Por Pedro Paunero

Retratos de nada, pero de gran parecido
Crítica a la obra pictórica de William Turner

Tras visitar la tumba de su madre, Abigail Philips (Emma Barnet, de niña) encuentra, de camino de regreso a casa, un piano abandonado en medio del campo, en excelentes condiciones, como si se hubiera caído del transporte de algún museo, con excepción de un agujero de bala en la cubierta frontal. Con el tiempo, Abigail se convierte en una extraordinaria concertista, pero el recuerdo del piano la seguirá durante varios años, como un misterio irresoluble que, en una hora de melancolía, cambiaría su vida.

Sunny Zhao, director de “The Gift” (que lleva como subtítulo el de “Fantaisie-Impromptu”), es un cinefotógrafo y músico de origen chino, que se hizo acreedor a un premio Emmy, especializado en video-comerciales para diversas marcas, y un profundo conocedor e interesado en la cultura musical y el resto de las artes. Su herencia como excelente cinefotógrafo se deja traslucir en “The Gift”, cuyo título tiene origen en una palabra con etimología nórdica, que se puede traducir como “regalo” u “obsequio” a la vez que como “don”, a veces entendido en un contexto feérico, por ejemplo, el del caso de los dones otorgados por las hadas a la Bella durmiente. Y es, precisamente, este último el significado que se busca en la película.

Abigail encuentra solaz en el piano y, una tarde, a un niño misterioso tocándolo (Eric Brenner), a quien ella no duda reclamar la propiedad del piano. El niño se disculpa, pero, a partir de dicho encuentro, será este quien ayude a perfeccionar la técnica y el “don” que, sin duda, Abigail posee. Cuando la niña le comunica a su padre, Harry (Jeffrey Klemmer), la existencia del instrumento, este da parte a las autoridades y la policía envía varios agentes para llevárselo. La escena en la cual Abigail es testigo de la retirada del piano, con el niño, a quien nadie sino ella, parece ver, sentado encima, se torna ridícula, en comparación con la belleza emocional del resto de la cinta. De esta forma, la explicación que Zhao se inventa, una vez que la policía ha trasladado el piano a un almacén, es la de un instrumento envuelto en un aura sobrenatural. La trama es mínima, y la menos de hora y media que dura la película se desliza desde un alargado anuncio de televisión de perfumes, a un intento de narrativa coherente.

Todo este anuncio alongado se convierte, por fin, en una película (realmente mínima), de tono semi policial, cuando Harry se obsesiona con indagar el origen del dichoso instrumento, y da con un músico, Franz Mueller (Gordon Bass), residente en Innsbruk, Austria, quien vendiera el piano a una tal Anne Sobel, de Brooklyn, Nueva York, por lo cual el piano habría llegado a América. Vía telefónica, Mueller le cuenta la “rara” historia del piano. Pasados los años, ya convertida una gran concertista, y con el piano exhibido como pieza de museo, a Abigail (interpretada de joven por la hermosa Elyse Dufour) se entera que el piano pertenecía, en su origen, a Adam Cohen, nacido en Viena, uno de los más dotados talentos de su tiempo, asesinado cuando niño, durante la Kristallnacht (la Noche de los Cristales Rotos), por una bala nazi que no sólo lo mataría al instante, sino que se incrustaría en el frente del piano. Sería, pues Franz Mueller, amigo de Adam, quien convencería a su padre de conservar el piano y de su posterior periplo hasta terminar en el campo. Durante su visita al museo descubre que, el niño que encontrara varias veces en el campo, y le enseñara a tocar hasta alcanzar la maestría, no era otro sino Adam Albert Cohen, según constata por una fotografía que narra su historia, puesta al lado de su piano.

Toda esta historia de fantasmas mal pergeñada bien pudo haberse contado en un cortometraje de media hora, y recuerda “El retrato de Jennie” (Portrait of Jennie, 1949), una de las historia de fantasmas más cursis e insólitamente resueltas que, sin embargo, ha gozado de popularidad, dirigida por un cineasta tan competente como William Dieterle, a quien debemos títulos como el maravilloso cuento “The Devil and Daniel Webster” (1941), y biopics de buena factura como “The Life of Emile Zola” (1937), “The Story of Louis Pasteur” (1935) e incluso, “Juárez” (1939), un intento por parte de Hollywood (léase el gobierno de los Estados Unidos), de congraciarse con México al comienzo de la Segunda Guerra Mundial.

En “The Gift”, Zhao se embelesa de su propio arte y el talento que, sin duda, posee, en una película que le llevó siete años realizar. La mayor parte del metraje está dedicado a bellos campos floridos, “cielos de Figueroa”, las teclas blanqui-negras del piano, y arrobados primeros planos de su actriz infantil, Emma y, después, Elyse. El casi-arte del cine contemplativo puede tener en “The Gift” a uno de sus máximos representantes, aun cuando existan títulos como “The Pink Chateau” (Marcos Efron/Angela Gail, 2019), ese videoclip de casi una hora -interminable- de duración para el cual cabe la crítica que se hiciera, en su tiempo, para la obra pictórica del pre impresionista, William Turner, cuyos cuadros eran “retratos de nada, pero de gran parecido”. Zhao, incluso, se atreve a rodar un epílogo -que pasa después de los títulos finales, a la manera de una película Marvel-, en el cual, se entiende, la Abby adolescente se enamora de un caballerango en una especie de reboot de la historia que, francamente, a nadie le importaría ver.

Por Pedro Paunero

Pedro Paunero. Tuxpan, Veracruz, 1973. Cuentista, novelista, ensayista y crítico de cine. Pionero del Steampunk y Weird West. Colabora con diversos medios nacionales e internacionales. Votante extranjero de los Golden Globe Awards desde 2022.