EN FOCO: Paula Markovitch. Parte 1 de 3

Con esta entrevista a la escritora y cineasta Paula Markovitch —ganadora del Ariel a la mejor película y la mejor opera prima por “El premio”— iniciamos en CorreCamara.com la sección EN FOCO, dedicada a entrevistas a profundidad que permitan conocer a especialistas del cine más allá del contexto de un estreno, y también para darle más luz a ciertas figuras que no sean necesariamente los directores o los actores.

 

Por Gustavo Ambrosio y Hugo Lara

Si una persona ha ejercido el oficio de escritura para cine de forma recurrente y exitosa, esa es Paula Markovitch. Nacida el 28 de mayo de 1968 en Buenos Aires, Argentina, Paula creció en medio de precariedades económicas pero rodeada del arte, un arte que le salvó la vida y la impulsó a dar un salto que la traería a nuestro país para ejercer la escritura y el cine, dos cosas que llegaron a su vida para bien y para mal.

“Vivíamos en condiciones muy precarias, fue durante el periodo Menemista, con todo éste despojo que sufrió toda la Argentina. Teníamos una situación de extrema miseria, de ollas populares y esas cosas pero mis padres eran artistas y muy cultos, eran artistas muy apasionados.”, relata a Corre Cámara, la mujer detrás de los guiones de “Temporada de Patos” y “Lake Tahoe” de Fernando Eimbcke.

Antes de eso, la dictadura había obligado a su familia a refugiarse en un pueblo llamado San Clemente, lugar donde transcurre la historia de “El Premio” su ópera prima como directora, donde creció en medio de la miseria, pero el aislamiento y la vasta cultura de sus padres le enseñó no sólo a vivir, si no a disfrutar y vivir con el arte:

“Cuando yo era chica vivíamos muy aislados porque era la época de la dictadura, mis padres no tenían amigos. Y entonces yo de niña ¿Qué veía que hacían los adultos? Los adultos pintaban, leían o jugaban al ajedrez o a veces radio, no teníamos televisión y muchas veces sin luz eléctrica.
“Pero cuando era niña yo pensaba que la vida era así, yo me acostumbré a ir a la escuela y regresar y ¿Qué se hacía después de la escuela? pues leer, escribir o dibujar y eso era lo que yo creía que hacía todo el mundo.”

Para Paula, la condición de sus padres, dos seres humanos cultos marginados económicamente, le ayudaron a poseer una consciencia y una sensibilidad que se grabaría por mucho en su memoria:

“Mis padres fueron pintores, los dos. Mi madre era más bien dibujante y grabadora. A mi padre le interesaba más el color, pero ambos hacían todo. Mi padre trabajó toda su vida en una gasolinera, trabajó ahí hasta que murió de un derrame cerebral a los 58 años. Mi madre por otro lado, tenía un cáncer terminal que no se pudo atender porque no contaba con un apoyo de seguro del estado. La Dictadura argentina y el neo liberalismo salvaje del Menemismo no sólo mató mucha gente si no que mató muchas obras y mucha creación.”

Los conocimientos de sus padres no se quedaban escondidos junto con ellos en aquel lugar “cercano a las favelas”, dice Paula, si no que su madre estaba dispuesta a “contagiar” de arte a sus vecinos, y sobre todo a los niños.

“Mi madre daba clases de arte en la casa donde vivíamos, que era una casita pequeña a los niños del barrio. Muchas veces lo que le pagan a mi madre por las clases era el precio de un refresco, pero bueno así juntaba un poco más de dinero para sobrevivir. Ella era una convencida del rigor artístico, les enseñaba a los niños, que muchas veces no sabían ni leer ni escribir, las técnicas del manierismo, el puntillismo, el impresionismo, los niños se sabían los nombres de los pintores, aún sin saber escribirlos”.

Acostumbrada a rodearse de actividades en las cuales el arte y la creación eran la única forma de divertirse, debido a la ausencia de luz, de televisión y otros distractores, cuando sale de su cerco para conocer a otras personas, se encuentra con algo diferente:

“Cuando ya era más grande mis padres me dejaban ir a visitar a mis amiguitos del colegio, yo tenía que ir con mucha cautela porque no podía hablar sobre nuestra situación, porque eso implicaba la muerte. Entonces yo decía ¿Qué hacen? ¿Cómo se entretienen? No pintan, no leen, nada ¿Qué hacen? Económicamente estábamos en la misma situación pero ellos hacían cosas muy divertidas que yo no hacía como darle de comer a las gallinas.

“A veces me sigo preguntando cómo se divierte la gente que no hace arte, hacer arte es muy divertido, para mi es apasionante como actividad. Claro es un pensamiento, porque seguramente los escaladores de montañas se deben preguntar lo mismo respecto a escalar montañas.”

Su encuentro con las imágenes no tuvo lugar con el primer televisor, en blanco y negro, que apareció en un bar del pueblo donde ella residía, ni tampoco con el cine rural donde sólo se proyectaban cosas los sábados, cintas para adultos, que sin embargo ella podía ver porque sus padres la llevaban gracias a un arreglo con el de la entrada. No, se dio desde otro lado, las páginas de los libros.

“Desde muy niña siempre me fascinó la literatura. Aprendí a leer muy chiquita, incluso cuando entré a la escuela me aburría mucho porque yo ya leía, mientras en las clases nos enseñaban “Mi mamá me mima”, yo ya leía libros.

“La lectura me parecía fascinante, como niña era algo divertido que se podía hacer por la tarde, entonces yo creo sinceramente que la literatura y el cine son la misma cosa, porque el texto proyecta en la mente, cualquier texto, ya sea un texto literario o la lista del supermercado, imágenes.

“Yo no creo en eso de que el cine es el arte de contar con imágenes, porque las imágenes no son privativas del cine. De hecho el texto suele tener más imágenes, el cine al contrario se caracteriza por tener menos imágenes porque hay que materializarlas en pantalla. Normalmente un poema o un cuento tienen mucho más imágenes que una película, paradójicamente.

“Entonces yo no siento que el cine y la literatura sean cosas diferentes, para mi son lo mismo. Y otra cosa importante, la imagen cinematográfica no aparece en el set, aparece en el escritorio. La imagen es literaria.”

En la próxima entrega, leeremos cómo Paula conectó formalmente con el mundo del cine, su traslado a México y lo que para ella sería una bendición casi divina, poderse dedicar a escribir para pagarse la vida y ayudar a sus padres económicamente.

LEE LA SEGUNDA PARTE:

“El trabajo de escritor de cine es enajenante”: Paula Markovitch