Por Pedro Paunero
No puedes volver a casa, porque tu casa ya no está ahí
John Oldman
Es sobre el espacio interior más que sobre el exterior. Se acerca más a la mejor literatura de ciencia ficción, que es más metafísica. La mayor parte de la ciencia ficción que da mala fama al género son historias de aventuras en ropa espacial
John Boorman sobre Zardoz
La historia de un grupo de profesores universitarios que se reúne en la casa de un colega para despedirlo por su retiro, con una trama que no transcurre más allá de la sala, sostenida sobre extensos diálogos, sin más acción que la pronta revelación de que, bajo una tranquila apariencia académica, se oculta un hombre de Cromañón de catorce mil años de edad, puede parecer improbable como película de culto y un raro ejemplo de Ciencia ficción inteligente, pero ese es, precisamente, el argumento de “The Man from Earth” (2007) que ha demostrado, con el tiempo que ha pasado (casi veinte años), una lucidez rara en el subgénero.
Dirigida por un director mediocre como Richard Schenkman, que con esta cinta realizara un trabajo de excepción en todo sentido, sobre el ingenioso guion de Jerome Bixby, autor de Ciencia ficción que tuviera a su cargo la revista Planet Stories y quien concibiera el cuento original en que se basara “It´s a Good Life” (1961), arquetípica historia de niños súper dotados con un giro literalmente monstruoso, y no sólo uno de los mejores episodios de “The Twillight Zone” sino uno de los mejores de la historia de la televisión, así como los episodios de la legendaria Star Trek, “Mirror, Mirror” (definitorio en el concepto de “universo espejo”, al presentar a la tripulación de la Enterprise encontrándose con sus dobles malvados), “Day of the Dove”, “Requiem for Methuselah” (cuyo personaje, el inmortal Akharin, de origen mesopotámico, contiene el germen del John Oldman de “The Man from Earth”), y “By Any Other Name”, así como coguionista de “Viaje fantástico” (Fantastic Voyage, Richard Fleischer,1966) filme que más tarde novelizaría Isaac Asimov en un trabajo por encargo al cual tenía poco afecto, se concibió como una obra póstuma debido a su muerte, poco después de concluirlo en 1998, en un trabajo que comenzara a escribir desde la década de los ´60s, por lo cual su título completo en inglés, que le rinde homenaje, es el de “Jerome Bixby´s The Man from Earth”.
“Cada diez años, cuando la gente se da cuenta que no envejezco, me mudo”, confiesa el antropólogo John Oldman (David Lee Smith), a su pequeño grupo de amigos, que comienzan por no tomarse en serio la historia que les cuenta, después que se sorprendan de su decisión de abandonar su puesto universitario. Su apellido (Oldman) funciona tanto como una pista para los espectadores más lúcidos, que atrapen tras los primeros minutos la resolución de la historia, que como una broma ramplona.
La película empieza con la llegada de los personajes a una zona cercana a las Rocas Vasquez, a las afueras de Los Ángeles (lugar de rodaje preferido para las producciones de la franquicia de Star Trek, por lo cual han recibido el apodo de “Rocas de Kirk”), y el acto de mudanza de Oldman, fuera de la casa, en una de las únicas escenas que ocurren en exteriores y siempre en el mismo sitio. El personaje de Edith (Ellen Crawford), profesora de historia del arte nota que, en la batea de su camioneta, lleva lo que podría ser una excelente imitación de un cuadro de Van Gogh, que resulta ser un auténtico regalo que el pintor le hiciera a Oldman en vida. Poco a poco, los encargados de la mudanza comienzan a vaciar la casa, lo que obliga a los personajes a ocupar un solo sofá, como única acción que el filme se permite, en un deslizamiento progresivo hacia deliciosas referencias para fanes de la cultura pop, entre estas, aquella que el personaje Dan (Tony Todd), profesor de antropología, expresa sobre irse a casa a ver Star Trek, en una de cuyas series derivadas (Star Trek. Voyager) participara, así como la de otros de los integrantes del elenco en dicha franquicia, sin mencionar al mismo Bixby. El mismo Dan se percata que Oldman tiene entre sus pertenencias un buril pico de loro del magdaleniense inferior, perteneciente a la cultura de los cromañones tardíos del paleolítico inferior, una pieza rara hecha de sílex, lo que da pie a que Oldman pregunte qué pasaría si un hombre del paleolítico superior hubiera sobrevivido hasta hoy. Dan pregunta si Oldman se encuentra escribiendo un cuento de Ciencia ficción y es por esto por lo