se entiende, durante una [larga] interrogación, embadurnarle crema por cada pliegue de su cuerpo, para terminar con un final más que predecible, cuando el rey de Andrómeda destruya finalmente a la Tierra (por cierto, plana, por aquello de que los conspiranoides deben tener razón) cansado de todos nosotros, y Michelle se cargue de paso al bobo de Teddy, que se rinde ante sus falsas promesas en una escena, digamos, explosiva.
Mientras transcurre la trama, Lanthimos ha vuelto a echarle el anzuelo al espectador, a ver si coge algunas de sus perlas de “ingenio”. Para empezar, tenemos el título que alude a un mito (griego, tenía que ser, como la gloriosa nacionalidad de nuestro realizador), el de Aristeo, como ya hiciera -nada original, el tipo- con el enigmático de “El sacrificio de un ciervo sagrado” (The Killing of a Sacred Deer, 2017), donde había que ser medianamente entendido en la Materia de Troya, para atar cabos con Ifigenia y su personaje del chico extraño que acosa a un cirujano. ¿Qué tal, eh? En cuanto a Aristeo, quien no sepa que era apicultor, que por su culpa murió la ninfa Eurídice, y por lo tanto Orfeo, su amado, tuvo que descender (y “perturbar”, en palabras de Robert Graves) al reino de Hades, por lo cual sufrió la muerte de sus queridas abejas, mismas que resucitaron del cuerpo de un buey sacrificado (según Ovidio, en sus Geórgicas, “bugonia” es el acto de generación espontánea de toda clase de bichos voladores en el interior de un novillo podrido), y que ignoren a Sansón y al acertijo que dice “del que come salió comida, y del fuerte salió dulzura”, se está perdiendo de algo que puede esclarecer la película. O quizá no. Porque, digámoslo de una vez, el cine de Lanthimos es así, oblicuo, intelectualoide, travieso y tramposo. No es un cine que desafíe al público, sino uno que se burla de este en su cara.
Y hablando de tomaduras de pelo, ¿qué más ingenioso podía habérseles ocurrido a los productores que lanzar una campaña de marketing para su preestreno donde sólo estaba invitada gente calva y, si no lo eras, te rapaban en la entrada? ¿Así o más burlesco? No hay que negar que la película tiene estilo: esos ángulos en campo y contra campo, que se trasponen desde una perspectiva superior (la de Michelle) o inferior (la de Tedd), durante el interrogatorio, o el interior orgánico de la nave extraterrestre que, lamentablemente, no sorprenden después de los sensuales interiores de peluche, y paredes cubiertas de pinturas impresionistas, de la obra de arte camp que es el filme “Barbarella” (Roger Vadim, 1968), o los creados por H. R. Giger para la influyente “Alien, el octavo pasajero” (Alien, 1979), de Ridley Scott.
Con “Pobres criaturas” (Poor Things, 2023), Lanthimos entregó su mejor película (le ayudó el no haber escrito el guion, por cierto), en una indagación sexual (vuelta del revés) sobre el último capricho de Guillermo del Toro, su querido -y marmoleado- monstruo, del que tanto se ha hablado últimamente, “Frankenstein” (2025). Con “Bugonia”, Lanthimos regresa a la mofa, disfrazada de absurdo, que tan bien sabe estamparle al espectador, en una trama predecible que, más que miel, exuda aburrimiento y, sobre todo, una nula empatía del público para sus desquiciados personajes.

