Publicado: 11 de diciembre de 2006

Hugo Lara
Historia del cine mexicano

El presidente Díaz Ordaz gobernó al país de 1964 a 1970. Con él ascendió Luis Echeverría a la Secretaría de Gobernación, puesto clave para la industria fílmica. Ésta celebró con júbilo la llegada al ministerio más importante del gabinete de una personalidad tan vinculada al cine mexicano, pues su hermano era Rodolfo Landa, veterano actor, líder del STPC y dirigente de la ANDA. Muchos creyeron que con ello se avecinaba, ahora sí, la extirpación de los males del cine mexicano. Luis Echeverría, muy a su estilo, anunció una espectacular reestructuración de los esquemas del Banco Cinematográfico que, por ende, repercutiría en el saneamiento del alicaído séptimo arte nacional. Pero aparte de la linda demagogia, nada sustancial se agregó al viejo escenario, y en todo caso, siguieron acumulándose los problemas y las contradicciones del sistema vigente.

El sexenio empezó como una gran promesa. Así al menos pareció preludiarse en 1965 con el debut de Arturo Ripstein con Tiempo de Morir, un western crepuscular basado en un argumento de Gabriel García Márquez. Sin embargo, el hecho más luminoso en la órbita cinematográfica de ese año fue la celebración del Primer Concurso de Cine Experimental, convocado por la sección de técnicos y manuales del STPC, como se advirtió anteriormente.

Este concurso despertó gran interés y entusiasmo, e incluso oficialmente fue respaldado a través del Banco Cinematográfico. “1965 es un año clave para el cine nacional. Pese a la política de puertas cerradas de la industria, gracias al Primer Concurso de Cine Experimental que organiza el STPC, dieciocho nuevos realizadores hacen con toda libertad, fuera del viciado dispositivo industrial, sus primeras armas. Es el anuncio de un relevo generacional que estaría llamado a desplazar a los viejos cineastas en menos de diez años. Pero aunque se llegue a una casi total estatización de la industria fílmica durante el echeverrismo (1970-76) supuestamente para reestructurarla y generar un “nuevo cine mexicano”, los caducos criterios de producción y sus estructuras anquilosadas prevalecerán. Empieza la Revolución de la Apariencia en el cine nacional”.[1]

Fuera lo que fuera, este Primer Concurso resultó un éxito, aunque en el corto plazo sólo significó una victoria pírrica de la voluntad de cambio. En él participaron doce cintas, de las cuales tres de ellas, Amor, amor, amor, Los bienamados y Viento distante *, estaban compuestas por cuatro, dos y tres episodios respectivamente realizados por distintos directores. Hubo otras tantas que no compitieron porque se quedaron a mitad del rodaje o por motivos de presupuesto o por otras razones (se recuerdan particularmente los casos de Alejandro Jodorowsky, René Cardona Jr. y la que codirigirían Salvador Elizondo hijo y José Luis González de León).

Además de las tres ya mencionadas, completaban la lista de las películas participantes La fórmula secreta (Rubén Gámez), En este pueblo no hay ladrones (Alberto Isaac), Amelia (Juan Guerrero), El día comenzó ayer (Icaro Cisneros), Llanto por Juan Indio (Rogelio González Garza), Los tres farsantes (Antonio Fernández), El juicio de Arcadio (Carlos Enrique Taboada), Mis manos (Julio Cahero), Una próxima luna (Carlos Nakatani) y La tierna infancia (Felipe Palomo).

El jurado estuvo compuesto por Efraín Huerta (por PECIME), Francisco de P. Cabrera (por el Banco Cinematográfico), Jorge Ayala Blanco (por Técnicos y Manuales), Luis Spota (por la Sociedad de Escritores), José de la Colina (por la UNAM), Adolfo Torres Portillo (por Autores y Adaptadores), Rolando Aguilar (por Directores), Manuel Esperón (por Compositores), Huberto Batis (por el INBA), Fernando Macotela (por la Dirección General de Cinematografía), Carlos Estrada Lang (por la Ampec) y por Andrés Soler (por la ANDA), quien además fungió como presidente del jurado.

Las cuatro ganadoras fueron, en este orden, La fórmula secreta, En este pueblo no hay ladrones, Amor, amor, amor y Viento distante. Hay algunos detalles de interés en varias de las películas concursantes, por ejemplo, en La fórmula secreta, Jaime Sabines lee unos textos de Juan Rulfo; en En este pueblo no hay ladrones, además de que el guión es de Gabriel García Márquez y la coadaptación de García Riera, tiene una curiosa participación Luis Buñuel, que interpreta el pequeño papel del cura del pueblo. También en esta cinta Leonora Carrington aparece entre las mujeres que escuchan misa. Los futuros cineastas Jorge Fons y Julián Pastor asisten, respectivamente, a Juan Ibáñez en el episodio Un alma pura y a Juan José Gurrola en Tajimara, ambas de la película Los bienamados. Pero además de estos datos para la trivia, todas esas cintas poseen un notable valor cinematográfico, que sirvió como credencial para que se revelaran talentos como Rubén Gámez, pues su cinta cuenta con una audacia visual y narrativa deslumbrante, lo mismo que pasa con Alberto Isaac, cuyo filme pone sobre la pantalla un relato muy cuidado y bien logrado.

El concurso sirvió para demostrar varias cosas, entre otras, reconocer que existían muchos talentos al margen de las estructuras convencionales que potencialmente podían desarrollarse y enriquecer a la misma industria. Asimismo, las nuevas ideas que podían proponer esos cineastas no se oponían necesariamente a la taquilla, como lo probaron varias de esas cintas en su corrida comercial, por ejemplo, Viento distante, que se mantuvo veintiún semanas en exhibición. Por último, el hecho de que esa misma cinta, junto a En este pueblo no hay ladrones, obtuviera un premio en el Festival de Locarno, servía para coronar las ilusiones de cualquiera y aplacar las dudas de incrédulos objetores del relevo generacional.

A pesar de lo anterior, los frutos del concurso fueron nimios en el corto plazo: únicamente Rubén Gámez fue aceptado en la sección de directores de la STPC, aunque de nada sirvió, pues sólo volvería a filmar hasta 1992. De los demás realizadores debutantes, únicamente Alberto Isaac haría una carrera regular dentro del cine; no obstante, algunos futuros cineastas, como Fons y Pastor, se iniciaron en estas producciones, y más tarde habrían de participar activamente dentro del quehacer cinematográfico.

Por otra parte, también en 1965 el STIC, el Banco Cinematográfico, la Dirección General de Cinematografía y la Asociación de Productores, convocaron al Primer Concurso Nacional de Argumentos y Guiones Cinematográficos, cuyos resultados fueron dados a conocer al año siguiente.

De este concurso de guiones, en el que se recibieron 229 participaciones, sólo uno, el ganador, llegaría a filmarse y a exhibirse comercialmente. Se trata de Los caifanes, cuya producción corrió a cargo del STIC, que con ello pretendía dar fe de su devoción por la corriente renovadora que estaba bañando discretamente al cine nacional.



[1] AYALA Blanco, Jorge. Op. Cit. p. 518

 

 

*    Amor, amor, amor estaba compuesta por La viuda (Benito Alazraki), Lola de mi vida (Manuel Barbachano Ponce), La sunamita (Héctor Mendoza), Las dos Elenas (José Luis Ibáñez),. Los bienamados por Tajimara (Juan José Gurrola) y Un alma pura (Juan Ibáñez). Viento distante por En el parque hondo (Salomón Láiter), Tarde de agosto (Manuel Michel) y Encuentro  (Sergio Véjar).

D.R. HUGO LARA 1996