Por José de Jesús Chávez Martínez

Hay alternativas que permiten dar protagonismo a las figuras de los socialmente desfavorecidos (o “perdedores”, como se les llama peyorativamente). Tal es el caso de “Ya no me siento a gusto en este mundo” (Don’t Feel at Home in This World Anymore, 2017), filme escrito y dirigido por Macon Blair, una combinación de comedia con thriller y con cine de delincuentes (mafiosos de poca monta), que explora un tanto la vida en los suburbios pobres de alguna ciudad, no especificada en el relato, de los Estados Unidos. Algo interesante en esta película porque, en otros casos, ese retrato suele componerse de matices muy exagerados y contrastantes, con una visión hasta desdeñosa. Bueno, algo hay de eso en esta ópera prima de Blair, pero veamos.

Ruth Kimke (Melanie Lynskey, “Criaturas celestiales”, 1994; “No mires hacia arriba”, 2021) es una chica de mediana edad que trabaja como ayudante de enfermera y vive sola en un vecindario pobre. Cierto día sufre el allanamiento de su casa y el consecuente robo de algunas de sus pertenencias: una computadora portátil, un juego de cubiertos de plata heredados de su abuela y un medicamento controlado. Decide recurrir a la policía, pero no obtiene mucha ayuda de los oficiales, en especial del detective Bendix (Gary Anthony Williams), quien solamente registra el hecho y le aconseja que cierre mejor sus puertas. Ante esa situación, Ruth decide emprender una investigación por su cuenta y se da a la tarea de interrogar a sus vecinos, pero tampoco consigue algo significativo, excepto por Tony (Elijah Wood, saga de “El señor de los anillos”), un aspirante a ninja con ciertos valores éticos sobre lo que significa ser un vecino comprensivo.

Una aplicación de teléfono móvil permite a Ruth localizar su laptop y junto con Tony acude a una casa ocupada por unos cuasi hippies o semi hípsters (no se sabe, estas sociedades posmodernas ya están muy locas) que tienen la computadora. Ambos de alguna forma logran intimidarlos, ya que los freaks no son pendencieros y confiesan que el aparato les fue vendido por un negociante de objetos robados, un anciano que tiene su negocio en una especie de tianguis de mala muerte.

Nuestros héroes recuperan los cubiertos de plata en un encuentro grotesco y violento con el anciano, pero también logran identificar al ladrón, que en ese momento concretaba la venta de una joya robada, gracias a los tenis que lleva puestos y con los que dejó una huella en el jardín de Ruth. También descubren que el manilargo, el joven Christian (Devon Graye), es parte de una banda delictiva compuesta por el maniático cincuentón Marshall (interpretado por el rockero David Yow) y por la bella desquiciada Dez (Jane Levy), pero además es hijo de Christian Sr. (Robert Longstreet), un oscuro millonario que se avergüenza de él.

El juego de valores de dos inocentes ciudadanos sólo por increpar a Christian los lleva al peligro y al bajo mundo de la delincuencia. Los conduce a conocer la displicencia y burocracia de las autoridades policiacas, que nunca creen nada que no sea concreto porque sólo trabajan con evidencias sólidas, pero eso sí, el oficial Bendix se escuda en su inminente divorcio.

Esta película a los espectadores nos permite dar un atisbo a la desigualdad social representada por el vecindario casi cayéndose ante la pobreza y el otrora promisorio sueño americano, eclipsado por la drogadicción, la delincuencia, el tráfico de objetos robados, los ineficientes servicios públicos y cierto sistema de vida bajo las pautas de una histórica normatividad socioeconómica que propicia la desigualdad. Esta atmosfera es capturada con notable calidad de imagen a cargo de Larkin Seiple (“Cop car”, 2015).

Lo bueno del asunto es que casi toda la historia está presentada en tono de comedia, con ese sarcasmo muy propio del cine indie, aunque con algunas escenas cliché como la del clímax en el pantano y la aparición fantasmal de la abuela de Ruth. Vale la pena ver (o volver a ver) esta cinta, galardonada en el Festival de Sundance, por las buenas interpretaciones que dan realismo a los personajes, en especial a cargo de Lynskey, Wood y Yow. Aún está disponible en Netflix.

Título original: I Don’t Feel at Home in This World Anymore. Año: 2017. Duración: 96 minutos. Dirección y guion: Macon Blair. Producción: Mette-Marie Kongsved, Neil Kopp, Vincent Savino, Anish Savjani. Fotografía: Larkin Seiple. Edición: Tomas Vengris. Música: Brooke Blair, Will Blair. Compañías productoras: Film Sciences, XYZ Films. Otros intérpretes: Christine Woods, Lee Eddy, Derek Mears, Jason Manuel Olazabal.
 

Por José de Jesús Chávez Martínez

Comunicólogo egresado de la UAM Xochimilco. Profesor investigador en la carrera de Ciencias de la Comunicación en la Universidad Autónoma de Occidente Unidad Culiacán, con las líneas comunicación y educación, y el cine como dispositivo didáctico, de las cuales se han desprendido diversos artículos científicos y tres libros. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores (SNII). Desde 2021 es colaborador de correcamara.com