Por José de Jesús Chávez Martínez
Los retratos de la sociedad actual aportados por el arte, en este caso el cine, presentan a los grupos sociales entrecruzados y difuminados entre sí, con fronteras duales: la edad con sus formas de pensamiento y los consecuentes grados de maduración. Un niño, un adolescente y un adulto se diferenciaban con características muy bien demarcadas entre formas de vestir y comportamientos acordes a la supuesta madurez alcanzada de manera gradual. Eso en un plano ideal. Sin embargo, a partir más o menos en los ochentas, surgió ese desencanto juvenil hacia el futuro, con perspectivas poco favorables que no valían la pena enfrentar y así, en apariencia, el adulto empezó a no querer crecer ni a adquirir sensatez plena. Se gestaron de esa forma los “chavorrucos”.
Respecto de lo anterior, vemos ejemplos cinematográficos como “Kramer vs Kramer” (Robert Benton ,1979), donde un atolondrado padre divorciado debe hacerse cargo de su hijo porque la mamá no ha querido echarse el paquete encima. También “Sólo con tu pareja” (ópera prima de Alfonso Cuarón, 1991), en la que un publicista pueril va de chica en chica y adquiere el SIDA. Y también está la obra (maestra) del desenfado y la holgazanería con lazos con la mafia y las drogas: “El gran Lebowski” (“The big Lebowski”, hermanos Coen, 1998). Estos tres ejemplos bastan para ilustrar esa cosa que podríamos llamar involución confusa para quien la mira desde fuera y aún más borrosa para quien la vive en carne propia.
¿A qué se debe lo anterior? Los cineastas dan algunas pistas, como el ya mencionado desencanto ante el futuro incierto con vicios y dependencias no muy sanas, el cambio en la complejidad laboral determinado por las múltiples actividades que ofrece el abanico tecnológico y sus benditas (o malditas) redes sociales, la indeseada desintegración familiar ante la fuerza protagónica de los hijos o la indecisión que en el individuo provoca todo lo anterior.
El director mexicano Raúl Campos explota esta vertiente sociológica a través de su primera película dirigida “Sobriedad, me estás matando”, que cuenta la historia de Raffi (el semidesconocido Octavio Hinojosa, aunque participa como escritor y realiza un buen trabajo actoral), un casi cuarentón que se ha pasado los últimos (bastantes) años en centros de rehabilitación por alcoholismo, y de los cuales no quiere salir porque está muy cómodo atendido y mantenido sin preocupación alguna. Pero resulta que es expulsado del último de estos centros por gandalla y por mal compañero, por su pesado sarcasmo y su nula cooperación para salir adelante. Así que decide volver a la lujosa casa de sus padres Emilia (Mónica Dionne) y Rodrigo (Félix de Valdivia), con quienes no se lleva nada bien, por lo que también es echado de ahí. Raffi entonces busca refugio con Trino (Alfonso Borbolla), el único amigo que le queda y quien lo impulsa a tratar de conquistar a Inés (Maya Zapata), su amor imposible de la preparatoria.
Pero la naturaleza de Raffi es la gandulería y el auto lucimiento a través de la burla fastidiosa hacia quienes lo rodean, además de aprovecharse de Trino y del novio de éste, Simón (Hugo Catalán), en todos sentidos. Trino lo estima porque es de los pocos amigos que entiende su homosexualidad y le consigue trabajo en una oficina, pero el flojonazo no desea pasar una vida encerrado y detrás de un escritorio; se descubre, entre tanto, que la verdadera pasión de Raffi desde su juventud es la fotografía, la cual tampoco ha logrado desarrollar.
Esta película es fresca, es actual, es francamente libertaria de lo que el individuo desea hacer y no lo que la imposición social le exige. Aunque como buena historia estructural, al personaje principal le falta algo que busca desde siempre, y ese algo es Laura (Lucía Gómez Robledo), su novia de juventud temprana con quien al final se reencuentra de manera muy especial y sentida. Entonces, la ambigüedad se aprecia en Raffi al debatirse entre Inés y Laura, entre la fotografía y la holganza, entre la oficina y su madre, con quien también tiene un encuentro final muy bizarro y agridulce-amargo-pragmático.
¿Raffi alguna vez se encontrará consigo mismo? Para ello, debe refugiarse en el arte fotográfico, en los pocos amigos que le quedan y en la indispensable (para él) socialización que le da un trabajo estable, convencional y necesariamente rutinario. Raúl Campos deja eso más claro en un discurso final de Raffi un tanto trillado, no tanto como lección o como “mensaje” sino como sugerencia: la vida es como un carro de supermercado empujado por un viejo indigente (Hugo Stiglitz) donde llevas todo lo que arrastras por la vida, con partes que vas dejando en el camino o que simplemente se salieron de la caja.
Interesante propuesta, a veces cursi, a veces aterradora por lo que significa ser persona en estos atrofiados y avasallantes días, en una ciudad cosmopolita donde la clase media o media-alta sobrevive espiritualmente de milagro, aun con buenos sueldos y ciertas comodidades.
País: México. Año: 2025. Dirección: Raúl Campos. Guion: Octavio Hinojosa, Félix de Valdivia y Raúl Campos. Producción: Raúl Campos, Félix de Valdivia y Octavio Hinojosa. Fotografía: Daniel Anguiano. Edición: Adrián Parisí. Música: Chetes. Productoras: The Original Content Society, Olah Films. Intérpretes: Octavio Hinojosa, Alfonso Borbolla, Maya Zapata, Hugo Catalán, Mónica Dionne, Hugo Stiglitz, Félix de Valdivia, Lucía Gómez Robledo.

