Por Pedro Paunero

Si tuviera que elegir las diez mejores películas sobre la relación padre e hija en un marco de violencia, “Asiento mortal” (“She Rides Shotgun”, Nick Rowland, 2025), estaría entre las cinco primeras. Y no es que el argumento destaque por su originalidad, ya lo hemos visto, con sus variantes y descubrimientos propios, en filmes como la brillante película de superhéroes “Logan” (James Mangold, 2017), o en “Llamas de venganza” (aka. Ojos de fuego, Mark L. Lester, 1985), la mediocre adaptación de la novela “Firestarter”, de Stephen King, con sus personajes mutantes, súper dotados, que se valen de sus dones como defensa, conformados por un padre que se ha encontrado con su hija, a la que apenas conoce, y juntos tienen que emprender una huida repleta de peligros, ante sus implacables perseguidores. Se trata de un quasi arquetipo en el cine -podría argüirse que un subgénero propio-, emanado, por supuesto, de la literatura más accesible, es decir, de esa vertiente popular del Bildungsroman, necesariamente superficial, que contrasta no sólo los géneros (el sexo) de sus protagonistas, sino su parentesco, con la brecha generacional como inestable columna vertebral y un dejo de rencor entre ambos. ¿Cómo puede un padre, cuyo pasado es oscuro, hacerse cargo de una niña al borde de sus cambios físicos y emocionales, mientras ambos son amenazados de muerte? El argumento tiene matices sumamente interesantes, e implicaciones bastante prometedoras, aunque los libros y filmes emanados de estos se queden, en su mayoría, a medio camino de la concreción total y satisfactoria de la idea. Este subgénero “de padres e hijas”, estaría presente bajo diversas modalidades -Ciencia ficción, terror, realismo, western, etc.- pero casi siempre como una Road movie.

En el caso de “She Rides Shotgun”, se nos cuenta la historia de Nathan “Nate” McClusky (Taron Egerton) quien, tras varios años en prisión, se ha echado encima a enemigos peligrosos, especialmente dentro de la poderosa organización supremacista para la que trabajó desde dentro, la Aryan Steele. Decidido a empezar de nuevo, rompe todos los lazos con su pasado criminal al salir en libertad. Sin embargo, su intento de redención provoca una brutal represalia, cuando la banda dirige su furia contra su familia, matando a su esposa. Nate logra rescatar a Polly Huff (Ana Sophia Heger) su tímida hija de once años, y emprende con ella una desesperada huida para mantenerla a salvo, en unas escenas iniciales angustiosas, cuando Polly sale del colegio y nadie la recoge, sino un desconocido de aspecto rudo (rapado, musculoso y tatuado) que resulta ser su padre, ante quien los perseguidores no se detendrán para vengarse. Mientras su tiempo transcurre en carretera, Nate le enseña a Polly a sobrevivir, presenciando el surgimiento de una fuerza y determinación en la niña que, aparentemente, no tenía. A su vez, él mismo aprende el significado del amor incondicional, forjando con ella un vínculo que levanta como un muro, ante el pasado que, inexorable, lo alcanzará.

Esta clase de historias exige una complicidad (sobre todo intimidad), entre el binomio actoral que interprete al padre y a la hija, alentado por un director diestro, que comprenda dicha relación. En el filme, Egerton, surgido de la televisión británica, y la pequeña actriz Ana Sophia Heger, cuya actuación constituye toda una revelación, cumplen con creces, a través de escenas conmovedoras como cuando él le corta el pelo a Polly -para ocultar su identidad-, se lo tiñe de rubio y, aunque el resultado deja mucho que desear, a la niña le parece maravilloso, o en otra escena en la cual la pequeña aprende a golpear -como defensa- con un bate de beisbol, que nos remite a la Matildha de doce años (Natalie Portman) de “El perfecto asesino” (aka. El profesional (León); Léon, The Proffesional, Luc Besson, 1994), durante su aprendizaje en las armas, o a su copia británica, “Hanna” (Joe Wright, 2011), con sus tintes cienciaficcionistas. En “She Rides Shotgun”, hay una persecución policiaca espectacular, después que Nate asalte a mano armada la tienda de una gasolinera (Polly le ha pedido que le lleve un chocolate Snickers), y un conductor lo tirotee, y le meta una bala en la pierna, también un Sheriff corrupto, Houser (John Carroll Lynch), que no tiene empacho en destripar a sus víctimas y, por contraste, el agente bueno, John Park (Rob Yang), que se pone de parte de Nate y su hija, cuando descubre que Houser es un miembro de la hermandad de los Steels.     

