Por Sergio Huidobro
Desde Morelia

Cerramos la revisión de la competencia de ficción del 17º FICM con dos propuestas de cineastas previamente seleccionados en el festival michoacano: el regio Andrés Clariond (“Hilda”, competencia oficial en 2014) y el capitalino Bernardo Arellano (“El comienzo del tiempo”, competencia oficial en 2014; un corto previo en competencia en 2008).

El paraíso de la serpiente

Como todo comienzo de mito, “El paraíso de la serpiente” arranca en un punto sin pasado, como si el mundo acabara de crearse. Un hombre abre los ojos y está caminando en el desierto, sin rumbo pero con voluntad, como los profetas pre-cristianos o como Travis en “París, Texas” (1984). Un joven y su abuelo, dedicados a la cría de ganado vacuno, lo encuentran y deciden subirlo a un burro a falta de respuestas.

El forastero no tiene nombre ni pasado. Su apariencia chamánica hace pensar lo mismo en un pordiosero errante que en un sabio milenario en contacto con saberes originarios. Su presencia es incómoda en el pueblo hasta que obra el primer milagro. A causa de una epifanía nunca explicada (pues ¿qué milagro se explica a sí mismo?), sus manos se vuelven curativas. No hay mal que se le resista: lo mismo hace ver al ciego que ayuda a un gallo a ganar sus peleas. Allá, a lo lejos, está el recelo del cura del pueblo, cuyos feligreses abandonan su templo para visitar la choza del fuereño.

Compuesta en planos abiertos, de eje horizontal y en un blanco y negro que se quiere poético, melancólico o atemporal, “El paraíso de la serpiente” visita territorios tan reconocibles como el realismo mágico, la leyenda popular, el campo mísero de Buñuel o el cuento de Rulfo sin llegar a ser satisfactoria en ninguno de los cuatro registros.

Quizá un tratamiento más o dos del guión habrían resultado en una mezcla mejor cuajada. Lo estrenado en el Festival de Morelia se siente como un enjambre de ideas, intuiciones y sensaciones que se abandonan después de algunos brochazos, sin llegar a decir algo propio ni memorable acerca de los muchos temas que pretende abarcar en su crítica: misticismo, alienación religiosa, el abandono del campo, las masculinidades heridas, el amor juvenil, el México profundo.

En los últimos minutos, la película encuentra su mayor revelación: un segmento en color que explica el título y quita el aliento por su contención formal, la precisión de su cámara y la tensión que provoca. Uno llega a los créditos finales deseando que esa explosión hubiera ocurrido antes, que fuera el núcleo y no el epílogo de una propuesta con cierto interés que, sin embargo, se queda siempre a medio camino de sus intenciones.

Territorio

Si hubiera que encontrar un símil para explicar la masculinidad mexicana, la del “territorio” estaría entre las más adecuadas. Un coto de caza que se posee y se defiende. Un terreno cercado que contiene la identidad del propietario. Un espacio físico que engulle y define todo lo que cae ahí dentro: miedos, conquistas, rencores, inseguridades.

Después de una encomiable ópera prima (“Hilda”, 2014) ubicada en la ciudad de México, en tono de comedia dramática y filmada en una casona de Luis Barragán, el primer mérito que habría que encontrarle a “Territorio”, el segundo largo de Andrés Clariond Rangel, es el cambio de registro. Regresó al norte de donde es originario para contar este cuento de machos en brama que revolotean alrededor de la paternidad, o al menos de una idea parcial de lo paterno, entendida la procreación no como una aspiración de futuro, sino como una victoria del semental que marca el territorio.

Los protagonistas, Manuel (José Pescina) y Lupe (Paulina Gaitán), llevan más de un año casados, intentando que ella resulte embarazada. De algún modo, el sexo se ha convertido en un laboratorio o una rutina para alimentar esperanzas, como hacer abdominales o tomar licuados en ayunas. Conservan el deseo mutuo, pero éste empieza a pelear terreno con la frustración.

Cuando los resultados de un estudio revelan que Manuel no produce esperma al eyacular, la posición auto-asumida como hombre de la casa [sic] comienza a tambalearse. En el primer momento, rechaza la idea de opciones contemporáneas como la fecundación in Vitro, la renta de vientres, los bancos de esperma. “No sería mío”, le dice a Lupe, y en ese lamento se escapa la idea de la paternidad como extensión de la propiedad privada en el mismo sentido en que considera a Lupe “su mujer”: la pieza central de su territorio, la compañera de su reino privado.

En la fábrica en la que trabaja como jefe de área, Manuel tiene que entrenar al recién llegado Rubén (Jorge A. Jiménez, irreconocible), pero pronto, dicha capacitación se convierte en un tutorial de otra naturaleza: el recién llegado bien podría ser el donante de esperma que embarace a Lupe… quizá porque es el propio Manuel quien lo desea, sin llegar a aceptarlo.

Se necesita un pulso muy firme para jugar un menage-a-trois como cineasta sin que las piezas se desbaraten en el camino. De “Y tu mamá también” (2001) a “Luna amarga” (1992) o “Segunda piel” (1999), sobran ejemplos buenos y malos de lo que pasa cuando un guionista entiende la psicología de los tríos sexuales y la conduce al cauce adecuado para la historia en cuestión. En “Territorio”, tanto el guión escrito por el propio Clariond como el buen hacer de los tres protagonistas, hacen lo posible para mantener el barco en buen rumbo.

Sin embargo, un poco de agua alcanza a filtrarse, ocasionando que sus motivaciones sean cada vez menos claras y sus acciones, cada vez más automáticas, destinadas a impresionar o subrayar las desviaciones de cada uno. Al final, lo que tenemos es a tres hienas mordiéndose entre sí, en lugar de a los tres personajes inteligentemente construidos de la primera mitad.

Esto no basta para desechar a “Territorio”, que sigue siendo una propuesta meritoria y ejecutada con limpieza. La fotografía de Santiago Sánchez (Potosí, Semana santa) saca buen partido de la luz en interiores, de los detalles en los rostros y del cuerpo –vestido o desnudo– de sus protagonistas, que es fundamental en el relato.