Por Gabriel Trujillo Muñoz
Progreso. Progreso. Me gustaría ver lo que estos niños verán
H. G. Wells
El futuro es, al mismo tiempo, el reino de la esperanza y la tierra del horror. Desde este presente en marcha atisbamos los múltiples caminos que nos aguardan, las maravillas y desastres que llamamos nuestros. Esos mundos hechos, a veces, de ciudades futuristas y en otras ocasiones solo mostrando campos de batallas, horizontes en ruinas, desolación y muerte. H. G. Wells (1866-1946), el famoso escritor británico de ciencia ficción, nos dio hombres invisibles, viajes a la Luna, islas con criaturas modificadas por científicos locos, máquinas para viajar por el tiempo e invasiones extraterrestres. Todas las cuales acabaron siendo visiones cinematográficas que causaron, entre sus espectadores, miedo, asombro y estupor. Pero una obra suya fue más ambiciosa: buscó narrar las diferentes etapas de la humanidad de cara al futuro. Lo que podría a pasar. Lo que vendrá. Fue un llamado de alarma ante el cataclismo que avizoraba, el que acabaría siendo la Segunda Guerra Mundial. Pero eso apenas es el principio de su relato. La guerra llega en plena navidad y arrasa con todo. Lo peor es que la tecnología ha avanzado tanto que la guerra aérea puede destruir ciudades con un solo, masivo bombardeo. La tesis de Wells es que si no terminamos con la guerra, la guerra terminará con nosotros. El libro donde contó lo que nos esperaba lo tituló The Shape of the Things to Come (La forma de las cosas por venir). Publicado en Londres en 1933, tuvo tanto éxito que el director William Cameron Menzies lo hizo película en 1936, producida por Alexander Korda, guion del propio Wells y con el título más corto de Things to Come (Lo que vendrá, como fue conocida en español). Dentro de las cintas esenciales de ciencia ficción del siglo XX este filme tiene un papel principal: es un recorrido por los triunfos y tragedias de los seres humanos en su travesía por el tiempo. Parte novela de ficción y parte ensayo premonitorio, en ella, gracias a los efectos especiales que creara Ned Mann, esta cinta estuvo a la altura de la novela de la que procedía. Y a ello hay que agregar la escenografía de Vicent Korda, la fotografía de George Perinal y la música de Arthur Bliss, que en conjunto ofrecen una experiencia dramática, visual y sonora digna de su tiempo. Fue, como ahora lo diríamos, una producción de alto presupuesto que logró imaginar las rutas del futuro. De las ideas que pusiera en consideración de los espectadores y de las imágenes que ofreciera de distintos momentos de la vida humana en los años, décadas y siglos por venir, quiero dar mi opinión en textos breves, en sentencias mínimas.
El futuro no es una causa perdida: es una montaña rusa. En él todo fluye y cambia de rumbo. Estrepitosamente. Sin aviso. En él la vida es una apuesta que contrapone el azar al destino, la voluntad al accidente, la paz al conflicto. Leer el futuro es hablar en la lengua de los profetas, es poner el presente como signo de orientación.
Things to Come es una película de ciencia ficción que se escenifica en cualquier pueblo del mundo, en Everytown. Donde sucede todo pero no al mismo tiempo. Donde la vida es un testimonio fidedigno de las transformaciones sociales, de los sueños públicos. Una población que refleja los trabajos y los días de una comunidad que sobrevive y lucha por mejorar a su manera, por cambiar a su modo. Pero también para dar pasos en falso, para extraviarse.
La ciencia es todas las cosas por soñar. La tecnología es todas las panaceas que nos estallaron en la cara: tanto la cura de las enfermedades como una bomba de máxima potencia. Lo que da vida. Lo que mata sin distingos.
El optimista canta, baila, no cree que habrá guerra. El pesimista busca un refugio para su familia. Ambos acabarán muertos bajo los escombros porque la guerra no tiene favoritos.
Wells apostaba por la razón, la lógica, la ciencia, la élite intelectual Creía que a través del método científico se podían evitar los desastres del fanatismo y el belicismo, que a través de la cooperación universal se lograría una sociedad armoniosa, justa, pacifista. Things to Come era una película que quería señalar que el camino de la ambición humana, del poder a cualquier coste, no era una solución para las crisis económicas y políticas de su tiempo, sino un callejón sin salida, una repetición de la Primera Guerra Mundial a escala mucho mayor.