que ha formulado la pregunta. Entre sus colegas se cuentan Harry (John Billingsley), profesor de biología, que propone seriamente (y esta seriedad, muy bien tratada en el arco argumental dialógico de los personajes, es el responsable del efecto de credibilidad en el espectador), que Oldman podría estar hablando de reencarnación. Le preguntan a Harry su opinión y este responde que, si la anomalía del sistema inmunológico llevara a la perfecta regeneración entonces podría sortear el deterioro físico. Según el libro que ha escrito Art Jenkins (William Katt), profesor de arqueología y último en llegar en moto, en compañía de su alumna Linda Murphy (Alexis Thorpe), no notaríamos diferencias anatómicas entre los hombres del presente y los de entonces, pero, en caso de sobrevivir catorce siglos, este habría acumulado una gran sabiduría. Oldman suelta que él hubiera podido viajar con Colón, pero su espíritu poco aventurero le abstuvo de hacerlo, con lo cual se descubre como ese hipotético cavernícola de catorce siglos, que ha querido aprender y ha descubierto, a través de investigaciones arqueológicas y antropológicas, quién es y, en alguna medida, cuál es su naturaleza. Con unos recuerdos que se remontan a cuatro mil años, retrocediendo hasta la antigua Mesopotamia, les explica que, durante sus primeros treinta y cinco años, y tras ser elegido líder de un primer grupo humano, se le había considerado un ser mágico al frenar, de forma enigmática, su proceso de envejecimiento. Harry, quien aparte de biólogo ha asumido el papel del chistoso de entre los ahí reunidos, ofrece su opinión de que podría tratarse del origen antropológico del mito del vampiro.
Entre las ideas geniales (y argumentativas) de esta clase magistral de la dialógica que es esta película, está la de que Oldman, que ha cambiado de nombre varias veces, habría tenido que hacerse pasar por su hijo, para proporcionar las referencias temporales y geográficas necesarias a sus conocidos, como la de que, ante la pregunta de si ha conservado objetos de sus primeros años de vida, opta por tomar un cutter (de los usados para abrir las cajas de cartón de la mudanza) y pregunta por qué habría de guardar recuerdos anodinos como ese, tras cien o mil años, sin poder evitar que estos se pierdan en el proceso, por lo cual la pieza de sílex resulta, después de todo, comprada en una tienda, evitando así la salida obvia (y fácil) en un guion con menos pericia discursiva.
El personaje de Sandy (Annika Peterson), profesora de historia que confiesa estar enamorada de Oldman, se ve en las mismas circunstancias que Bertha, la pareja de Winzy en “El mortal inmortal”, un cuento escrito por Mary Shelley en 1833, o el de la primera mujer de Connor MacLeod (interpretado por Christopher Lambert) en “Highlander” (Russell Mulcahy, 1986) es decir, las de mujeres que experimentan la vejez y la muerte, al lado de un hombre que permanece inalterado por el tiempo.
Oldman va narrando sus tantas vidas, vividas en una larga y sola, pasando por Sumer, Babilonia, o su tiempo como discípulo de Buddha, mientras sus colegas van intentando derribar su historia, incluyendo al doctor Will Gruber (Richard Riehle) profesor de psiquiatría, a quien Art llama por teléfono preocupado por su salud mental, pero Dan concuerda con Oldman en que hay un agujero en el mito del mortal sabelotodo, pues este no podría saber más que los mayores sabios de la época en la cual se desarrolla su vida, a pesar de las diez carreras que este ostenta (a excepción de la psiquiatría).
Si te disparo en el brazo ¿Veremos cómo sana? O en la cabeza. ¿Qué ocurriría exactamente? Tengo exámenes que corregir, aunque odio ese trabajo, lo prefiero a este circo. Así que os dejo, expresa Will, apuntando a Oldman con una pistola, antes de descubrirnos que su esposa había muerto un día antes, debido al cáncer de páncreas, y pronunciar un discurso sobre la envidia y hasta el odio hacia los inmortales.
El guion se atreve, incluso, a brindar una explicación científica de la figura del mesías, no sólo la del Cristo, sino la de aquellas figuras que lo precedieron, con el personaje de Edith quien, aparte de profesora, es una cristiana literalista, en contrapunto al resto de los personajes racionalistas, algunos de los cuales se muestran dispuestos a otorgarle el beneficio de la duda a Oldman, aun cuando este se descubra como el auténtico Jesucristo, manipulado, idealizado y transformado por autores y líderes religiosos, con el pasar de los siglos.