Uno podría poner en duda la intención ética de todo un tipo de cine con niños como protagonistas, en este citado marco de violencia y crueldad, emplazándolo en el exploitation más puro y duro y recuerdo, en este sentido, “Cuerno de cabra” (Kozijat rog, 1972), dirigida por el búlgaro Metodi Andonov, situada durante el dominio turco del país, en la cual un padre tiene que caracterizar a su hija como varón, después que su esposa haya sido violada y asesinada, y enseñarle a defenderse con un cuerno de cabra como arma, y que explora la “verdad” de la venganza, con una crudeza inusitada y una técnica más bien primitiva, poco refinada que, empero, alcanzaba una cima difícil de igualar en la evolución del personaje vengativo y vengador, pero el origen de “She Rides Shotgun”, no es sino “La educación de Polly McClusky” (2017) una novela negra ejemplar, escrita por el debutante de Springfield, Misuri, Jordan Harper (n. 1976), que aclara un par de cosas. La artesanía del noir, tanto cinematográfico como literario, hunde sus raíces en el subsuelo más podrido de la sociedad, y lo refleja en su devenir. A Harper (que ya tenía carrera como guionista en “The Mentalist”) se le ha comparado, quizá de manera un tanto exagerada, con James Ellroy o James M. Cain, pero el entusiasmo que despertó su obra lo llevó a hacerse acreedor del prestigiado Premio Edgar (otorgado en homenaje a Edgar Allan Poe), que entrega la Asociación de Escritores de Misterio de América (MWA) que reconoce lo mejor de la ficción y no ficción de misterio, suspenso y crimen publicado o producido en el año anterior, por dicha novela, colocándola al lado de títulos como “El largo adiós” (1955), de Raymond Chandler, “El espía que surgió del frío” (1965), de John Le Carré o “Chacal” (1972), de Frederick Forsyth, que hablan de la calidad de su prosa. Pero, una cosa es el libro y otra la película, en la cual, para efectos dramáticos, se han obviado partes importantes del material original, a pesar de que uno de sus guionistas sea el mismo Harper y el tiroteo final carezca de lógica.

 En términos críticos, “She Rides Shotgun” confirma la persistencia del arquetipo del “padre redentor” dentro del cine contemporáneo, pero también evidencia sus limitaciones narrativas. Nick Rowland, su director, logra un equilibrio entre el dramatismo íntimo y la violencia estilizada, aunque sacrificando, para ello, la verosimilitud en favor de la tensión emocional. La película se sostiene gracias al vigor de sus interpretaciones —en especial la naturalidad de Ana Sophia Heger— y un ímpetu visual que transforma el desierto estadounidense en un escenario de expiación moral. No obstante, el guion, aun con la participación de Jordan Harper, tiende a simplificar los matices éticos y psicológicos presentes en la novela original. En este sentido, “She Rides Shotgun” funciona menos como una exploración profunda del trauma y la culpa, y más como un ejercicio competente dentro de la estética noir y el thriller de carretera, a los cuales pertenece. Su mayor mérito radica en la tensión entre violencia y afecto, un terreno donde la paternidad se convierte en el último gesto de resistencia frente a un mundo que ya no admite redención.

