Por Pedro Paunero
Ray Mendoza, ex SEAL de la Marina de los Estados Unidos, y quien fungiera como asesor militar de “Guerra civil” (Civil War, 2024) (1), el thriller bélico futurista dirigido por Alex Garland, le contó al director su experiencia en la batalla de Ramadi, Irak. Garland se interesó en las posibilidades cinematográficas de la narración de Mendoza, y decidió que fuera su coguionista y codirector pare el filme que terminaría titulándose “Tiempo de Guerra” (Warfare, 2025). La película cuenta la historia del pelotón Alfa Uno de los Navy SEALs que, en 2006, quedó atrapado dentro de una casa, durante la ocupación norteamericana, sufrió numerosas bajas y, finalmente, logró escapar con los pocos sobrevivientes gravemente heridos. No podemos obviar el hecho de que la película está basada en un hecho concreto, sucedido durante la invasión a Irak por parte de los Estados Unidos, pero Garland -con la experiencia encima de haber rodado una película bélica, si tan ficticia como oportunista, pero tremendamente poderosa, como es “Guerra Civil”-, evita el maniqueísmo fácil de etiquetar a los bandos en conflicto como a héroes o villanos, y es en esto, precisamente, donde radica una de sus mejores cualidades.
En “La diligencia” (Stagecoach, 1939), película en la que se narra el viaje de diversos personajes en una diligencia, a través de territorio apache, John Ford retrata a los indios tan sólo como presencias, amenazas integradas al paisaje que tan bien supiera retratar, seres impersonales que están ahí, como haciendo cumplir un destino marcado. En efecto, los iraquíes de “Tiempo de guerra”, aparecen como atacantes lejanos, francotiradores sin rostro, que disparan desde las azoteas, sin juzgarlos, mientras el conflicto humano de los americanos se desarrolla dentro de las habitaciones de la casa, y que tienen que responder, al cumplir órdenes del alto mando. Es todo.
Y es precisamente este hecho, situado en una calle concreta, una casa específica, y unas cuántas habitaciones de esa casa, lo que importa narrar a los directores. Los militares son heridos, hay gritos, sangre derramada por litros, intentos de detener las incontenibles hemorragias, verborrea militar de comunicaciones para pedir ayuda al resto de la tropa y poder ser evacuados, el arrinconamiento de los civiles y habitantes de la casa, a los que se mantiene en la cama, con las manos hacia arriba, efectos de filtro, y el piadoso silenciamiento de los gritos desgarrados por el dolor de los heridos. Haciendo a un lado la anécdota histórica en que se basa -un acto de imperialismo a través de una intervención militar, sin más-, es en cómo la película describe, y analiza estéticamente la crudeza de uno sólo de los varios actos que conforman una batalla, y con estas, la guerra en su totalidad, que redime a cada uno de los implicados, que los sitúa en su posición de seres con rostro, nombre y en dolor propios, en que la cinta da en el blanco. No importa que, como en “La delgada línea roja” (The Red Thin Line, 1998), esa obra de arte sobre la Segunda Guerra Mundial del politeísta Terrence Malick, los militares se nos presenten como un coro que otorga voces plurales a lo que es, en esencia, un drama de muchos, como lo es la guerra, en que esos nombres y rostros se diluyan en lo general, sino en la representación de cómo se vive, sufre y se muere individualmente, pero asimilado al grupo, en un conflicto como ese, lo que cobra significado.
En una escena, después que un vehículo enviado para la evacuación fuera alcanzado por artillería pesada, matando en el acto a Farid (Nathan Altai), el traductor, cuyo cuerpo queda separado en dos, y dejando por el suelo de la calle al resto, herido y envuelto en la confusión mental, el Alfa Uno se ve obligado a replegarse al interior de la casa, una vez más, en espera de nueva ayuda. Durante una de las varias transmisiones de radio, el equipo de apoyo pide más informes para localizar la casa. Es entonces que Ray Mendoza (D’Pharaoh Woon-A-Tai), oficial de comunicaciones, dice una frase contundente: “Estamos donde hay humo y sangre”.
En última instancia, “Tiempo de Guerra” no busca respuestas al conflicto. Su territorio es el del caos humano, retratado como un fragmento de un todo, casi privado, donde la cámara -fría, precisa, casi clínica- se convierte en testigo del absurdo. Garland y Mendoza entienden que, en toda guerra, más allá del uniforme o la bandera, sólo quedan cuerpos, humo y sangre. Los mismos elementos que definen el infierno de los mitos, y también, paradójicamente, la condición humana.
Para saber más:
- «Guerra Civil», oportuna y oportunista por Pedro Paunero.

