Por Lola López

En 1818, Mary Shelley escribió “Frankenstein o el moderno Prometeo“, la legendaria novela sobre un científico obsesionado en darle vida a una criatura monstruosa que, una vez que lo logra, lo abandonará a su triste suerte. Y en sus páginas ya aparecía el germen de lo que nos ocupa: el monstruo, en el callejón de la soledad, le pide a su creador que le fabrique una compañera. Víctor accede, luego se arrepiente y destruye a la pobre antes de darle vida. Fin de la historia para ella.

Habría que esperar a 1935 para que James Whale rescatara esa posibilidad trunca en “La novia de Frankenstein“, esa maravilla expresionista con Elsa Lanchester haciendo las veces de Mary Shelley y de la propia criatura, esa mujer con peinado de tormenta eléctrica que mira al monstruo y… lo desaira. El rechazo más famoso del cine clásico.

Y ahora, en 2026, llega la actriz convertida en directora Maggie Gyllenhaal —que presentó antes “La hija oscura“— y busca rediseñar un personaje femenino más acorde con nuestra actualidad. Así nace “¡La Novia!” (2025), una película que quiere ser muchas cosas y, como tantas veces pasa, no se convierte en ninguna.

Estamos en los años 30. Primero aparece Mary Shelley. Sí, la autora, interpretada por Jessie Buckley que debe de tener cláusula de desdoblamiento en su contrato. Shelley se cuela en la historia como una conciencia, una voz interior que susurra preguntas al oído de Ida (Buckley), una mujer que desafía a Lupino (Zlatko Buric), un gánster con apellido de cine clásico y oficio de feminicida. El atrevimiento de Ida le costará la vida.

Luego aparece Frankie (Christian Bale con esa mezcla de intensidad y fragilidad que solo él sabe lograr), el monstruo inmortal que ha sobrevivido a su creador, al fuego, al hielo y al paso del tiempo. Pero Frankie tiene dos obsesiones: una, encontrar una compañera; dos, el cine musical. Es un cinéfilo empedernido, admirador confeso de Ronnie Reed (Jake Gyllenhaal), una estrella del music hall que debe de ser la envidia de Fred Astaire. El pobre solo quiere tener a alguien con quien compartir su amor por el cine y, de paso, no ser perseguido a gritos cada vez que sale a la calle.

Para cumplir su sueño, Frankie visita a la doctora Euphronious (Annette Bening en modo científica excéntrica pero con corazón), la única persona en Nueva York capaz de reanimar cadáveres y hacer parejitas de monstruos. Y el cadáver disponible es el de Ida.

La doctora hace su magia, Ida vuelve a la vida, pero ¡ay! ha perdido la memoria. No recuerda quién era, ni cómo murió, ni quién la mató. Frankie, que no es tonto, ve la oportunidad y le miente: se presenta como su amante, su protector, le oculta la verdad, la guía por un mundo que la rechaza. Y juntos empiezan una huida a la Bonni & Clyde, con la policía pisándoles los talones y la población civil tratando de lincharlos.

Aquí es donde la película coquetea con la farsa del tipo de “Los Locos Adams”, porque Ida, una vez que se acostumbra a eso de estar viva sin estar viva, resulta que tiene personalidad. Es curiosa, impulsiva, hace preguntas incómodas y se convierte en algo así como una influencer que las mujeres emancipadas imitan. Frankie, mientras tanto, intenta conquistarla a base de cine: la lleva a ver a Ronnie Reed y, en un momento que ya es historia del camp, bailan “Puttin’ On The Ritz” que es puro homenaje a Mel Brooks y “El joven Frankenstein” (1974), esta sí una auténtica joya. La escena es divertida, es grotesca, es todo a la vez. Y por un instante parece que Ida podría corresponderle.

Mientras Ida se debate entre la mentira de Frankie y las preguntas de Shelley, por ahí andan los detectives Jake (Peter Sarsgaard) y Myrna (Penélope Cruz), investigando los desaguisados que causan nuestros monstruos favoritos. La subtrama policíaca es lo más endeble del conjunto. Los detectives aparecen, desaparecen, hacen pesquisas que no llevan a ninguna parte, él es un ex amante de Ida, y uno tiene la sensación de que están ahí porque había que llenar metraje o porque Maggie Gyllenhaal quería trabajar con su marido. Pero no aportan gran cosa.

El punto de inflexión llega cuando Ida, gracias a la revelación que le ahce Jake, empieza a atar cabos. Descubre que Frankie le mintió, que fue asesinada por Lupino, que la doctora Euphronious la trajo al mundo sin preguntarle.

La Novia quiere ser muchas cosas: homenaje al cine de monstruos, revisión crítica del mito, comedia romántica atípica, thriller policíaco, manifiesto feminista. Y esa acumulación de intenciones, ese coqueteo con varios géneros sin terminar de entregarse a ninguno, le pasa factura.

Además, la película tiene en contra el peso de la versión de Frankenstein que hace bien poquito dirigió Guillermo del Toro. Aunque no faltó quien le pusiera sus “peros”, el mexicano entregó un filme sólido, atmosférico, dueño de esas libertades que solo un director con su imaginación puede tomarse sin que nadie proteste. Compararse con Del Toro en terreno gótico es siempre una apuesta arriesgada, y Gyllenhaal sale de ella con heridas.

Así que ya saben: ¡La Novia! llega a los cines con la intención de actualizar un mito, de darle la vuelta como a un calcetín y de recordarnos que las mujeres, incluso las resucitadas con piezas de cadáveres, tienen derecho a decidir. No siempre lo consigue, pero al menos lo intenta sin pedir perdón. Que ya es bastante en estos tiempos.