Por Hugo Lara
En Una familia de tantas (1948), el director Alejandro Galindo realizó una de sus mejores cintas al retratar en una inteligente comedia el viejo régimen de la familia mexicana tradicional, heredera de la moral porfiriana, como lo exhibe el retrato del dictador mexicano que preside la estancia del hogar.
El severo padre de la familia, interpretado magníficamente por Fernando Soler, es sorprendido por un vendedor de electrodomésticos —David Silva, ya convertido en un actor fetiche de Galindo para sus dramas urbanos— quien ha llevado a su casa el símbolo de los nuevos tiempos: una aspiradora. Lo que en principio resulta un incidente menor se torna en un torbellino revolucionario. Con ese pequeño acto heroico el vendedor no sólo provoca la demolición de la antigua moral familiar sino que, además, le arrebata al padre una de sus hijas, que vestida de blanco rumbo a la iglesia abandona su casa sin la bendición paterna.
Lo divertido que resultan varias de sus situaciones contrasta con lo provocativo de la trama, de mayor trascendencia si se intenta ver con la lente de su época: el espinoso asunto de la rebelión a la figura paterna, matizada eso sí con cierto humor para comprenderla en nombre de la modernidad. Con esa justificación, Galindo la admite y la aprueba, aunque, curiosamente, en algunas cintas futuras censuraría la rebeldía juvenil, vista ya como amenaza.
En la muy exitosa Azahares para tu boda (1950) el director Julián Soler adaptó un argumento argentino al ambiente mexicano para narrar más de treinta años de la vida del país, desde el porfiriato hasta la Segunda Guerra Mundial, a través de la historia de una familia acomodada de la Ciudad de México cuyo patriarca —otra vez Fernando Soler, en mancuerna con sus eternos cómplices, Sara García y Joaquín Pardavé—, hace frente a una serie de calamidades en el seno de su hogar, como tener que emparentar con un comunista que reniega de la Iglesia.
Con esos papeles, Fernando Soler pronto se consagró como el arquetipo del padre del cine mexicano por antonomasia. Su severidad y su rigor, su autoritarismo, su rígida moral, su convicción acerca del honor, su respeto a las tradiciones y su machismo representó hasta los bordes cercanos de la caricatura a la figura paterna de la sociedad mexicana, como también lo hizo Sara García en el rol de matriarca que interpretó en infinidad de películas a lo largo de su trayectoria, prácticamente desde sus primeros papeles, y en los que se le encasilló o bien como la madre abnegada o bien como la abuela regañona de fuerte carácter pero de una nobleza sin límites.
Algunas variantes fueron introducidas en las numerosas películas de la época que se sirvieron de este planteamiento. En La familia Pérez (1948) Pardavé encarna a un padre de familia sometido a los maltratos de su esposa, una voluntariosa Sara García que aspira a ver bien casadas a sus dos hijas y, para lograrlo, comete cualquier cantidad de atropellos, hasta que las cosas son puestas en su lugar cuando el marido comienza a tratar a su mujer con mano dura.
En Acá las tortas (1951) la misma García y Carlos Orellana son un matrimonio con una próspera tortería que les ha permitido enviar a estudiar a Estados Unidos a sus dos hijos menores, quienes vuelven a casa con ínfulas de nuevos ricos que se avergüenzan de sus padres humildes, aunque al final se redimen gracias a la intervención de un hermano mayor vuelto al redil y a una oportunísima euforia nacionalista que por poco hace que florezca el nopal con todo y el águila y la serpiente en la espalda de los otrora jóvenes malinchistas.
La familia está expuesta a las tentaciones del mundo exterior, a veces tan atractivas como el cuerpo de una mujer de cabaret o el dinero mal habido que se puede obtener fácilmente. Es el padre o uno de los hijos los que por norma suelen ceder al antojo de la manzana de la discordia, a las tentaciones hedonistas, del placer o el dinero fácil, y que los hace perderse hasta que, vencidos los obstáculos, logran ser rescatados por su familia y reintegrados a su vida, si bien antes no son liberados por la muerte.
En ¡Maldita ciudad! (Ismael Rodríguez, 1954) los miembros de una familia provinciana son corrompidos (imaginariamente) por los vicios de la gran metrópoli, como lo es el padre de familia y justo juez de Sensualidad (Alberto Gout, 1950), que se rinde a la maliciosa voluntad de una cabaretera, interpretada por Ninón Sevilla, quien destruye su hogar y su reputación.
También, en Todos son mis hijos (Roberto Rodríguez, 1951), la oveja negra de la familia comete sus fechorías en detrimento del hijo noble que, como buen mártir, acepta además la culpa de un desfalco que ha cometido su propio padre, seducido por una mala mujer, y debe por eso enfrentar un duro castigo que lo aleja de su familia, hasta que su justo regreso le permite salvar a su madre de fregar los pisos en un asilo donde ha sido confinada por su otro hijo. (Del libro “Una ciudad inventada por el cine”. Hugo Lara Chávez. Cineteca Nacional, 2006)

