Por Hugo Lara Chávez

Andrew Niccol, argumentista y guionista de “The Truman Show”, ha imaginado una historia que entrevera lo delirante y lo inquietante, y la ha escrito para que el director australiano Peter Weir realice una comedia acerca del poder de la televisión.

La fantasía de Niccol-Weir discurre sobre un ingenuo personaje —precisamente el que le da el título a la película, Truman Burbank, encarnado por un irreconocible Jim Carey—, un ajustador de seguros quien sospecha, con evidencias en la mano, que su vida entera es en realidad un serial de televisión… de mucho éxito, por cierto.

Después de llevar desde su infancia una vida ordinaria y ejemplar, Truman deduce, gracias a lo que se conoce en la jerga televisiva como errores de continuidad, que una fuerza extraña ha manipulado toda su existencia, inclusive sus relaciones más cercanas. Estas conjeturas son correctas: el productor Christof (Ed Harris), como creador omnipotente, ha distribuido 5 mil cámaras de video a lo largo de ese mega foro que es el pueblo de Truman —de idílico nombre: Seahaven—, para registrar cada movimiento y cada palabra de este incauto. Así se produce “The Truman show”, un teledrama que se ha mantenido al aire durante 30 años las 24 horas del día.

Justamente, esta película se asoma al debate de un tema que periódicamente se pone al día: el impacto de la televisión y su tiránica influencia social que, a decir de sus detractores, se ha convertido en una especie de fantasma alienante que amenaza al individuo. Los motivos para creer en ello —no olvidemos que ciertamente los ha habido aunque, a mi modo de ver, no tantos como se presume—, son suficientes para que la imaginación cinematográfica pueda concebir situaciones extremas, a veces con tino crítico y a veces con desmesura simplista.

Hollywood no se ha sustraído de este fenómeno y en repetidas ocasiones lo ha abordado, incluso, recientemente han figurado en cartelera dos películas que tratan el tema desde distintos enfoques, a la manera de una farsa política en “Escándalo en la Casa Blanca” (Barry Levinson, 1997), o como la anécdota sobre la onda expansiva de la noticia roja en “ El Cuarto Poder” (Costa Gavras, 1997).
Esta vez, en “The Truman show”, Peter Weir conduce el asunto a través de los terrenos del absurdo: el hombre que se descubre “conejillo de indias” de una gran confabulación —de un vouyerismo televisivo, de una mirada masiva que disfruta vigilarlo en secreto porque es una vida real, incluso, cuando se cepilla los dientes—; el personaje central de una telenovela que, paradójicamente, es el único que no está actuando y el único que ignora dónde se encuentra y para qué está sirviendo.

Desde sus primeras cintas australianas, en los años setenta, Weir se reveló como un realizador de notables facultades, algo que refrendó con las estupendas “Gallipoli” (1981) y “El año que vivimos en peligro” (1983), aunque quizá, una vez emigrado a Estados Unidos, haya sido con “Testigo en peligro” (1985) pero sobre todo con “La sociedad de los poetas muertos” y “Matrimonio por conveniencia” (1990) con las que logró afirmarse en el gusto hollywoodense.

Weir es un cineasta inteligente y con oficio pero que no ha podido conformar estrictamente una obra de autor. En todo caso, el suyo es un cine personal diezmado por la aplanadora de la industria que lo refugia. En su descargo, el australiano ha conseguido que en sus filmes prevalezcan ciertos vasos comunicantes: en “The Truman Show”, como en algunas de las otras películas mencionadas, los protagonistas son creaturas prácticamente aisladas, encandiladas y sorprendidas por el mundo que les rodea y al que deben hacer frente, un poco arrojadas por el azar.

En esta cinta ese efecto tiene matices singulares para el protagonista, cuando su felicidad se perturba y se transfigura en un espejismo sofocante. Esto resulta una atractiva propuesta que se apoya en los amplios recursos de producción y en la buena interpretación del actor Jim Carey. A éste, asombra verlo divorciado de su excesivo histrionismo y su bobaliconería galopante, características que para algunos son cualidades pero que Weir prefiere manejar con cautela pues, acaso, sólo le permite algunos guiños como para que no se olvide de quién se trata. Carey resulta un actor ideal para encarnar a Truman: el rostro cándido y atontado y la fama de una personalidad simple y espontánea le confieren credibilidad a este Truman, un personaje mediatizado quien ha tardado toda su vida para descubrir el gran engaño del que ha sido víctima.

Más divertida que mordaz, lo cual no es necesariamente un defecto, en “The Truman Show” el director saca provecho de una situación insólita y descabellada para bromear sobre el espectáculo televisivo y sus abusos mercantilistas que, con una dosis de verdad, han hecho presa del teleauditorio y de la sociedad a cambio de conmoverlas y entretenerlas. Para eso, Weir crea un espacio —para quien lo quiere—, donde se vale cavilar y tomar de esta fantasía algo en serio (¿la sustitución de la vida por la televisión?, ¿el vacío individual y colectivo? ¿el anuncio del triunfo de la era virtual? ¿la televisión es mejor que la vida?). De cualquier manera, el espectador no se siente comprometido a responder estas u otras preguntas del mismo tenor: como en un show televisivo, el optimismo llega al rescate y el flujo emotivo del relato destruye a los intentos de frustrar un final feliz.

Por Hugo Lara Chávez

Investigador, escritor y cineasta, miembro del Sistema Nacional de Creadores de Artes (2023). Egresado de la Licenciatura en Comunicación por la Universidad Iberoamericana. Ha producido el largometraje Ojos que no ven (2022), además de dirigir, escribir y producir el largometraje Cuando los hijos regresan (2017) y el cortometraje Cuatro minutos (2021). Fue productor de la serie televisiva La calle, el aula y la pantalla (2012), entre otros. Como autor y coautor ha publicado los libros Pancho Villa en el cine (2023), Zapata en el cine (2019) en calidad de coordinador, Dos amantes furtivos: cine y teatro mexicanos (2016), Ciudad de cine (2011), *Luces, cámara, acción: cinefotógrafos del cine mexicano 1931-2011* (2011), Cine y revolución (2010) como editor, y Cine antropológico mexicano (2009). En el ámbito curatorial, fue curador de la exposición La Ciudad del Cine (2008) y co-curadór de Cine y Revolución presentada en el Antiguo Colegio de San Ildefonso (2010).En el ámbito periodístico, ha desarrollado crítica de cine, investigación y difusión cinematográfica en diferentes espacios. Desde 2002 dirige el portal de cine CorreCamara.com. Es votante invitado para The Golden Globes 2025.