La civilización tiene como fin último el cascajo. No olvidemos que el año en que salió Things to Come empezó la Guerra Civil Española. Y un año más tarde los bombarderos alemanes destruyeron el pueblo de Guernica. Un pueblo pequeño de España fue el preludio de lo que le iba a pasar a Varsovia, Londres, Leningrado, Stalingrado, Tokio, Berlín, Hiroshima y Nagasaki. Y todo gracias a un militarismo que exigía sumisión o la muerte de pueblos enteros. Que imponía su orden a paso de ganso. Y unos adversarios del mismo que prefirieron matar civiles con bombas atómicas que con bombas convencionales.
Quien mira las cosas tal como son sabe que lo peor está por llegar. como lo demostró el poeta irlandés William Butler Yeats en los mismos años en que se dio a conocer el libro de Wells y se presentó la película basada en su visión del mañana. En el poema “La segunda venida” (haciendo alusión al regreso de Cristo para el juicio final) Yeats decía con mirada certera: “Las cosas se desmoronan, el centro no puede sostenerse;/ La mera anarquía se ha desatado en el mundo,/ La marea ensangrentada se ha desatado y en todas partes/ La ceremonia de la inocencia se ahoga;/Los mejores carecen de convicción, mientras que los peores
/ Están llenos de apasionada intensidad”.
La primera parte de la película ubica el mundo en la orilla del abismo: una guerra mundial más devastadora que la primera, donde la destrucción viene del cielo. Los aviones son ángeles vengadores que eliminan a los seres humanos. La tecnología está al servicio del poder que devasta, que causa pánico, que deja muertos por doquier. La fachada del orden se viene abajo y sólo queda el hormiguero humano huyendo de la sombra ominosa de la tecnología al servicio del conflicto.
Things to Come responde a una escenificación artística del futuro de la humanidad. Se nos presenta, primero, el horror de la guerra, para luego proceder a contemplar las ruinas del mundo. Pero incluso de la tierra más estéril brota de nuevo la vida y de las cenizas la hierba crece otra vez.
Si el futuro es la tierra de los sueños, entonces el porvenir no ofrece, siguiendo el poema tan inglés de Matthew Arnold de 1867, “ni gozo, ni amor, ni luz,/ Ni certeza, ni paz, ni alivio para el dolor;/ Estamos aquí como en una llanura sombría/ Envueltos en alarmas confusas de fugas y batallas,/ donde ejércitos ciegos se enfrentan por la noche”. Es casi una descripción exacta de la escena de combate aéreo que la película de Cameron Menzies nos muestra con tanta cercanía, como tanta ferocidad.
Antes que los modelos arquitectónicos del porvenir, hay paisajes de esta película que parecen sacados de la historia del arte. Al final la guerra es un collage de alambre de púas y harapos, un horizonte que parece salido de la Abadía de Eichwald, la famosa pintura de Caspar David Friedrich: un cementerio donde la humanidad yace en silencio. Un osario bajo la espesa niebla de los gases tóxicos.
Han pasado décadas y la guerra sigue. A ella se le suma la Wandering Sickness (la plaga errante), una fiebre que ataca el cuerpo y la mente, que diezma a la población de la Tierra. Como un jinete del apocalipsis, la pestilencia lleva a que la gente huya del contacto con los demás, a que la civilización se rompa y cada quien se rasque con sus propias uñas. Los afectados por la plaga actúan como los muertos vivientes de las futuras películas de George A. Romero, mientras que la ciencia se afana en hallar un tratamiento a la enfermedad, mientras los médicos buscan una cura para un mundo sumido en la desesperación, en la locura.
La profecía del libro y la película son la misma: el futuro será una edad oscura, una nueva Edad Media, llena de supersticiones, muertes masivas, dolor y autoritarismo rampante. A menos que intervengan los ingenieros. A menos que la ciencia suplante a la fuerza bruta. Wells piensa que hay diferencia entre civilización y barbarie, pero la historia reciente nos ha enseñado que la civilización, en sí misma, es la barbarie tecnológica, la ciencia al servicio del poder en turno. Hace más grande la masacre, el genocidio. Destruye impunemente. Llama al exterminio el triunfo de la democracia.
Things to Come es una película que ha sido saqueada por innumerables filmes posteriores. La escena de un automóvil jalado por un par de caballos nos remite a la moraleja de que lo arcaico le gana a lo moderno bajo circunstancias apremiantes, como la falta de gasolina. Lo viejos tiempos son ahora los nuevos tiempos. La democracia ha dado paso a la autocracia, al gobierno del líder carismático, de Rudolf, el jefe que guía sin cambiar usos y costumbres, que preside su pequeño dominio de Everytown para su propio beneficio y ostentación.
