Por Pedro Paunero

Dos líneas argumentales trágicas convergen en “La hora de la desaparición” (Weapons, 2025), ingeniosa película de terror de Zach Cregger, la de los niños arrebatados por el vengativo ser feérico de la leyenda alemana del flautista de Hamelin, y la del familiar dedicado a la brujería que, para oscuros fines propios, visita a sus parientes y se apodera de sus propiedades, como sucediera en la película mexicana “La tía Alejandra” (1980), de Arturo Ripstein.

Una mañana de miércoles, Justine Gandy (Julia Garner), maestra de primaria, acudió a clases como cualquier otro día, al colegio Maybrook, en un pueblo de Pensilvania, para descubrir que todos sus alumnos, a excepción de un niño de nombre Alex (Cary Christopher), no se habían presentado en la escuela. Una revisión de las cámaras de seguridad de sus casas mostraba a los niños salir corriendo a toda velocidad por la calle, en plena noche, todavía en pijamas, exactamente a las 2:17 a.m., hacia algún punto desconocido, con los brazos echados hacia atrás y la mirada perdida, como si acudieran a un llamado. Al principio, los padres de los niños desaparecidos culparon a Justine de irresponsabilidad e, incluso, de participar en algo siniestro (le hicieron una pinta en su coche, con la palabra “bruja”), añadido al hecho de que tenía antecedentes como alcohólica, que convenciera a su amigo Paul (Alden Ehrenreich), oficial de policía casado con una celosa mujer, de beber y acostarse con ella, mientras intentara resolver el misterio por su cuenta, aunado al hecho de que Paul persiguiera a James (Austin Abrams) un homeless que, para pagarse su adicción, realizaba pequeños robos en el vecindario, con el consiguiente descubrimiento, durante una de sus correrías, de los niños desparecidos en el sótano de la casa de Alex, como si se tratara de zombis, y cuyas ventanas habían sido empapeladas con papel periódico, para evitar que los curiosos miraran lo que ocurría dentro, o la alianza forzada que tuvo que hacer con Archer (Josh Brolin), el furioso padre de Matthew (Luke Speakman), uno de los niños desaparecidos y que le hacía bullying a Alex, todo apuntaba, sin embargo, a su extraña tía Gladys (Amy Madigan), que aparecía de repente en el pueblo asustando a más de uno, invadiendo sus pesadillas o en visiones diurnas.                                          

La historia se narra a través de los hechos que llevan a todos los personajes a confluir en casa de Alex, contando lo sucedido a cada uno por su parte, a manera de capítulos, y anudando los cabos sueltos por turno. La extraña tía Gladys funciona como la variante masculina del “Hombre Misterioso”, sin cejas, que se presenta en la fiesta de la película “Carretera perdida” (aka. El lado oscuro del camino, Lost Highway, 1997), de David Lynch. Un presagio de muerte y destrucción, primero como elemento onírico, tal como la criatura lyncheana y, posteriormente, como un ser de la vigilia, real, mortal y aterrador que, sin embargo, no carece de problemas y ejerce una búsqueda y que, precisamente, para ello es que ha arribado al pueblo, como pasara en “La tienda” (Needful Things, 1993), la película dirigida por el nieto de Charlton Heston, Fraser C. Heston, que adaptaba una novela de Stephen King que presentaba una variante del diabólico visitante de la obra de Mark Twain “El forastero misterioso” (1916), en una de cuyas versiones Twain introdujera una reflexión sobre el “yo” de la vigilia y el “ser del sueño”.   

En la película se presenta uno de los más recientes homenajes de la escena de la puerta abierta a hachazos por Jack Torrance (Jack Nicholson), el padre que persigue a su familia para asesinarla en “El resplandor” (The Shining, Stanley Kubrick, 1980), cuando la hechizada madre de Alex rompe con la cabeza la puerta tras la cual se esconde su hijo, como metáfora del “peligro al interior (de la casa)” o “el seno corrompido de la familia”, como un lugar que ya ni siquiera es seguro, y que no puede proteger de las amenazas del mundo exterior, que ha colado dentro todas sus inseguridades.   

La tía realiza los actos de magia simpática (o simpatética) que el antropólogo James George Frazer atribuyera a la Ley del Contacto, cuando se vale de objetos que pertenecieran a los diecisiete niños para atraerlos, como “armas teledirigidas” (de aquí el título de la película en inglés, y esa aparición de un arma entre las nubes, cuya visión aparece como elemento innecesario para la trama) desde sus casas a la de Alex, incluyendo la “paga” o tributo de sangre, cada vez que se realiza un corte en la mano, o un pinchazo con espinas en los dedos, para la consumación del ceremonial. Su final, en manos de sus propias víctimas infantiles, cumple con el descuartizamiento dionisiaco ritual o Sparagmos, a mano limpia, al haber quebrantado el código moral de la brujería, a saber, que toda acción tiene consecuencias, en una especie de retribución equivalente.  

En última instancia, “La hora de la desaparición”, segunda película en el haber de su director, Zach Cregger, que nos diera la aterradora, pero defectuosa “Bárbaro” (Barbarian,2022), se nos presenta como una reflexión sobre la persistencia del mito en la cultura visual contemporánea y sobre su capacidad para reconfigurar las ansiedades colectivas del presente. Cregger dialoga con la tradición del horror psicológico y simbólico -los elementos del cine de Lynch, pasando por la imaginería visual de Kubrick, así como del folklorismo mexicano de Ripstein en clave universal, hasta los relatos clásicos europeos- para situar el mal no como fuerza externa, sino como residuo estructural del orden familiar y social. La película, al hacer converger lo arcaico y lo moderno, lo doméstico (interno) y lo sabático ritualístico (externo), plantea una poética de la desaparición entendida como mecanismo de restitución moral y simbólica.

Todo aquello que una comunidad niega o reprime le es devuelto bajo la forma de lo fantástico, trastocando su cotidianidad, incluyendo la voz en off de la infantil narradora (Scarlett Sher), que funciona como elemento metaliterario, como si el espectador escuchara y mirara un cuento terrorífico con implicaciones sociales (“la policía enterró el caso” y “nadie habla de esto en los periódicos por vergüenza”). De esta forma, “La hora de la desaparición” no sólo reactiva la oscura mitología del flautista de Hamelín (cuyos elementos simbólicos aún permanecen elusivos) y de la figura de la bruja y la brujería pagana, que ha vuelto triunfal al cine contemporáneo, a partir del Folk Horror (véanse “The Witch”, de Robert Eggers, “Hereditary”, de Ari Aster o “Midsommar”, de este mismo), como figuras de la transgresión, sino que las convierte en alegorías de una crisis más profunda, aquella de una sociedad incapaz de distinguir entre protección y dominio, entre fe y superstición, entre castigo y expiación. Y todo bajo una premisa de Comedia de terror, que funciona de maravilla.  

Por Pedro Paunero

Pedro Paunero. Tuxpan, Veracruz, 1973. Cuentista, novelista, ensayista y crítico de cine. Pionero del Steampunk y Weird West. Colabora con diversos medios nacionales e internacionales. Votante extranjero de los Golden Globe Awards desde 2022.