Por Hugo Lara
Sin duda alguna, el tapatío Guillermo del Toro (Guadalajara, 1964) se ha convertido en uno de los cineastas más atractivos del cine nacional de los últimos años aunque, cosa curiosa, sólo ha realizado un largometraje en nuestro país, ‘Cronos’ (1992), y otro más en Estados Unidos, ‘Mimic’ (1997), donde ha sido acogido por Hollywood para continuar con su prometedora carrera. Del Toro es una rara avis en el cine nacional, puesto que se ha especializado con fortuna en el cine de horror, uno de los géneros más escasos en la filmografía mexicana contemporánea. Por encima de este asunto cuantitativo, lo que llama la atención de su propuesta cinematográfica es la destreza y la complejidad de su tejido narrativo para manejar la tensión y el ritmo en sus relatos, articulados con un cuidadoso diseño de producción.
En su opera prima ‘Cronos’, conocida también como ‘La invención de Cronos’, Del Toro recurrió a uno de los personajes más mitificados por el cine de horror, el vampiro, para dar cuenta de una historia de amor entre un viejo apocado y su nieta. En una primera lectura de esta película, se nota inmediatamente la ávida cinefilia del realizador-guionista a través del entusiasmo que destila su fantástico relato: un extraño objeto, la invención de Cronos, traído a México en el siglo XVI por un alquimista prófugo de la Inquisición, cae en manos de un anticuario, Jesús Gris (Federico Luppi) quien, sin saberlo, pondrá en marcha este diabólico mecanismo que lo convertirá en vampiro. A la inocencia de Jesús se añade su opuesto: Dieter de la Guardia (Claudio Brook), un poderoso sujeto apremiado por el tiempo y por la muerte, quien busca con codicia la invención de Cronos y su promesa de vida eterna.
‘Cronos’ tiene un franco sesgo de religiosidad, según lo ha confesado el mismo Del Toro quien, hasta los doce años y antes de su paso al ateísmo, formó parte de la congregación mariana. Esta fuente es un atributo de la narración que se sirve de ella para ilustrar su enfoque del vampirismo, que gira de la ortodoxia sanguinolenta hacia la revelación del amor y la redención plenamente humanas. El desafío a las fuerzas de Dios y la naturaleza que se da en ‘Cronos’ se nutre de otros elementos, como la simbología del tiempo, las insinuaciones onanistas o los destellos de humor y lo grotesco. Los personajes se hacen fuertes gracias a estas vetas, que no los conciben unidireccionalmente sino a través de paradojas, de confrontaciones contra sí mismos y sus anhelos. Por eso, el Jesús de Federico Luppi llega a ser una criatura ambivalente pero fiel a la devoción por su querida nieta. En esta construcción de personajes y situaciones, es de notarse también las influencias cinematográficas del director —David Cronenmberg, por ejemplo.
Otro aspecto que aporta un gran capital a ‘Cronos’ es la factura de la misma, la concepción visual que confecciona la ambientación y la fotografía —la elección de los colores dorado y azul, es decir, calidez y frialdad— y el maquillaje, supervisados por el mismo Del Toro, quien tras de sí tiene una importante formación en las técnicas de los efectos especiales.
El éxito de ‘Cronos’ —entre varios premios internacionales, obtuvo el de la Semana de la Crítica en el Festival de Cannes— le abrió las puertas a Del Toro para emigrar a Estados Unidos con varios proyectos bajo el brazo. ‘Mimic’, su primer largometraje realizada allá, fue de nueva cuenta una historia de horror, esta vez sobre unos bichos creados por ingeniería genética. Esta especie ha sido desarrollada por la Dra. Susan Tyler (Mira Sorvino), para exterminar a una plaga de cucarachas transmisora de un mortal virus que está matando a los niños de Manhattan. El experimento tiene éxito y los científicos pronostican que las criaturas de laboratorio morirán sin posibilidades de reproducirse. Sin embargo, tres años después, se sabe que los bichos han podido sobrevivir y multiplicarse en las cloacas de la ciudad, debido a que han mutados en unos enormes insectos depredadores con la capacidad de mimetizarse en seres humanos.
En ‘Mimic’ Del Toro pone sobre el escenario un viejo planteamiento del cine fantástico: un experimento científico que se sale de control y que toma por sorpresa a sus creadores. Con acierto, el realizador no se limita a la linealidad de lo previsible, sino que adicionalmente administra el ritmo y la tensión a través de otras variables —personajes, ambientes y situaciones— que confieren al relato mayor gracia y originalidad. El heroísmo de los científicos, puesto en duda porque han atentado contra el orden natural, es competido por otros personajes quizá más entrañables (el guardia del metro, los niños cazadores de insectos y, especialmente, el viejo limpiabotas y su pequeño nieto semi autista, en una relación ya auscultada anteriormente por Del Toro en ‘Cronos’). De manera gradual se alza un laberinto de miedo, que crepita con mayor intensidad según se reafirma la certeza de que el mal proviene de algo monstruoso.
En este camino a través de la oscuridad, que es el tono dominante del filme, se eligieron los ductos subterráneos de la ciudad, los túneles y las estaciones abandonadas del metro. Es así como la atmósfera se torna cada vez más claustrofóbica, más pesada y densa, hasta las secuencias finales, en las que se desborda la paranoia y el terror.
Con estos dos largometrajes, Guillermo del Toro se ha mostrado como un cineasta seguro y sobre todo genuino y con convicciones acerca de la manera de hacer y entender el cine. La definición de su estilo, cada vez mejor calibrado, promete aún más para los cinéfilos en general y para los amantes del género de horror.

