Ulises Pérez Mancilla/Enviado
  

Morelia, Mich.- Lo dijo Iñarritu en la conferencia de prensa: “Hace 60 años Buñuel vino a filmar Los olvidados a México, ahora yo fui a hacer lo mismo a España”. Así de seguro y así de atrevido, respondió un poco evadiendo a la pregunta de por qué ir a filmar a otro país lo que bien podía haber filmado aqui, y remató: “Biutiful es una película de comentario social, pero no está en función de un discurso político”.
  

Y en eso no se equivoca. A su más reciente filme, ya disociado de Guillermo Arriaga, le sobrevive lo más criticable de su obra anterior: Esa faramalla publicitaria que tiende a convertir en poesía sus propias pulsiones creativas y que, lejos de ayudar al melodrama, interrumpen su desarrollo más puro. El problema con Iñarritu desde Babel es que, en la medida en que se aleja personalmente de la realidad que cuenta, ya sea por el contexto, el idioma o la geografía, se le siente cada vez más deshonesto y desarraigado con el problema que le envuelve. Son entonces las metáforas y no el sentimiento de un hombre a punto de morir lo que definen la historia: artificio sobre entrañas. Lo insinuó Bardem de broma, pero Iñarritu es el tipo de director al que se le ve más a gusto dirigiendo comerciales para Nike. En Biutiful, toda la perfección del director se siente más encaminada a impactar que a conmover, o lo que es lo mismo, a llevar a buen puerto un filme exitoso que a verdaderas ganas de desprender el alma.
  

Y para muestra, su evidente campaña de promoción para hacer creer al público y a la comunidad cinematográfica nacional que su película es una película mexicana que representará a México en los Oscares, cortesía de la cada vez más y más y más desprestigiada Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas. Poniendo en total desventaja a la auténtica filmografía nacional, Biutiful se estreno sin aspavientos (casi clandestinamente) durante una semana en un remoto pueblo de Baja California para cumplir con las reglas de inscripción y con lo que parece, esa sí, una genuina obsesión del Negro: ganar un Oscar.
  

El día giró en torno a la expectativa por Iñarritu y la presencia de Javier Bardem, que a pesar de haber interrumpido un rodaje con Terrence Malick para estar en Morelia de pisa y corre, lució un protagonismo de baja guardia: Un discreto y sonriente caballero que venía a presentar un personaje más, con el temple de siempre, porque ama y se compromete con lo que hace (su trabajo habla por ello). De la conferencia de prensa, Iñarritu se trasladó al Cinépolis Centro acompañado de Maricel Álvarez, actriz argentina de formación teatral que debuta en cine con Biutiful tomando al toro por los cuernos: grande y trascendental. Se le veía contenta. Pronto, a ellos se les unió, entre aplausos de la gente de Morelia que se abarrotó en los arcos, Terry Gilliam. Ambos directores develarían la placa conmemorativa del festival.
  

El director de Brazil y Doce monos fue al grano: en pocas palabras estaba feliz de estar aquí y de poder presentar su obra completa. Al finalizar el acto, Iñarritu, siempre enigmático y con un despliegue de logística detrás de él, se fue de filo cumpliendo con el protocolo. Terry Gilliam en cambio, desfachatado, jocoso, hippie, se acercó al público a dar autógrafos, saludó animoso. A mediodía se le había visto ya caminar apacible por la Plaza Benito Juárez en compañía de su familia, con la libertad que le otorga haber llegado a un punto en el que no necesita demostrar nada.
  

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