Wells lo sabía antes que Isaac Asimov: la salvación de un mundo que vuelve a empezar no está en los militares ni en los políticos: está en los ingenieros, en los técnicos, en los científicos. En la gente que resuelve problemas para beneficio de su propia comunidad. Lo que uno de ellos llama “la hermandad de la eficiencia, la fraternidad universal de la ciencia”. Wells aboga por la libertad de pensamiento para reconstruir la sociedad, para ponerla en pie a pesar de los estragos de la guerra. Olvida, sin embargo, que la ciencia está al servicio de los imperativos políticos, de las ganancias militaristas. Que la ciencia es el Poncio Pilatos de nuestro tiempo: manda al matadero al que se interpone en su camino, pero a la hora de las responsabilidades se lava las manos, afirma no tener vela en el entierro.
No más jefes, dice el enviado de un mundo nuevo. El poder ya no reside en los matones sino en los creadores, en los inventores. Es una utopía del progreso tecnológico, pero olvida que el progreso tecnológico llevó a una guerra más cruel, más devastadora, más inhumana con sus máquinas mortíferas, con sus gases venenosos.
Cuando Rudolf, el señor feudal de Everytown, le pregunta a John Cabal, el ingeniero recién llegado a su reino en un aeroplano futurista, quién es él, qué representa, éste responde: “Law and Sanity”. La primera palabra, Law, es ley, no tiene problemas de interpretación, pero la segunda tiene muchas acepciones: Sanity puede ser cordura, sentido común, sensatez, juicio, razón. La ley la puede imponer cualquiera, pero el sentido común, la sabiduría del criterio es más difícil de manejar. El punto en común entre el jefe máximo -una especie de Mussolini a la inglesa- y John Cabal, el recién llegado, es el comercio: qué me das, qué te ofrezco. Para el líder militar, la tecnología debe estar al servicio de la guerra, su guerra, sus conquistas, sus triunfos. Para el enviado de las Comunicaciones Globales, la tecnología debe unir al mundo, darle progreso, modernidad, destino.
Según Wells, el científico, desde su pedestal occidental, tiene un deber con la civilización: no puede fabricar gases venenosos, volver a la barbarie. Pero hoy, sin el idealismo positivista, sabemos que esa misma clase de científico será el que construirá la bomba atómica, el que masacrará a la población civil, el que soñará con armas de destrucción masiva para hacer la Tercera Guerra Mundial a su favor.
La ciencia es la política por otros medios. Es el poder que habla con algoritmos.
Rudolf, el líder de la película de William Cameron Menzies, habla como los líderes del mundo actual: “Necesito combustible, necesito gas”. Y todo para aceitar su maquinaria de guerra, para imponerse sobre los demás jefes militares. La guerra es su adicción. La violencia, su dosis diaria.
La mujer del líder, que parece una cantante de Doom Metal actual, una Tatiana Shmaylyuk a la moda de los años treinta del siglo pasado, lee los viejos libros y sueña en un mundo más amplio, en una realidad menos limitada a matar y ser muerto en guerras interminables. La mujer del jefe sabe más cosas que el jefe: entiende que el mundo que promete Cabal, el forastero, es un mundo libre. Pero la libertad asusta, es un desafío para su posición social. Teme que si la toma en sus manos, que si sigue su canto, se perderá. Junto con escoger entre usar la ciencia y la tecnología para destruir o para construir el futuro, está el otro dilema que plantea esta cinta: libertad o autoritarismo, obediencia ciega o amplitud de miras.
Todo científico es un aprendiz de mago: cree dominar fuerzas que están fuera de su alcance.
John Cabal dice que viene a hacer limpieza, a quitar los dinosaurios y los tigres dientes de sable que han quedado de una época pasada, de una edad anticuada. Olvida que los dinosaurios, como diría el escritor guatemalteco, Augusto Monterroso, tienen la mala costumbre de seguir con nosotros, de volver por sus fueros.
