Por Lorena Loeza
Hablar de William Shakespeare en pleno siglo XXI puede parecer un ejercicio interesante de recuperación histórica, aunque a primera vista parecería que hay poco nuevo por aportar. Más allá de reconocerlo como el más grande escritor en lengua inglesa de todos los tiempos cuyas obras teatrales se analizan en clases de literatura en todo el mundo y de saber que existen miles de versiones teatrales y cinematográficas de sus historias, así como varias biopics sobre su vida, cabe preguntarnos si todavía queda algo en la vida y obra del autor que logre interpelarnos y sorprendernos en esta posmodernidad.
En 2020, Maggie O’Farrell publicó su novela “Hamnet”, que narra la historia de Agnes Hathaway, esposa de William Shakespeare, un personaje del que históricamente se conoce poco, además de que la mayoría de la información que ha llegado hasta nosotros proviene de chismes y habladurías de la época. El asunto es que nadie se dio a la tarea de documentar su presencia ni su papel en la vida del escritor, así que O’Farrell construye una visión desde la ficción, acerca de su vida, su familia y su matrimonio.
La versión cinematográfica de la novela contó con la participación de su autora como coescritora, de la mano de Chloé Zhao, quien dirige la cinta. Hay que señalar que esta mancuerna resulta de lo más afortunada, ya que la mirada de O’Farrell encuentra en el cine una traducción que privilegia las historias humanas, la observación, los silencios y la transformación íntima de los personajes, situados al margen de lo socialmente aceptado en aquella época.
Zhao, además, hace lo que ya la caracteriza de manera particular: convierte el paisaje en un espejo interior y en motor narrativo, al mismo tiempo que dignifica lo cotidiano y revela la belleza profunda de vidas aparentemente ordinarias.
La adaptación cinematográfica de Hamnet se centra en la muerte del hijo de Shakespeare a causa de la peste y en el impacto emocional que este hecho tiene en su familia, especialmente en Agnes, la madre del niño. La película sigue una narrativa íntima y contemplativa, alternando entre la vida cotidiana en Stratford, la relación entre Agnes y Shakespeare y los momentos que conducen a la enfermedad y muerte de Hamnet. Zhao construye un retrato profundamente sensorial de la maternidad, la fragilidad y el vínculo casi místico de Agnes con el mundo natural, sin olvidar que, por esa razón, en el pueblo la consideraban como una bruja.
El resultado es unan gran película, sobresaliente en prácticamente todos los rubros que se pueden identificar en una película: el diseño de producción no comete errores, recrea una aldea de finales del siglo XVI de manera asombrosa, al igual que los escenarios teatrales, el bosque y la campiña. La fotografía le da identidad a la naturaleza, la convierte en algo más que escenografía. Y las actuaciones de Jesse Buckley, Paul Mescal y el muy joven Jacobi Jupe, son desgarradoras, emotivas, pero también sensibles e introspectivas.
En definitiva, Hamnet representa una de esas obras que trascienden el simple acto de narrar, invitando al espectador a reflexionar sobre el peso de la memoria, la pérdida y el amor en el contexto de una historia universalmente reconocida pero rara vez explorada desde la intimidad de quienes rodearon al William Shakespeare, que más que el genio que conocemos, también era una persona con derrotas personales por superar. La película nos recuerda además, que detrás de los grandes nombres y relatos, existen otras personas cuyas vivencias también merecen ser contadas, dándoles voz y presencia en el imaginario cultural.
Así, la visión de Maggie O’Farrell y Chloé Zhao logra conmovernos y abrir nuevas ventanas de interpretación sobre la figura de Shakespeare, permitiendo que conectemos emocionalmente con Agnes y su mundo. Hamnet es, en suma, una invitación a mirar con otros ojos el pasado y a encontrar en los detalles cotidianos la fuerza y la belleza de lo verdaderamente humano.

