Por Lorena Loeza

Las maneras en que los caminos de las personas se cruzan, suelen describir extrañas y sorprendentes trayectorias. Algunas mueven a la sorpresa, la risa o el temor. Otras se describen como momentos de humor tragicómico del destino, en donde el sarcasmo – propio de la vida misma- se asoma de manera natural.  Al final, entendemos que situaciones como éstas nos enseñan que el destino nunca sigue una línea recta.

Generalmente, en términos narrativos la casualidad se utiliza para subrayar la fragilidad de los planes humanos frente a la complejidad del entorno y la realidad. Lo que parece un accidente o coincidencia se convierte en un punto de inflexión que revela conexiones ocultas entre personajes y contextos. De esta manera se transmite la idea – generalmente poderosa- de que el azar no es simplemente un accidente aislado, sino un elemento estructural que da coherencia al relato, recordando que hay ocasiones en que lo imprevisto puede ser tan determinante como las decisiones conscientes.

La película “Fue sólo un accidente” de Jafar Panahi (It was just and accident, 2025) hace gala de este recurso cuando utiliza la idea de la casualidad como detonante narrativo: un hecho aparentemente menor desencadena una cadena de consecuencias que se van volviendo cada vez más graves y que revelan tensiones ocultas y dilemas morales, además de una crítica social sin concesiones para el régimen autoritario de Irán.

En la película, lo que comienza como un encuentro fortuito —un accidente sin importancia, una avería en el camino o el cruce inesperado de dos personajes— se convierte en el punto de partida de una trama marcada por la venganza y la memoria colectiva del trauma. El protagonista, Vahid, un mecánico que estuvo preso en Irán, se topa por azar con un hombre que cree reconocer como uno de sus antiguos torturadores. Esa coincidencia abre un proceso de confrontación con su pasado y con la violencia del régimen, mostrando cómo lo inesperado puede alterar radicalmente la vida cotidiana.

Además de ello, otro aspecto interesante es que la búsqueda de Vahid por confirmar la identidad del supuesto torturador se convierte en un recorrido íntimo y colectivo: poco a poco va localizando a antiguos compañeros de celda y otras personas que como él, cargan con cicatrices invisibles del encierro.

La película muestra cómo cada encuentro es un acto de memoria compartida: hay quienes se resisten a recordar, otros lo hacen con rabia, y otros con un dolor silencioso. Vahid los convoca en cafés, talleres y casas humildes, reconstruyendo entre todas las piezas de un pasado fragmentado. La reunión no es solo un ejercicio de identificación, sino también un ritual de reconocimiento mutuo, donde las voces se entrelazan para dar testimonio de la violencia sufrida y de la necesidad de justicia.

Panahi filma estos encuentros con un tono casi documental, subrayando la tensión entre la duda y la certeza, y revelando cómo la memoria colectiva puede ser tan poderosa como la verdad judicial. Así, el proceso de juntar a sus compañeros se convierte en el verdadero corazón de la historia: un viaje hacia la solidaridad y la dignidad, frente a la amenaza de repetir el silencio impuesto por la represión.

La cinta nos recuerda por momentos, historias como “La muerte y la doncella” (R. Polanski, 1994) que aborda la posibilidad de venganza desde un aspecto mucho más oscuro. La principal diferencia en el tratamiento es que Panahi decide abordar el asunto integrando algunas situaciones cómicas, las cuales, por extraño que parezca, no aligeran la carga dramática:  en realidad le dan vida haciéndola mucho más humana, mucho más cercana a la realidad.

También se diferencia de otras cintas que abordan el tema de la venganza como “Old Boy” (P. Chan-wook, 2005)  o “John Wick” (Ch. Stahelski, 2014) porque, en lugar de glorificar la violencia estilizada o la obsesión por la revancha, plantea la posibilidad de que el deseo de ajustar cuentas no siempre viene de la propia voluntad de hacerlo, a veces la vida nos pregunta si eso es de verdad lo que queríamos que sucediera.

Y al final, la verdad es que si las coincidencias existen es porque la vida es un campo minado de sorpresas. La película nos recuerda que lo accidental es la chispa que revela lo impredecible de nuestra propia existencia.

Por Lorena Loeza

Es Maestra en Estudios Latinoamericanos y Licenciada en Sociología por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Es Profesora en Educación Preescolar por la Escuela Nacional de Maestras de Jardines de Niños. En el año 2000 recibió la Medalla Alfonso Caso al Mérito Universitario, por parte de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Fue Votante Internacional de los Globos de Oro en su edición 2025. Ha participado como ponente en congresos nacionales e internacionales de análisis cinematográfico como el Coloquio Nacional de Cine Regional, organizado por la UNAM y la Universidad de Guadalajara; el Coloquio sobre Cine Mexicano, organizado por el FestivaL Internacional de Cine de Morelia; también impartió la Conferencia “La idea del mal en El Exorcista” en la Facultad de Filosofía de la Universidad Autónoma de Morelos. Participó en la publicación conjunta “Femmes Fatales. 12 escritoras hablan de cine de terror” editado por el Festival Macabro y Editorial Samsara y en “Año Covid. Notas sobre el cine y la cultura en el año de la pandemia” publicación conjunta de Corre Cámara y Alphaville Cinema. Actualmente es consultora en temas de género y derechos humanos. Es colaboradora en Corre Cámara y otras publicaciones electrónicas de análisis cinematográfico; y en la Silla Rota en temas de género y derechos humanos.