Por Pedro Paunero

Millie (Sydney Sweeney), una chica con problemas económicos y aspecto desaliñado, que usa anteojos, lleva el pelo largo, suelto y sucio, se presenta en la mansión de los Winchester, en un auto propio, pero ya pasado de moda, a una entrevista para ocupar el puesto de empleada doméstica, encargada no sólo de limpiar, sino de preparar comida e ir a la escuela por Cecilia (Indiana Elle), la desdeñosa hija de Nina (Amanda Seyfried), casada con el compresivo Andrew (Brandon Sklenar), un empresario millonario que es dueño, en realidad, de la casa. Millie se siente atraída físicamente por el atractivo Andrew, nada más llegar, y cuando, una mañana, Nina revela que padece problemas psicológicos, después de destrozar la cocina y mostrarse agresiva con Millie, la complicidad entre Andrew y ella se acentúa, en momentos íntimos como ver la televisión juntos o salidas a eventos públicos que terminarán en una cama de hotel. Para esto, Nina le ha regalado a su asistente varios vestidos que ya no usa, y le ha prestado el auto para hacer la compra, para después acusarla de intento de robo, en un hecho que Andrew tiene que resolver, muy al contrario de la Nina del principio, que demostrara un cariño extraño hacia Millie, poco común entre patrones y sirvientes. En breves flashazos, nos enteramos de que Millie pertenece a esa nueva clase de pobres estadounidenses, “homeless” que sólo tienen por pertenencia su automóvil, unas cuantas prendas y otros objetos, pero duermen en los estacionamientos, se asean en los baños públicos, con un poco de agua, y viven al día, si bien les va. Así que, cuando Nina le muestra la que sería su habitación, montada en el ático, Millie accede de inmediato a tomar el trabajo, ignorando los secretos que los Winchester encierran -literalmente- en ese mismo cuarto.

Freida McFadden, la autora cuya novela sirve de base argumental para “La empleada” (aka. La asistenta, The Housemaid, Paul Feig, 2025) nació en Nueva York en 1980, aburrida de ser “tan sólo” una doctora especializada en trastornos cerebrales se puso a escribir. Y la hizo en grande. Su obra abunda en los tópicos comunes de los libros súper ventas, en los que se aúna la fácil lectura con la truculencia, en la corriente que se denomina “Thriller Doméstico”, pero que deberíamos renombrar como “Suspenso Melodramático”, con personajes estereotipados y contraposición de clases sociales. En una palabra, telenovelas escritas que rescriben el cuento de la Cenicienta, con todo y su aspiracionismo clasemediero, fantasioso pero conformista en ultima instancia. Su personaje de Millie, “La asistenta” de la película, tiene ya varios libros en una saga tan exitosa como desechable, con unas tramas repetitivas, es decir, que siguen una fórmula escrita y efectiva, a las que se añade el giro truculento y baratón, que sus lectores, empero, devoran con interés. No es de extrañar que, en las portadas de las novelas dedicadas a este personaje, aparezca el vulgar recurso del ojo de una cerradura por donde “la asistenta vigila”, siendo este, precisamente, el título de uno de estos libros. Pero Millie no es una voyerista al uso, como queda demostrado al final de “La empleada”, sino una vigilante en toda regla, que “deshace entuertos” de puertas para adentro, como queda patente en el breve flashback de sus tiempos escolares, en los cuales atacara al violador de una de sus compañeras.

En el proceso de adaptar al cine una novela barata, se pierden o se ganan cosas. Hitchcock demostró que podía convertir el libro de un autor menor como Robert Bloch, en un parteaguas en la historia, con “Psicosis”, quizá el mejor ejemplo de cómo mejorar un libro de tal calaña. Paul Feig, con “La empleada”, no sólo no mejora el original escrito, sino que reafirma sus tremendos defectos. Así, en una escena, Andrew obliga a Millie, a quien ha encerrado en el ático -como pasara en otra novela desechable “Flores en el ático”, y en su consiguiente adaptación, “Flowers in the Attic” (1987), dirigida por Jeffrey Bloom, en un proyecto originalmente concebido para Wes Craven-, a cortarse el vientre con el pedazo de un carísimo plato de porcelana que ella ha roto sin proponérselo. Pero las heridas de Millie no parecen afectarla, como tampoco afecta a Andrew la herida chisgueteante de sangre que ella le propina en la yugular. Hay escenas prescindibles, como la de la oficina de servicios sociales a la que acude Millie, y escenas que faltan o aparecen mal desarrolladas, así como el flojo arco de personajes en las escenas correspondientes a una Millie con anteojos, para ofrecernos una boba imagen de ternura, aunque luego no los use, mientras su sensualidad se acentúa.

Es así como “La empleada”, fracasa donde podría haber ganado, en explorar las dinámicas de clase, el deseo y la alienación dentro del hogar burgués contemporáneo. En lugar de eso, se limita a reproducir los clichés de la novela original con un aire de falsa sofisticación. Ni la cámara ni el guion logran escapar de la trivialidad, y lo que podría ser un retrato inquietante de la desigualdad moderna se reduce a un relato predecible, decorado con sustos de manual y erotismo superficial.

En definitiva, “La empleada” es un ejemplo de cómo el cine comercial actual recicla sin cuestionar los tropos de la literatura de consumo, disfrazando con brillo y morbo lo que no deja de ser, en el fondo, un ridículo cuento de la criada.

Por Pedro Paunero

Pedro Paunero. Tuxpan, Veracruz, 1973. Cuentista, novelista, ensayista y crítico de cine. Pionero del Steampunk y Weird West. Colabora con diversos medios nacionales e internacionales. Votante extranjero de los Golden Globe Awards desde 2022.