Por Pedro Paunero
La Isla Negra, situada en la comuna de El Quisco, a pocos kilómetros de Valparaíso, se convirtió en una zona de visita obligada para los lectores entusiastas de la obra de Pablo Neruda, el poeta chileno ganador del premio Nobel de literatura en 1971, que la convirtió en residencia temporal, y de cuya casa se ha hecho un museo. Fue él quien la llamó así, debido a la coloración de las rocas de su costa, mismas que le dan una configuración singular sin que sea una isla auténtica.
Situada ahí mismo, “Isla negra” (Jorge Riquelme Serrano, 2025), narra la historia de Guillermo (Alfredo Castro) y su asistente Carmen (Paulina Urrutia), que planean pasar un fin de semana en la amplia, cómoda y lujosa casa de aquel, mientras flirtea con aquella, bebiendo, escuchando música y disfrutando, mientras sobre el horizonte de sus ventanales, a pocos metros de la propiedad, y entre las rocas, unas personas desconocidas levantan un campamento improvisado.
Al principio, la mujer del campamento se acerca a la casa, haciendo señas por la ventana, mientras Carmen prepara algo en la cocina. Toda disculpas, la mujer pide un poco de agua tibia, que Carmen le proporciona, llenándole unos bidones para ello, a la par que Guillermo, malencarado, desaprueba el acercamiento. ¿Cómo ha entrado a la propiedad, qué pretenden al instalarse sobre el mar y cómo es que han abierto la reja de la entrada? Guillermo y Carmen continúan en su cotidianidad, tratando de ignorar a los desconocidos, pero su presencia va tornándose ominosa poco a poco, incluyendo algunas discusiones entre ellos, como ocupantes de la casa. Al día siguiente, Carmen, que se ha compadecido de ellos, les lleva comida, y los desconocidos le ofrecen pescado a cambio. Poco tiempo después tocan a la puerta y los pescadores sorprenden a la pareja de la casa, cargando con un anciano de nombre Miguel (José Soza), que resulta ser padre de Jacob (Gastón Salgado), el pescador, y suegro de la mujer (Marcela Salinas), de nombre Marcela, que ha sido quien previamente había pedido agua.
El director, Jorge Riquelme, a quien también se debe el guion, sostiene su película con un suspenso bien construido. El espectador espera un asalto, o un ataque en cualquier momento de parte de los intrusos, y sospechamos, a la par que Guillermo, que alguno de ellos (o los tres) está mintiendo en realidad, especialmente el anciano, de quien su hijo pide no moverlo, mientras lo ponen cómodamente en el sofá de la casa, debido a su supuesta enfermedad estomacal. Los diálogos aumentan en intensidad, al igual que el miedo, pero lo que parece una película sobre invasión del hogar termina volviéndose, sorpresivamente, en una cinta política.
Es interesante que el tema, que conformaría todo un subgénero, el de las películas de Home Invasions, por su denominación original en inglés, pueda rastrearse hasta el año de 1909, con un cortometraje dirigido por el coloso y, por usar un adjetivo de moda, auténticamente visionario D. W. Griffith, titulado “The Lonely Villa”, adaptación de la obra Au Teléphone (1901), escrita por el mismísimo padre del Grand Guignol, André de Lorde, que hacía las delicias del espectador morboso en el teatro de la sangre, de París, y en la cual unos ladrones engañan al dueño para sacarlo de casa -uno de ellos le entrega una carta y, ya en el interior, echa un rápido vistazo a las lujosas estancias, como sopesando sus riquezas -, para que deje a su esposa e hijas (la mayor interpretada por Mary Pickford), en la mayor indefensión. El uso del montaje en paralelo, en una película pionera, de la cual no podemos ignorar su puesta en escena teatral, se aúna a una serie de elementos que se volverán tópicos para el subgénero, a saber, la vigilancia de la casa, el engaño de parte del acosador para ingresar al hogar y llevar fuera al ocupante más fuerte y, por lo tanto, más peligroso, la huida, estancia por estancia, cuarto por cuarto, de los demás habitantes de la casa, la confrontación y, finalmente, detención (o muerte) del acosador.
A diferencia de “Cuando un extraño llama” (When a Stranger Calls, 1979), de Fred Walton, el ejemplo paradigmático del subgénero, “Funny Games” (1997), una obra maestra de Michael Haneke, que introduce el elemento metaficticio en la historia o, incluso de la cinta mexicana “La noche violenta” (José María Fernández Unsáin, 1970), con su protagonista sordomuda, “Isla negra” da un vuelco cuando los invasores se descubren invadidos y, por lo tanto, las víctimas de un sistema que los ha marginado en pos de un progreso no pedido ni aceptado. Nos enteramos de que Jacob y Marcela ponen una serie de condiciones para dejar la casa de Guillermo (que los llama “indios”, despectivamente), y que consisten en que les sean devueltas las tierras de sus antepasados, su casa y terrenos, aparte de una fuerte suma como indemnización, pues han sido despojados por la inmobiliaria que Guillermo representa y que pretende continuar obras en la zona.
Con “Isla Negra”, Jorge Riquelme Serrano confirma un dominio del pulso narrativo y una capacidad para transformar un conflicto íntimo en una reflexión social de amplio alcance. Su manejo del suspense y su mirada crítica, hacen de esta película una de las favoritas del Festival de Cine de Huelva, consolidando al director chileno como una de las voces más lúcidas y comprometidas del cine iberoamericano actual, y a quien hay que seguir de cerca.
Para saber más:
“«La noche violenta», singular «Home Invasion» mexicano” por Pedro Paunero.

