Por Manuel Cruz

¿Por qué será que nos gustan tanto las historias? Mi hipótesis se aventura en que son una prueba de emociones. La ansiedad de querer saber que va a pasar después. Es la piedra angular en muchas obras de misterio, romance, incluso de cualquier estructura ficticia. Pero el hecho también tiene su doble navaja: saber quien es el asesino elimina la emoción trepidante que se aproximaba – o no – a su descubrimiento (véase “Twin Peaks” para un ejemplo más claro) y en el caso de muchas comedias románticas, es fácil deducir la fórmula detrás de su historia supuestamente única: se enamoran, se pelean, regresan. Avatar fue publicitada como la sensación del siglo, pero al verla resulta más transparente que el aire. Todo lo cual nos deja con el camino a la respuesta, más no ella misma.

Llevo un par de años haciendo crítica de cine disciplinadamente y aún no acabo de entender si el trabajo consiste en dar una explicación racional – una forma de comunicar al lector cómo funciona algo y, en consecuencia porque debe ser visto, o relatar una experiencia emocional. Ebert y Siskel estaban de acuerdo con la segunda, y el cine, como las historias, aspira a mover emociones.

“Upstream Color” es tan distinto a lo que suele haber (para mi, para un lugar de amplia variedad como la Cineteca Nacional, incluso para el Festival de Sundance donde se proyectó) que no tiene mucho sentido ponerla exactamente debajo de ambos ejemplos – el racional y el emocional – “Similar a Memento”, “F for Fake” y “La Doble Vida de Veronique”, es un parteaguas no sólo de la tradición narrativa en el cine estadounidense (que en muchos casos se reduce a estructuras lineales, redondas y relativamente fáciles de seguir, a riesgo de prenderle llamas a la audiencia y no ganar tanto como se esperaba), sino a la forma de pensamiento que se tiene para las historias. Al parecer el cerebro es racional, y 1 + 1 son 2. Pero vale la pena olvidarse de eso por un rato.

Para ser finales de enero, ya sé que “Upstream Color” estará en mi lista para las mejores del año – quizás hasta arriba -. No sólo es una de las mejores películas que he visto en la vida, también es una de las mejores experiencias. El color, la luz y el sonido que emergen de la pantalla al verla aún están aquí, ansiosas por una explicación. La mía, unilateralmente distinta a cualquier otra. Al salir de la función, más de uno comentaba lo horrible que era. Pero no creo que sea verdad. En el sentido más tradicional, es una historia. Pero su camino no avanza como siglos de narrativa nos harían esperar. Por lo mismo no hay mucho sentido en contarla ordenadamente, porqué no ocurre así. Pero diré esto: involucra a una mujer ( ) y un hombre ( ) enamorados. Un experimento horrible, con intenciones claras y consecuencias que me pusieron al borde del asiento. Un fragmento misterioso que se desvela toma tras toma, envuelto en mezclas de color y sonido casi sinestésicas. Una vez más: emoción, experiencia. Quizás ese es el gran secreto. Las películas están para sentir primero, y pensar después.


¿Te gustará “Upstream Color”? Es una cinta inusual, y se puede mal interpretar como difícil. Es común quedarse acostumbrado a que la pantalla nos cuente todo. Es una queja que le escuché a más de un profesor cuando tomaba cursos de análisis de cine y género. Pero está es mi propuesta: para ver bien esta película, irónicamente a toda la emoción que mencioné antes (y que ciertamente tiene) hay que pensar. Ver y asociar durante toda la cinta, sin saltarse un detalle. La mentalidad lineal a la que todos estamos acostumbrados sale por la ventana para ensamblar este rompecabezas mientras el color vuela en la pantalla. Y con suerte, en algún punto todo estará claro, y aún habrá muchos misterios por resolver. Esa es tarea de cada uno. Pero de superar el primer momento, se puede quedar tan consciente como uno de los muy recurrentes cerditos que aparecen en la película.

“Upstream Color/ Los colores del destino”, Shane Carruth, EUA, 2013. 

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