La utopía de Cabal y los pilotos ingenieros es una contradicción en marcha que Wells no quiere o no puede resolver: por un lado, apela al pacifismo como norma social imperativa y por la otra a la explotación científica y tecnológica de los recursos naturales de la Tierra. Su autor no ve que para conseguir esto último tiene que crear una ruptura con el orden natural, una dislocación con el ecosistema planetario. No percibe la violencia inherente a tal propósito industrial ni el golpe demoledor que implica su modernización forzada para el resto del mundo. En cierta forma, la utopía futurista de Things to Come se nutre del sueño imperial de una casta europea, bien pensante, liberal, que domina el mundo con una vasta población trabajadora a su servicio. Su sociedad es funcional, estratificada según sus destrezas y habilidades. Los científicos ahora tienen el control global y sus ambiciones van mucho más allá de ejercer el poder personal: se han vuelto laboratorios de pruebas, juntas ejecutivas, corporaciones anónimas, grupos de investigación. Su pretensión mayor es alcanzar las estrellas, llevar sus ideas al resto del cosmos. Bombardear con bombas somníferas a los recalcitrantes, a los que se resisten al pacifismo, a los que prefieren vivir sus vidas al margen de tan magnífica sociedad. La perfecta. La impecable.
Como historia del futuro, John Cabal prefigura a Hari Seldon, el personaje de las novelas de la saga de Fundación de Isaac Asimov -reconozcámoslo: Asimov es el más adelantado discípulo de H. G. Wells- y prefigura, en la realidad, a un científico sin dudas sobre el papel protagónico de la ciencia en el desarrollo de la humanidad, en la conformación de su destino. Cabal jamás será Oppenheimer: no asume que la ciencia bien puede ser un demonio suelto.
Los héroes de Things to Come son héroes intelectuales. La educación es su instrumento de trabajo. La ciencia, su método para progresar. Creen saber lo que el pueblo necesita. He ahí la soberbia que se escuda en fórmulas químicas, en procesos industriales, en cañones apuntando hacia el espacio.
La política pregona ideas populares. La ciencia pregona ideas minoritarias.
La tesis de Wells contaba con un punto ciego: creía que debía ser una élite de científicos la que dirigiera la producción mundial con el propósito de hacer obras monumentales, pero sin pedirle la opinión a los que trabajaban en tales proyectos. Los ingenieros planificaban el futuro de la humanidad y el resto de la población debía obedecer sus designios sin chistar. Su camino hacia el mañana hoy lo vemos como capitalismo salvaje, como esclavitud.
El mundo del porvenir, en el que vivirán los hijos de nuestros hijos, dice la voz narradora de la película de William Cameron Menzies. Y uno, que reside en ese futuro, no ve salida ni en la barbarie de la violencia ni en la fría manipulación de la tecnología: dos callejones sin salida. Dos formas de extinguirnos por propia mano.
La visión de progreso social del libro de Wells y de la película de 1936 contrastan con sus primeras novelas, especialmente con La máquina del tiempo (1895), donde el futuro es una tierra en agonía, moribunda, donde la raza humana ha mutado en engendros irreconocibles. Pero en Things to Come, la visión es optimista: a pesar de todas las desgracias que debe atravesar, la humanidad encontrará el camino a las estrellas.
Colonizar el espacio con la arrogancia de la raza blanca, que cree es su derecho, su misión en la vida, como ya lo había hecho en África, en Asia, en América. Imponer su voluntad a fuerza de tecnología a los “pueblos primitivos”: como en la India, como en Australia, como en el Congo.
La parte final de la película producida por Alexander Korda es una glorificación de la tecnología, una oda futurista a la fábrica, a la minería, a la automatización de los procesos productivos, del manejo de nuevas energías para extraer las riquezas de la Tierra a escala masiva. Es el momento de los efectos especiales que hacen de esta película una seria competidora de Metrópolis (1927), el filme de ciencia ficción de Fritz Lang. Incluso, puede afirmarse que ambas cintas son la cúspide de la ciencia ficción cinematográfica de la primera mitad del siglo XX. En ellas se concentran las esperanzas y aprensiones de la sociedad europea de su tiempo -el periodo de entreguerras- ante los desafíos que ya se veían venir: los robots, la inteligencia artificial, la tecnología para la guerra y la paz.
Estilísticamente, Metrópolis gana la competencia. Conceptualmente, Things to Come triunfa por sus ideas. En Metrópolis la unión hace la fuerza. En Things to Come, la fuerza viene de la ciencia, de la planificación a futuro. No es un pacto social: es un reto científico que se resuelve en laboratorios, en máquinas portentosas. Ambas películas contienen un mundo mejor dentro de un conflicto humano: el de la explotación económica a cualquier coste, el del sacrificio personal por una causa mayor.