Una última nota sobre el título, que esclarecerá su intencionalidad. “She Rides Shotgun” puede traducirse, literalmente, como “Ella cabalga con escopeta”, perdiéndose mucho del significado implícito que tiene para un angloparlante, siempre que este posea una cierta formación histórica. Se trata de una alusión a una práctica perdida, que data de la plena expansión del Viejo Oeste, que consistía en llevar a un ayudante, sentado a un lado del conductor de diligencias, armado y dispuesto a disparar a cualquier bandido o enemigo que se les cruzara en el camino, así, Polly, la niña de la película revela su papel activo durante este viaje. La niña no es la pasajera indefensa en esta huida desesperada, sino “la copiloto moral” de una travesía hacia la redención. Al ocupar el asiento del “shotgun”, Polly no sólo asume la defensa física, sino también la simbólica, sustituyendo el instrumento de la violencia por la posibilidad del aprendizaje, del afecto y de una nueva ética. En ese sentido, “She Rides Shotgun” trasciende el relato de acción para convertirse en una parábola sobre la herencia del odio y la posibilidad —siempre precaria— de quebrar el ciclo de la violencia.

El subgénero “de padres e hijas” en el cine de violencia y redención

PelículaDirector / AñoRelación centralContexto de violenciaTransformación de la hijaMotivación del padre / figura paternaTemas principalesRasgos estilísticos y tonales
She Rides ShotgunNick Rowland / 2025Padre biológico e hija (Nate y Polly)Persecución criminal por parte de una organización supremacistaDe niña tímida a sobreviviente decidida; adquiere fortaleza moral y físicaRedimirse de su pasado criminal y proteger a su hija del entorno violento que él mismo generóRedención, violencia heredada, amor filial, ruptura del ciclo del odioNoir contemporáneo con tono de thriller carretero; estética realista y emocional
El perfecto asesino (Léon: The Professional)Luc Besson / 1994Relación sustitutiva (asesino y niña huérfana)Mundo criminal urbano y corrupción policialDe víctima a aprendiz de asesino; búsqueda de identidad y afectoRedención simbólica: proteger a la niña y darle una vida mejorInocencia y corrupción, amor paternal ambiguo, venganzaEstilización visual extrema; mezcla de lirismo y ultraviolencia
HannaJoe Wright / 2011Padre adoptivo e hija (espía entrenando a niña)Conspiración gubernamental y manipulación genéticaDe niña ingenua a guerrera consciente de su origen y libertadPreparar a su hija para sobrevivir a un sistema que la persigueIdentidad, manipulación, supervivencia, emancipaciónThriller con estética de cuento oscuro; ritmo ágil y tono melancólico
Cuerno de cabra (Kozijat rog)Metodi Andonov / 1972Padre biológico e hija (disfrazada de varón)Represión otomana y violencia patriarcalDe niña inocente a vengadora; asume roles masculinos para sobrevivirVengar la muerte de su esposa y proteger a su hija del abusoVenganza, pérdida de inocencia, género, resistenciaCine búlgaro austero y brutal; realismo crudo y alegoría política

 Síntesis comparativa

En todas estas películas, el vínculo entre el padre (o figura paterna) y la hija (o figura infantil) funciona como motor narrativo y emocional, pero también como un espacio de tensión entre la violencia y la ternura. Mientras “She Rides Shotgun” reformula el motivo desde la redención moral del padre, “El perfecto asesino” y “Hanna” exploran la ambigüedad ética del adiestramiento y la protección en entornos violentos. “Cuerno de cabra”, por su parte, representa el antecedente más radical y trágico del subgénero, donde la violencia patriarcal se vuelve destino y condena. En conjunto, estas películas delinean una genealogía del “aprendizaje en la violencia”, donde la paternidad —biológica o simbólica— actúa como puente entre la culpa, la educación y la posibilidad de redención.

Por Pedro Paunero

Pedro Paunero. Tuxpan, Veracruz, 1973. Cuentista, novelista, ensayista y crítico de cine. Pionero del Steampunk y Weird West. Colabora con diversos medios nacionales e internacionales. Votante extranjero de los Golden Globe Awards desde 2022.