Por Hugo Lara

Esta es una película de asesinatos. De dos asesinatos, para ser precisos. Es, también, una película de amor, entre amantes, entre hermanos y entre padres e hijos. Es un melodrama policiaco por cuyos entresijos reptan la fidelidad y el deseo, el orgullo y la decepción. “Cenizas del paraíso” es un relato donde se invoca al sacrificio que ocurrirá, trágica e irónicamente, porque “la casualidad también existe”. Aquí, las víctimas y los victimarios están tan cerca unos de otros que se trastocan y se reflejan íntimamente.

El escenario de estos sucesos es la Argentina contemporánea y cosmopolita, embelesada por sus devaneos europeizantes (tanto como los propios protagonistas, Makantasis y sus tres hijos, profundos nostálgicos de sus antepasados griegos), pero sometida por la otra Argentina, la injusta y la corrompida.

“Cenizas del paraíso” es el tercer largometraje del cineasta Marcelo Piñeyro (sus otras dos cintas son “Tango feroz”, 1992, y “Caballos salvajes”, 1995). Él mismo, junto a Aída Bortnik, es el guionista de la cinta. Se trata de una narración no lineal estructurada a partir de distintos puntos de vista, que a su vez se ciñen a dos ejes convergentes: el primero, las pesquisas que sobre los crímenes va acumulando la juez investigadora; el segundo, los episodios que en flashbacks reconstruyen los acusados.

Ciertamente, esta segunda línea es la que le confiere fuerza dramática al relato, pues le abre espacio y le filtra aire a un agobiante drama penal, vagamente sostenido en su planteamento inicial pero que es socorrido a tiempo por el verdadero centro del conflicto: las relaciones sentimentales y de poder entre los personajes. Así, en descargo del realizador, éste logra con acierto que el asunto policiaco ceda paso a un conflicto de pasión y de sangre, como una tragedia clásica que recurre climáticamente a la irremediable mancuerna eros—tanathos.

En esta cinta, la narración y la dirección ponen en el espacio y el ritmo un tono dulce, que no es más que una advertencia de la amargura que se avecina y que el espectador conoce desde el inicio aunque ignora su desarrollo. El crimen y su horror, en su expresión más simple, es el principio y el fin. En medio de ambos extremos, los protagonistas se amparan en la candidez que transpiran pero que, súbitamente, empezará a descomponerse; entonces transitan por una armonía cada vez más frágil y vulnerable y de la que, por mórbida curiosidad, se desea saber cómo se destruye y cómo el paraíso se reduce a las cenizas.

Este planteamiento, en términos de la construcción dramática, es conducido con tino por Piñeyro, pues éste dirige a sus actores sobriamente (hay que destacar el buen casting de la película) y, junto al trazo de cada uno de los personajes y los episodios que les corresponden, va atando los cabos para lograr que el desenlace sea suficientemente intenso, en favor de mantener el interés hacia un final ya por todos conocido.

Por otra parte, es atractivo ver una película argentina de buena factura en las pantallas de nuestro país, como una obra que puede refrescar al espectador, aunque sea mínimamente, ante la cerrada oferta y el sofocante dominio del cine de Hollywood en la cartelera. Es, también, un signo de la recuperación en ciernes por la que parece transcurrir la industria cinematográfica de este país austral que, junto a México y España, ha sido tradicionalmente un importante productor de películas en Hispanoamérica.

Finalmente, como un anzuelo extra, cabe añadir que “Cenizas del paraíso” fue galardonada como la mejor película extranjera en lengua española en la pasada ceremonia de los premios Goya 1998, los equivalentes de los Oscares en España.

Por Hugo Lara Chávez

Investigador, escritor y cineasta, miembro del Sistema Nacional de Creadores de Artes (2023). Egresado de la Licenciatura en Comunicación por la Universidad Iberoamericana. Ha producido el largometraje Ojos que no ven (2022), además de dirigir, escribir y producir el largometraje Cuando los hijos regresan (2017) y el cortometraje Cuatro minutos (2021). Fue productor de la serie televisiva La calle, el aula y la pantalla (2012), entre otros. Como autor y coautor ha publicado los libros Pancho Villa en el cine (2023), Zapata en el cine (2019) en calidad de coordinador, Dos amantes furtivos: cine y teatro mexicanos (2016), Ciudad de cine (2011), *Luces, cámara, acción: cinefotógrafos del cine mexicano 1931-2011* (2011), Cine y revolución (2010) como editor, y Cine antropológico mexicano (2009). En el ámbito curatorial, fue curador de la exposición La Ciudad del Cine (2008) y co-curadór de Cine y Revolución presentada en el Antiguo Colegio de San Ildefonso (2010).En el ámbito periodístico, ha desarrollado crítica de cine, investigación y difusión cinematográfica en diferentes espacios. Desde 2002 dirige el portal de cine CorreCamara.com. Es votante invitado para The Golden Globes 2025.