“Las especies llegan y se van. Dependen de ellas mismas”, pronuncia Oldman, mientras suena el Allegretto de la séptima sinfonía de Beethoven, que ha puesto en un dispositivo electrónico (permitiendo con este recurso un marco sonoro económico, al echar mano de un recurso pregrabado) y que ya usara John Boorman en la escena de retorno a las cavernas de la pareja conformada por el exterminador Zed (Sean Connery), y la inmortal Consuella (Charlotte Rampling) en su parábola sobre clases sociales “Zardoz” (1974), película que ha sido ridiculizada, no viendo más allá de su mensaje utópico atonal, en un subgénero que ha preferido el espectáculo al mejor ejercicio del pensamiento.
En un gran porcentaje, la Ciencia ficción, bajo cualquiera de sus manifestaciones, no es sino un conglomerado de clichés desarrollados a partir de unas cuantas ideas brillantes, concebidas originalmente por H. G. Wells, como el viaje en el tiempo (en su primera novela, “The Time Machine”, publicada en 1895), la invasión extraterrestre (en “The War of the Worlds”, con una resolución tan magistral que no ha podido ser superada, a menos que se cuente el final de “Independence Day” (Roland Emmerich, 1996), que no hacía sino cambiar los microorganismos terrestres por un ridículo virus informático), los mutantes (en “The Island of Dr. Moreau”, aunque sus criaturas no sean mutantes estrictamente hablando) o el viaje espacial (en “Los primeros hombres en la luna” o “The Shape of Things to Come”), de esta manera, la cantidad de películas con una trama adulta e inteligente no sobrepasa la decena, decantándose el resto por las historias ágiles, con tendencias claras hacia la infantilización. Entre dichas excepciones destacan “Solaris” (1972), la mítica adaptación que, de la novela de Stanislaw Lem, rodara un Tarkovski insatisfecho, como la cinta más inteligente jamás filmada del subgénero, en paralelo a “La Jetée” (1962), una obra de arte dirigida por Chris Marker, con una estructura narrativa atípica, en un duopolio cinematográfico que indaga tanto en la naturaleza del tiempo como en la memoria y la identidad humanas, a las que cabría añadir “Primer” (2004), pequeño prodigio del matemático metido a director Shane Carruth (en la que, así mismo, actuó y fungió como guionista, productor, editor, montajista y músico), una oda a la serendipia, con una complejidad de difícil acceso, que trascurre entre la genialidad y la tomadura de pelo, a la que habría que añadir la comedia “Happy End” (Oldřich Lipský, 1967), inscrita en la Nueva Ola del cine checo, que traza casi con perfección la vida de un individuo en un Mundo Cronoretrógrado, que comienza con la decapitación en guillotina del protagonista, a la cual llama “nacimiento” (y su muerte al alcanzar el periodo de lactancia), con el añadido de unos diálogos emitidos en sentido inverso, lo que da pie no solo a frases de un profundo extrañamiento sino de altísimo humor, y que fuera citada por Martin Gardner en su clásico libro de divulgación científica “Izquierda y derecha en el Cosmos”. Y es en este ilustre apartado donde, “The Man from Earth”, en cuanto a profundidad, se debe de inscribir.
La película de Bixby-Schenkman también se sitúa en ese listado de títulos que, ya sea por su herencia teatral, como “Rope” (1948), de Alfred Hitchcock, adaptación de una obra de Patrick Hamilton o, por exigencia de la trama, como “12 Angry Men” (Sidney Lumet, 1957), que cuenta la historia de un jurado deliberando sobre un caso que a nadie le importa, tiene lugar en una sola locación cerrada, siempre bajo un tratamiento magistral. Pero “The Man from Earth” sucede en dicho lugar cerrado igualmente por obvias exigencias de su bajo presupuesto.
Poética y reflexiva, la película (que nunca se estrenó comercialmente, sino a través de descargas P2P de BitTorrent, y que cumple las dos décadas en noviembre de 2027) se cierra con un dilema ético. ¿Es posible continuar viviendo, aunque se asista a la muerte de un hijo? Y la respuesta, tan afirmativa como dolorosa, se inscribe sobre ese dark backward and abyss of time del verso de Shakespeare.