Si Metrópolis exhibe el Art-Deco como el futuro arquitectónico de la humanidad, Things to Come expone una arquitectura funcionalista, un diseño industrial, como su versión del progreso de la humanidad. Pero donde gana en su mirada del porvenir es en dos apartados: lo personal y lo global. El escritorio de la gente con sus artilugios tecnológicos parece sacado de una imagen de nuestro siglo XXI y la idea de un gobierno mundial que preserva la paz, prefigura a la Organización de las Naciones Unidas, esa idea utópica que hoy agoniza a la vista de todo el mundo, pero que sirvió, en su momento, para no desatar guerras nucleares.
La resistencia al progreso va creciendo. Un nuevo movimiento ludita se hace presente bajo el liderazgo de Theotocopulos. No se quiere un mundo de trabajo constante, sino uno donde el individuo cuente más que el proyecto científico que no da descanso a la humanidad. La disidencia crece porque esa utopía ha olvidado el otro elemento esencial del ser humano: el placer, el gozo, el ocio por el ocio mismo, the happy living.
Se dice que H. G. Wells fue un hombre adelantado a su tiempo. Cierto, pero en muchas de sus novelas y en especial en The Shape of Things to Come, así como en el guion de la película que aquí comentamos, hizo algo realmente generoso: nos condujo a ese tiempo que sólo él veía, nos llevó de la mano hacia el futuro, con todos sus deslices y callejones sin salida, que él alcanzaba a contemplar. Wells fue un guía de viaje hacia el porvenir en sus claroscuros y enfrentamientos, hacia la utopía con todas sus contradicciones y perplejidades.
¿Nos levantaremos de las cenizas? Sin duda alguna. Pero Wells no nos asegura que resucitaremos sin las cicatrices del pasado, sin las marcas de nuestras equivocaciones visibles en la forma de comportarnos. El futuro, digámoslo así, tiene mucha cola que le pisen.
¿Qué se temía hacia 1936? Una nueva guerra mundial provocada por líderes totalitarios. ¿Qué se deseaba hacia 1936? El pacifismo mundial. La resolución de los problemas de la humanidad sin pasar por el uso de las armas. ¿Qué se obtuvo en realidad en las décadas siguientes? Una nueva guerra mundial. Armas más letales que mantuvieron a la humanidad al filo de la destrucción de todo el planeta. Un encarnizado choque de ideologías.
Las mejores películas de ciencia ficción de la primera mitad del siglo XX, Metrópolis y Things to Come, no tocaron el tema tan apreciado por otras cintas de entretenimiento: los extraterrestres. Para Fritz Lang como para William Cameron Menzies, con los líos en que se metían los seres humanos había material suficiente para sus obras cinematográficas. No era necesaria la amenaza extraterrestre, que el propio Wells considerara en su novela La guerra de los mundos (1898). Para destruirnos a nosotros mismos sobraban los rayos marcianos: bastaba nuestros gases venenosos, nuestros bombardeos aéreos, nuestras ansias de dominio.
Alguna vez H. G. Wells dijo que él no se veía como un artista sino como un periodista. Bajo esta acepción, Things to Come es una crónica prospectiva, una profecía visualizada como reportaje de las cosas por venir: nota roja en marcha, anuncio de la tecnología por llegar.
En cierta medida, Wells escribió su utopía basada en el lema de “Hazlo por ti mismo”. Recuérdese que esa frase la utilizaron tanto la revista para ingenieros e inventores, Popular Mechanics (Mecánica Popular en español), fundada en 1902, como el movimiento anarquista punk. No esperes a que otros te digan cómo hacerlo: encuentra tu propia forma de llevarlo a cabo, ya sea un experimento químico como un cohete que llegue al espacio sideral, la solución está en tus manos. La de Wells es la utopía artesanal llevada a su máxima potencia. Ingeniosa, imaginativa, mecánicamente idealista, donde se perfilan con claridad los que pretenden el cambio y los que añoran el pasado porque no quieren ningún cambio en el mundo. Por supuesto, Wells apuesta por el cambio, por lanzarse hacia el futuro, por mejorar las condiciones de vida bajo el imperativo de la ciencia de su tiempo. Pero también apuesta por la polémica: ¿qué es mejor la opinión pública de las masas o el consenso de la élite científica e intelectual? ¿Qué debe pesar más a la hora de las decisiones cardinales?
