Por Pedro Paunero
No es para escucharse. Es para bailarse
Jade a Luis
De acuerdo con el islam, Sirat es el puente que toda persona debe cruzar el Día de la Resurrección para entrar en el paraíso. En la película de Oliver Laxe (habitual ganador en el Festival de Cannes), que se abre precisamente con una nota sobre este puente, se lo describe como más delgado que un cabello, y más peligroso que el filo de una espada, de esta forma, el camino de búsqueda que un padre y su hijo emprenden, en busca de Mar, la hija y hermana perdida, a quien conocemos sólo por fotografías, constituye la metáfora de ese viaje realizado tanto a nivel exterior como interior, emprendido en las leyendas y en las literaturas del mundo y, por ende, en las cinematografías de distintos países.
“Sirat” (cuyo título aparece en el minuto 32 de iniciada la película) comienza en una rave que bien podría suceder en el borde mismo del mundo, pero que se sitúa en el sur de Marruecos. Raveros franceses, entregados al último baile extático, se citan ahí, al pie de un muro de roca, sin molestar a nadie, hasta que el ejército llega y pide que se dispersen. Luis (Sergi López) el padre buscador, acuciado por su hijo, Esteban (Bruno Núñez), sigue a los vehículos cuyos conductores han decidido salirse del camino y de la fila de camiones en la ruta, e internarse en el desierto, escapando de los militares, hacia otra rave, todavía más profunda y de resonancias míticas, cerca de la frontera con Mauritania. Los viajeros sortean toda clase de obstáculos, ríos empantanados, desfiladeros de caminos pedregosos, lluvias torrenciales y la inestabilidad política de la región, mientras los vehículos sufren averías y la muerte golpea a Luis, afectando a los demás, en la persona de su hijo y de su mascota, sorprendiéndolos en paisajes tan prístinos como ajenos a toda tragedia humana, haciendo del viaje en pos de la fiesta y de la búsqueda de la hija de Luis, una auténtica peregrinación. Quizá no sea casualidad que esa hija incorpórea lleve por nombre “Mar”, como el último horizonte que los griegos, liderados por Jenofonte, miraran conmovidos, después de atravesar el inmenso país hostil de los persas, camino de regreso a casa.
Laxe convocó a auténticos raveros a una audición, a la cual se presentaron alrededor de dos mil integrantes de las varias derivaciones de la subcultura, para protagonizar la película de la forma más auténtica posible, lo que le otorga ese sabor legítimo, sobre todo en las escenas del baile del principio.
Luis se interna solo en el desierto, como queriéndose perder, pero los raveros lo rescatan y le convidan de una bebida estupefaciente sagrada, colocan las bocinas bajo el sol y caen en un trance hipnótico, danzando en un baile que bien puede haber sido practicado por los indios americanos, los pueblos de África o las bacantes de Dionisos, uniendo tiempos y culturas. Pero la tragedia vuelve a presentarse. Jade (Jade Oukid) y Tonin (Tonin Janvier), pisan dos minas terrestres mientras danzan y mueren en las explosiones subsecuentes. Poco a poco el grupo se va reduciendo, perdiendo los vehículos en el campo minado, en un recuerdo lejano de aquellos conductores al filo de la navaja en “El salario del miedo” (Le Salaire de la peur, 1953), la obra maestra de Henri-Georges Clouzot, o del existencialismo psicodélico que impregna el western “El tiroteo” (The Shooting, 1966), de Monte Hellman, aclarando el significado de ese puente “tan delgado como un cabello y tan agudo como una espada”, mientras la hipnótica música electrónica de Kangding Ray, acompaña a los supervivientes en este sueño febril de arena y muerte.
Al final, la película nos deja con una sensación de pérdida irreparable, en un ejercicio de auténtica catarsis, como si nosotros mismos hubiéramos danzado, aunque sólo fuera por un instante, sobre el abismo, valiéndonos de la cámara existencialista de Oliver Laxe.