Wells hizo el guion, pero el productor Alexander Korda y el director William Cameron Manzies moldearon, visualmente, la película en su resultado final. Pero es Wells el que le dio esa estructura en capítulos: Everytown antes y durante la guerra mundial, Everytown como comunidad feudal con un líder único, Everytown en 2036, proyectando su progreso en un viaje hacia la Luna, gracias a un cohete disparado desde un cañón espacial. Es una película íntegra, pero también es un serial: cada veinte minutos cambia de época, nos otorga una nueva situación dramática, nos impele a escoger entre las opciones disponibles.
Lo dice el descendiente de John Cabal: la revolución científica no eliminó el peligro ni la muerte, sólo hizo que el sacrificio personal valiera la pena, que el trabajo ostentara un propósito, que la vida tuviera sentido. Lo que siempre dice el patrón a sus obreros.
La conquista del espacio: para unos es una hazaña magnífica. Para otros, un hecho monstruoso. Para los conquistadores, una ganancia. Para los conquistados, una pérdida.
El descendiente de Cabal apunta al cielo nocturno y ve una estrella fugaz. Es la nave espacial que han mandado a conquistar la luna con una Eva y un Adán en su interior. Y seguro de sí mismo y del destino que le espera a la humanidad, dice las palabras que seguirán abriendo el camino hacia las estrellas -como en Forbidden Planet, 2001: a Space Odyssey, Star Trek o Interstellar-: “This is only the beginning”. Ya será cuestión de cada uno de nosotros considerar tal frase como una promesa o como una amenaza.
Un detalle moderno: la muchacha que viaja al espacio corre hacia la nave espacial sin esperar a nadie. No se siente una ciudadana de segunda en el Everytown de 2036. Como mujer, se sabe con el derecho a ser pionera en el espacio. Su historia es un western del porvenir.
Las últimas palabras de Cabal en Things to Come son el dilema esencial del progreso, tal y como la ciencia ficción lo veía en el siglo XX: “O todo el universo o nada. ¿Qué será?”. Suena a algo que diría el Doctor Moreau. Suena a una apuesta letal donde nadie sale bien librado. Mi respuesta es simple y la pueden escuchar en voz de Doris Day: “Whatever will be will be/ The future’s not ours to see”. Aunque, como sabemos, quien puede saltarse tal regla no es otro que H. G. Wells, periodista, narrador, historiador y politólogo. Un hombre que vio lo que vendría y no dudó en compartirlo con nosotros.
Es obvio que Things to Come es un clásico de la ciencia ficción como película de anticipación. Pero es, también, un clásico en la manera del teatro isabelino, donde la trama es vida en movimiento y, al mismo tiempo, es reflexión en voz alta, cuestionamiento sobre la naturaleza humana. Un soliloquio sobre lo que nos depara el futuro: guerra, destrucción, tiranía, ciencia, progreso, travesía. El gran viaje hacia la Luna tiene un problema mayúsculo: ¿acaso debe utilizarse la esclavitud humana para llevarlo a cabo? Porque al final, tanto trabajo en pos de una causa sobrehumana bien puede desembocar en la rebelión de las masas contra sus amos arrogantes, esos que están dispuestos a sacrificar a la población por una meta productiva, esos que sintiéndose la raza superior oprimen no a nombre de la fuerza bruta sino de la ciencia. El jefe ya no es un líder pomposo sino un austero ingeniero, la razón metódica que no descansa. La utopía que pasa sobre el individuo común y corriente para imponer su visión del mundo.
¿Son las estrellas nuestro destino? Vuelvo a la filósofa Doris Day para responder a tal pregunta: “Perhaps, perhaps, perhaps”.
Gabriel Trujillo Muñoz (Mexicali, Baja California, México, 1958). Poeta, narrador y ensayista. Ha recibido los premios Binacional Excelencia Frontera 1998, Internacional de narrativa Ignacio Manuel Altamirano 2005 y Nacional de Novela Histórica Ignacio Solares 2023. Entre su narrativa destacan las novelas Laberinto (1995), Espantapájaros (1999), Orescu. La trilogía de Thundra (2000 y 2017), Transfiguraciones. Un misterio venerable (2008), Trenes perdidos en la niebla (2010), Shiashian y el circo macabro de Volcan City (2018) y El país de las hormigas rojas (2022). Como estudioso de la ciencia ficción cuenta con El futuro en llamas (1997), Los confines. Crónica de la ciencia ficción mexicana (1999), Biografías del futuro (2000) y Utopías y quimeras (2016). Desde 2011 es miembro correspondiente de la Academia Mexicana de la Lengua.
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